Ocho joyas chinas

China es un mundo misterioso y deslumbrante que se contiene en si mismo. Un gran continente del tamaño de Europa en el que conviven numerosos pueblos con tradiciones variadas. Estas ocho maravillas de China, un país que en agosto de 2008 se viste de largo, intentan reflejar su larga historia y su diversidad de culturas. Huyendo de los destinos más trillados, proponemos al lector un viaje por esa China eterna.

Pedro Ceinos

Lhasa
La ciudad sagrada
Lhasa, la ciudad sagrada del budismo tibetano, despierta una fascinación en el viajero occidental como pocos lugares en nuestro planeta. Puede que sea por haber estado cerrada al exterior durante muchos siglos, por el aire puro que le proporcionan sus 3.700 metros de altitud, la majestuosidad de sus construcciones civiles y religiosas o ese incomparable ambiente que le dan los miles de peregrinos que, desde los confi nes del mundo tibetano y mongol, llenan sus calles con sus postraciones y sus molinillos de oraciones. En la ciudad antigua de Lhasa, los monumentos civiles y religiosos, el majestuoso Palacio de Potala y los grandes templos lamaístas representan el complemento perfecto para unas calles que hierven con ese ambiente exótico y cosmopolita de bazares, posadas y restaurantes donde los peregrinos pasan sus días.

Pingyao
El legado del esplendor chino
Pingyao es el tiempo detenido, es la memoria viva de esa China imperial soñada por los viajeros occidentales y desaparecida hace ya más de un siglo. Una ciudad que alcanzó su apogeo como el principal centro fi nanciero del último esplendor del Imperio Chino, pero que fue perdiendo su gran importancia en benefi cio de Shanghai, Cantón y otras ciudades costeras. Como un enorme museo, una gigantesca casa de muñecas, todo permanece perfectamente conservado: su majestuosa muralla que data de los primeros años de la dinastía Ming, su palacio del gobierno, sus templos (mención especial merece el de Wen Miao, donde los aspirantes a funcionarios imperiales acudían a realizar sus exámenes de ingreso), las sedes de esos bancos que extendieron sus redes fi nancieras por los cuatro confi nes de China e incluso las mansiones de los potentados que dirigían sus negocios y permiten recrear en el viajero la ilusión de los tiempos pasados.

Zhujiajiao
Por los canales del Yangtsé
Hay un mundo delicado y refi nado, de lluvia suave tamborileando sobre los tejados de pequeños pabellones, que, semiocultos por la vegetación del jardín, nos hacen llegar la música del erhu, de canales por los que discurren barcas meciéndose, de puentecillos de madera cruzando los canales, de tiendecillas acostadas a la sombra de enormes banderolas cuajadas de caracteres chinos. Esa China de los letrados y mandarines ubicua en películas y novelas, que parece un recuerdo de tiempos pretéritos, aún pervive en Zhujiajiao y las llamadas Aldeas del Canal, media docena de aldeas enclavadas a lo largo del delta del río Yangtsé donde el tiempo, detenido, convierte los sueños en realidad, pues alejándose del progreso permanece fi el a una tradición secular.

Kashgar
En la Ruta de la Seda
Si existe una ciudad que puede ejemplifi car en China el esplendor de la Ruta de la Seda es, sin duda, Kashgar. Situada en el extremo suroeste de la región de Xinjiang, constituía una parada obligatoria en la llamada ruta sur de la secular vía de comunicación. La capital de un enorme oasis que se extiende a lo largo de decenas de kilómetros, en una auténtica encrucijada de caminos entre China, Pakistán, Kirguistán y Afganistán, la ciudad de Kashgar rebosa historia por sus cuatro costados. Su centro histórico, con esa kasbah única por estas latitudes del planeta, la mezquita de Id-Kah, erigida en el año 1442, y los mercados y bazares que la hicieron famosa -y que siguen siendo hoy el punto de encuentro de los comerciantes del centro de Asia- convierten a Kashgar en una ciudad eterna.

Yangshou
Las colinas del río Li
El paisaje más impresionante de China, y uno de los más singulares de Asia, está formado por la miríada de caprichosas colinas que se elevan a la orilla del río Li, entre Guilin y Yangshou. Desde tiempo inmemorial fue lugar de peregrinaje de artistas y poetas. Dicen que hace 300 millones de años era el fondo del océano, lo que ha creado un paisaje cárstico defi - nido por montañas con formas sugerentes, cuevas singulares y aguas cristalinas que se convierten en un verdadero espejo de estas cumbres celestiales. En medio de este paisaje que resulta siempre cambiante, los campesinos de la China profunda crean pequeños arrozales que, cual parches de la actividad humana en medio de un fascinante paisaje, constituyen un conjunto difícil de igualar.

Qufu
La cuna de Confucio
China no puede entenderse sin Confucio, ese educador convertido en fi lósofo y endiosado hasta límites insospechados. Su ciudad natal, Qufu, es el paradigma de esa cultura. Las construcciones de esa familia, cuya genealogía se ha conservado durante 77 generaciones, son las únicas que podrían rivalizar con las construcciones imperiales de la ciudad de Beijing. El Templo de Confucio, la Casa Ancestral del sabio y el bosque donde se encuentra su tumba y la de sus discípulos defi nen la geografía de Qufu, proporcionándole un aura realmente solemne.

Lijiang
Al pie del Dragón de Jade
Lijiang es el centro de las caravanas del sureste de China y encrucijada de todos los caminos entre el mundo chino y el tibetano. La ciudad contiene la herencia de la original tradición cultural y religiosa de los naxi, uno de los más notables pueblos indígenas del suroeste de China que descienden de las tribus tibetanas qiang. Los naxi destacan por su ancestral escritura pictográfi ca, que es todavía usada en la actualidad para los rituales chamánicos de sus sacerdotes dongbas, el papel destacado de la mujer en su sociedad y la cuidadosa preservación de la música ritual taoísta. La ciudad, que aparece recostada al pie de la gran montaña del Dragón de Jade con sus hermosas casas de madera, sus calles empedradas y laberínticas y sus numerosos canales que la cruzan de un extremo a otro, ha sabido despertar la fascinación de todos los viajeros.

Gulangyu
La Isla de la Música
Si hay una urbe que puede defi nir el mundo chino de ese periodo semicolonial, durante el cual China estaba postrada ante las potencias occidentales, es la isla de Gulangyu. Situada a sólo 10 minutos en barco de la ciudad de Xiamen, uno de los principales puertos comerciales del Este de China, mantiene perfectamente conservadas las villas que otrora usaran los occidentales: unas convertidas en hoteles, otras en museos o casas particulares. Es un verdadero tratado de arquitectura. Isla vetada a los coches, el paseante descubre melodías que sur- gen desde cada esquina, pues Gulangyu cuenta con tal concentración de estudiantes de música que se la conoce como la Isla de la Música. Una de las mayores atracciones de Gulangyu es la roca del Rayo del Sol, el punto más elevado de la isla.

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