Palawan, la isla paraíso de Filipinas

La isla de Palawan da nombre a la provincia más occidental y de mayor tamaño de Filipinas. Agrupa un archipiélago de 1.780 islas en uno de los ecosistemas mejor preservados y con mayor biodiversidad del planeta. Las reservas naturales de este paraíso del Pacífico albergan espléndidas playas y resorts para descansar y bucear en magníficos fondos coralinos.

Geles Ribelles
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Nada más aterrizar en el minúsculo aeropuerto de El Nido se aventura un destino inquietante, como sacado de una película de James Bond o de los libros de aventuras de Melville o Emilio Salgari. La bienvenida o mabuhay, como dicen aquí, es cálida, amenizada por los cantos de un grupo de mujeres con vestidos de colores que ofrecen un collar de cuentas marinas mientras se degusta un café o té reconfortante y merecido, tras el madrugón del tempranero vuelo procedente de Manila. Un escáner controla el equipaje de los visitantes que van de vuelta para que nadie se lleve un coral, por pequeño que sea. Frente a una cabaña de palmera nipa, una de las múltiples palmeras endémicas, un cartel de madera anuncia y previene en inglés de la filosofía que impregna la isla: “Llévate solo tus fotografías, deja solo la huella de tus pies descalzos, no te lleves más que tus recuerdos”, y otros mandamientos que advierten del cuidado que hay que llevar cuando se pisa uno de los lugares con mayor biodiversidad de Filipinas. A lo largo del viaje se entenderá el por qué de tanta cautela.

Como un presagio del buen carácter y humor filipinos, jeepneys y moto triciclos, cromados con dibujos variopintos, aguardan al pasaje para trasladarlo al puerto de El Nido. Enclavado al noroeste de la isla de Palawan, El Nido es una de las diez reservas naturales protegidas por el gobierno filipino en esta isla. Su puerto abarrotado de pescadores con sus bangkas por las mañanas es la principal base de donde parten las excursiones hacia las enigmáticas islas de este archipiélago, feudo de las golondrinas salanganas que encubren sus nidos en cuevas abruptas de vertiginosa altura. Nidos que, pese a estar protegidos, son muy apreciados por los chinos, que pagan desorbitadas cifras por este manjar para su sopa de golondrina.

Hay viento y el mar está revoltoso por la estela de un tifón que no ha tocado la isla. A bordo de un bangka se zarpa rumbo a Pangulasian, una de las 1.780 islas que aglutina Palawan, que hay que descontar de las 7.107 ó 7.108, según haya marea alta o baja, de Filipinas. A escasos minutos de navegación emergen enormes formaciones de piedra caliza enfilando al cielo cual gigantes, rebosantes de cocoteros, con playas diminutas a sus pies. Apenas son una fina línea de harina tostada sobre un horizonte marino que parece no tener fin. Estamos en el laberinto de islas e islotes de la bahía de Bacuit, uno de los lugares con más ensoñación del Pacífico Norte.

Tras una travesía de cuarenta minutos desde El Nido se vislumbra la silueta de Pangulasian, la “isla del Sol” en dialecto de la etnia cuyonon. Tan solo se perfilan dos edificaciones coloniales y una playa con forma de media luna de apenas un kilómetro, refrescada por una vegetación exuberante. Al desembarcar envuelven los aires de un lugar perdido y remoto. Unos coches eléctricos conducen a las cabañas agazapadas entre cocoteros. Olvidas las maletas, el largo viaje y ya no hacen falta zapatos; se puede ir descalzo por todo el recinto porque los caminos son de arena. Todo es ecológico en esta isla, no hay nada de plástico en las habitaciones y hasta las amenities están enfundadas con abacá o fibras naturales hechas por los lugareños, que ofrecen dulces y riquísimos mangos. Los mangos son una seña de identidad del país. Junto al calamansí, una lima pequeña de sabor a naranja, uno de los zumos típicos e ingrediente indispensable de la gastronomía, junto al pescado, el marisco y la carne en adobo de vinagre. Las playas esconden arrecifes de coral plagados de gorgonias, esponjas, peces globo y de cola de tijera y un agua cristalina para bucear con tubo cual comandante Cousteau. Hace poco uno de sus nietos hizo su bautismo de buceo en este paraíso reconocido como Reserva de la Biosfera, con más especies marinas que la barrera de coral australiana, y que fue elegido también por su privacidad por Alberto de Mónaco y Bill Gates. 

