A pie (y en familia) por las maravillas de Madeira

Apodada ‘el jardín del Atlántico’, esta encantadora isla portuguesa goza de una de las mayores explosiones de naturaleza del Viejo Continente.

Noelia Ferreiro
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Foto: Rudi_Lange / ISTOCK

Dicen que es el lugar donde Europa se une con el trópico, un vergel en medio del océano con temperaturas veraniegas durante todo el año y cantidad de reservas protegidas que animan a bellas caminatas. Una costa salpicada de acantilados, miles de kilómetros de canales o levadas, rutas señalizadas sobre majestuosos picos y senderos que atraviesan bosques de laurisilva con unas vistas asombrosas.

Madeira, definitivamente, es un destino para desgastar los zapatos. Para sumergirse en esa naturaleza que se empleó a fondo no sólo en esta isla portuguesa, sino también en la restantes que conforman el archipiélago: Porto Santo (habitada también) y Desertas y Selvagems, dos pequeñas ínsulas mantenidas como parque natural. Todas están tapizadas de increíbles jardines con plantas subtropicales y de bellos paisajes de abruptas montañas que se elevan sobre las nubes.

Por la facilidad de sus rutas, porque se encuentra a tan sólo una hora y media desde Lisboa y por las múltiples opciones que brinda para estar entretenidos durante todo el día, Madeira también es un lugar ideal para recorrer en familia. Empezando por la capital, Funchal, donde lo más divertido es montarse en el teleférico que sube al barrio de Monte para luego descender dentro de los carreiros, una especie de trineos de mimbre tirados cuesta abajo por sus correspondientes mozos. También en esta ciudad puede que los más pequeños no quieran perderse el Museo de Cristiano Ronaldo, el mejor embajador de la isla.

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Pero lo más gratificante de recalar en este rincón es entregarse a las actividades de ecoturismo. Hacer senderismo por sus innumerables rutas señalizadas supone descubrir muchas joyas. Por ejemplo, el Cabo Girao, con algunos de los acantilados más altos de Europa. O el recóndito valle Curral das Freiras con su mirador Eira do Serrado y su deslumbrante panorámica de castaños. También los paisajes que jalonan la bellísima bahía D'Abra y la Punta de São Lourenço, en el extremo oriental, o el Pico Ruivo, el más alto de la isla, de 1.861 metros.

Otros bonitos paseos son los que recorren las características levadas y que suponen la actividad al aire libre con mayor tradición en Madeira. Se trata de canales de irrigación que se construyeron en el siglo XVI para transportar el agua, y que hoy ocupan una red de 3.000 kilómetros que pueden abordarse a pie o en bicicleta. A veces rasgadas en la roca sobre abismos de cientos de metros de profundidad, otras atravesando montañas a través de larguísimos túneles, atesoran una explosión de naturaleza sin igual.  

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No hay que olvidarse tampoco de los pintorescos pueblos de sus valles de marcado sabor portugués. Por ejemplo, Cámara de Lobos, una encantadora localidad de pescadores muy cerquita de Funchal. O Santana, en el norte de la isla, con sus casas con techo cubierto de paja como si se tratara del decorado de un cuento. Un rasgo que se debe a que el municipio fue durante mucho tiempo inaccesible  y por ello sus habitantes preservaron características que no sufrieron influencias externas.

Y si lo que se busca es un refrescante chapuzón, la opción perfecta será pasar el día en la isla vecina, Porto Santo, anillada de aguas cristalinas. Allí descansa una icónica playa de arena fina y dorada que se extiende a lo largo de nueve kilómetros. Puede ser un colofón perfecto a este viaje.