Parque Kruger

El Kruger puede presumir de ser la reserva de vida salvaje más extensa y antigua de África. Corría 1898 cuando el entonces presidente surafricano, Paul Kruger, se fijó el objetivo de frenar a los cazadores blancos y a los traficantes de marfil que estaban diezmando la fauna de la zona.

Elena del Amo

Primero logró establecer una reserva de unos 4.500 kilómetros cuadrados, que se convirtió en el embrión de lo que hoy es este parque: un vasto universo de vida salvaje que se pierde por las fronteras con Zimbabue y Mozambique. Pero si de algo puede presumir el Kruger es de ser el parque estrella de Suráfrica y uno de los destinos más punteros del continente para observar la mayor concentración de mamíferos del planeta. En sus 20.000 kilómetros cuadrados se estima que moran 8.500 elefantes, 3.000 rinocerontes blancos y 300 negros, 20.000 búfalos, 2.000 leones, 1.500 leopardos, 250 guepardos, además de 4.000 jirafas, 13.000 ñus, 100.000 impalas o 30.000 cebras, que se esparcen por los seis tipos de ecosistemas que atesora el parque. Para disfrutarlos, cualquier época tiene sus alicientes, aunque los meses más secos -desde abril a octubre- se consideran los más adecuados porque la hierba está baja, facilitando los avistamientos.

El parque tiene varias puertas de acceso. La principal es la de Skukuza, al noroeste, a escasos kilómetros del aeropuerto que conecta el parque con Johannesburgo. Al sur de la puerta de Skukuza, en los límites del parque, se suceden las reservas privadas de lujo, las Parque Kruger La mayor concentración de fauna salvaje más exclusivas de toda África. Suráfrica fue pionera en el empeño de promover lodges de lujo en un entorno salvaje. A principios de los 60, a escasos kilómetros de Skukuza, nació Mala Mala, el primer alojamiento en la sabana del continente que contaba con lámparas italianas, cocina francesa, bodega de vinos y coches descubiertos conectados por radio. Ahora, en torno a los ríos Sabi y Sand, el número de reservas privadas ha crecido hasta casi la veintena. Singita, Sabi Sabi, Mala Mala, Londolozi o Earth, entre otras, resuenan como nombres míticos en los que los encuentros con la fauna se aliñan con piscinas integradas en el paisaje, cocina excelente, jacuzzis, champán, bungalós de decoración exquisita o spas.

El único inconveniente de los lodges de estas reservas privadas integradas en el Kruger son sus precios, tan espectaculares como las instalaciones. La más joven de estas reservas de lujo, Earth, es también la más cara, a partir de 1.200 € por noche y por persona. Hay lista de espera de varios meses.

Para quienes no estén dispuestos a empeñar un riñón, el Kruger es uno de los pocos parques africanos donde es fácil organizar safaris a tu aire. Quien lo desee, puede cruzar con su vehículo privado (hay agencias de alquiler en Skukuza) cualquiera de las puertas de acceso del parque (se paga una entrada muy barata) y disponerse a la aventura con la condición de cumplir una serie de normas básicas, como no abandonar el coche, no salirse de los 2.000 kilómetros de caminos que atraviesan el parque y abandonar el safari antes de las seis de la tarde. En los campamentos se puede dormir, comer, comprar, echar gasolina, aparcar la autocaravana -un medio bastante popular para explorar el Kruger- y, por supuesto, disfrutar de un contacto más directo con la naturaleza.

En todos los campamentos hay suficiente información para moverse con facilidad por los caminos y disfrutar de la naturaleza y la fauna. El límite de velocidad está en 50 kilómetros por hora. En todo momento se subraya que está prohibido bajar la ventanilla y abandonar el coche. La experiencia en nada se asemeja a un safari-park: se trata de fauna salvaje en libertad y es mejor no andarse con bromas. En los lodges públicos, los safaris en coches abiertos quedan reservados para las expediciones guiadas por rangers que el campamento propone a cambio de una módica tarifa. Combinando el alojamiento en campamentos, se pueden recorrer los ecosistemas del Kruger en diez días de estancia. Toda una experiencia.