Pangalusian es una de las islas privadas convertidas en refugio paradisíaco en el archipiélago de El Nido. En este rincón de Filipinas, al igual que en la isla principal de Palawan, se practica un turismo ecológico y sostenible. No se puede dejar ningún desperdicio, y ni siquiera está permitido birlar unos granos de arena de sus treinta áreas marinas y terrestres, consideradas espacios claves que aseguran el ciclo evolutivo de numerosas especies amenazadas y endémicas. Los científicos se asombran porque prácticamente cada año se descubre una nueva especie de planta, de reptil o de ave, sin contar que solo en las aguas de este Poseidón se encuentran más de 950 especies de peces y cinco de las siete tortugas marinas existentes.

Viaje al mundo natural

El verdadero lujo aquí no son los hoteles integrados en la vegetación ni las cabañas de nipa con vistas al mar. El lujo de El Nido es una naturaleza virgen y un entorno impoluto de aire puro y limpio que induce a relajarse y a disfrutar despreocupadamente, en pareo y bañador, de la miríada de islas y playas desparramadas a su antojo por las aguas prístinas de la bahía de Bacuit, como un viaje de vuelta que traslada al mundo natural. Orientarse entre tanta isla no es fácil, aunque poco a poco, practicando el llamado island hopping (ir de isla en isla), se revelan los secretos de este lugar que bien puede denominarse el paraíso.

A bordo de un bangka, el entresijo de islas de Bacuit presenta más de treinta sitios de buceo. En las dos lagunas de la isla de Miniloc, conectadas por un estrecho pasadizo rocoso accesible en canoa, la visibilidad de las aguas alcanza hasta veintidós metros de profundidad. Simplemente nadando te puede sorprender la visita de una tortuga. El agua turquesa y la arena marfileña con la espuma más limpia jamás vista de la isla de Entalula es difícil de olvidar. Y Vigan, con una de las mejores perspectivas de la bahía, solo exhibe su serpiente de arena para enlazarse con Palawan cuando baja la marea. Parajes accesibles en canoa o los túneles escondidos de la isla de Dilumacad adentran en un viaje submarino por arrecifes de pared y fondos marinos animados por corales con forma de abanico y hasta peces moteados con rayas fucsias y azules, jaspeados de amarillo y negro, de blancos trasparentes, rayas, delfines y hasta los rarísimos dugons. Los bosques de cocoteros, bambúes y bananos de la isla de Dibuluan abarcan desde su cima la bahía de Bacuit por completo y la retina pesca y retiene un gran calidoscopio con todos los tonos de azul imaginables.

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Isla de La Paragua

Cuesta abandonar el edén marino de El Nido. Navegando de nuevo hacia Palawan, la imaginación echa a volar pensando en los piratas y pescadores nómadas que han surcado estos mares, en chinos y malasios que se adueñaron de sus costas o en la cara que pondrían los españoles cuando pusieron un pie aquí y la bautizaron como isla de La Paragua, por su forma de paraguas, aunque se asemeja más a un enorme calamar.

Palawan extiende sus 650 kilómetros de largo hacia el sur de Borneo, mirando de reojo a Vietnam por el oeste y a las provincias filipinas de Visayas y Mindanao por el este. Taytay fue su primera capital hasta que Puerto Princesa, reconocida en 1984 como la ciudad más bella del país, le quitó el trono. Pronto abrirá su nuevo aeropuerto internacional. Su ubicación en el centro este de la isla privilegia los desplazamientos tanto al norte como al sur. En Puerto Princesa, grandes avenidas concentran buenos restaurantes y mercados de artesanía. El interior y la costa de Palawan deparan lugares más interesantes, como el trekking que conduce al monte Mantaligahan, el coloso que eleva altivamente sus 2.085 metros. Una única carretera, cual montaña rusa, cruza Palawan, y las vistas zigzaguean entre el mar de China y el mar de Sulú. Arrozales y bosques de bambú alternan con pueblos y aldeas de los tagbanua. Junto a los palawan, los batak y los molbog, son los indígenas de estas tierras donde conviven más de 85 grupos culturales. Muchos ya no habitan en las montañas sino en reservas, e intentan mantener sus costumbres y el respeto por la naturaleza con sus bahay kubo, las tradicionales chozas de nipa.

Las cuevas y las montañas son lugares sagrados donde rinden culto a sus espíritus. Al igual que a los ríos, como el río subterráneo de Sabang, de ocho kilómetros de longitud y declarado en 1999 Patrimonio de la Humanidad, con once ecosistemas diferentes y un importante centro de estudios geológicos. Descubierto por un marino inglés bajo el monte de Saint Paul, se divisa también desde Honda Bay, brújula de los buceadores más expertos que apunta a uno de los escenarios marinos preferidos por Jacques Cousteau: el Parque Natural submarino de los arrecifes de Tubbataha, donde solo se puede acceder y pernoctar en barco en temporada restringida. Santa Lourdes es el puerto de entrada a la Bahía Honda. Las vendedoras de perlas se agolpan en la dársena, donde se contratan las bangkas hacia las islas y aseguran que en ellas se encontró la mayor perla del mundo.

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Bancos de arena y manglares sobrevolados por aves pescadoras se suceden de nuevo por el azul índigo del mar de Sulú hasta la alejada isla de Pandan. En sus cabañas se puede gozar del hilot hilot, el masaje tradicional filipino, y pescadores como Dante o Rosalind ofrecen cestas con erizos, cigalas, conchas y pescados. Su playa es otro acuario natural, donde Nemo, el pez payaso, linkias y estrellas de mar azules pululan entre corales y praderas de algas.

Las islas Calamianes

Culion, Linapacan y Busuanga enlazan la cadena del conjunto de archipiélagos de las islas Calamianes, las más septentrionales de Palawan, lindantes con el sur del estrecho de Mindoro. Todavía más aisladas, en algunas no hay siquiera electricidad. Auténtica y rural, Coron hace las veces de ciudad y de isla, siendo la principal población de la isla de Busuanga. Su calle principal, transitada por moto triciclos, bicicletas y repleta de sari sari (tiendas), locales de alquiler de buceo, cafés y bares donde suenan ukeleles y músicas del mundo, exhala un ambiente más distendido. Aquí se nota el legado latino e hispano de sus habitantes. Su bahía juncada por casas palafito, el mercado y el puerto, con puestos de fruta tropical, alfombras de ratán y de pescado, encadena con montañas semejantes a un cuadro de caligrafía china. Desde el monte Tapyas se divisan las islas Busuanga y lugares que quitan el hipo. No hay que perderse los jardines de coral de los islotes de Siete Pecados y su santuario de tortugas o Beach 91, anclada entre riscos descomunales, perfecta para hacer un pic nic, darse un chapuzón y navegar en canoa hacia un laberinto de rocas y cavidades que esconden playas secretas diminutas.

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El gran caladero

Honda Bay, a una hora en coche de Puerto Princesa, en el mar de Sulú, es el gran caladero de Filipinas, con dieciséis islas. La bahía surte el 60 por ciento del preciado pescado de arrecife que se consume en Luzón y la gran Manila. Alberga viveros del cangrejo de herradura, que podría llamarse real por su gran tamaño, cuya sangre azul se utiliza en laboratorios por su gran poder antibacteriano: un litro puede costar quince mil dólares. También se captura el lapu lapu, un mero gigante que se nutre de pulpos y crustáceos, pudiendo llegar a medir un metro y pesar cien kilos. La isla Starfish concentra la mayor población de estrellas de mar de cinco brazos y colonias de erizos, mientras corales de mar, caracoles y otros moluscos prefieren la isla de Cownie. Está limitado el acceso a algunas islas para que el impacto ambiental sea mínimo en este santuario marino en el que en mayo se pueden avistar ballenas surcando sus fondos de jardines coralinos.

Las lagunas gemelas

Una de las experiencias más alucinantes del norte de Palawan son las Twin Lagoon, las lagunas gemelas, a las que el común de los nadadores accede solo cuando hay marea baja. La superficie concentra agua dulce y fría, mientras que el fondo alberga agua salada. La mezcla de ambas crea un fuerte contraste térmico que produce un efecto óptico oleoso tridimensional. Si se bucea rápido, el agua se vuelve aceitosa y la visión se enturbia por la reverberación de las ondas. Hay que nadar simulando tener la cola de un pez, y aletear lentamente, solo con las piernas. Los ojos actúan como un gran angular y se ven primeros planos con relieve. Y entonces se tiene la experiencia de poseer la misma perspectiva que la de un pez tropical, y se pueden admirar los corales, que en las lagunas gemelas adquieren tonos más morados y oscuros, muy distintos de los formados en el arrecife.