El Gran Norte de Canadá

Es una de las zonas más extremas del planeta. Los tres territorios que comprenden el Gran Norte de Canadá suponen toda una aventura para el viajero, que hallará paisajes salvajes, temperaturas de hasta 50 bajo cero, lugares indómitos y ciudades surgidas con la fiebre del oro. Javier Reverte narra en estas páginas su extraordinario viaje por la provincia de Nunavut, los Territorios del Noroeste y el río Yukón.

Javier Reverte
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Foto: ISTOCK

Canadá es un país singular. La mayoría de su territorio, el Gran Norte, es una suerte de gran espacio en blanco. Y nunca mejor dicho, pues permanece nevado casi todo el año. Allí, en el blancor del mapa, puntean unas decenas de localidades y algunos escasos asentamientos humanos que sortean con tenacidad las duras condiciones climatológicas, sobre todo invernales, y que en no pocas ocasiones nos sorprenden por encontrar alegría y ganas de farra en espacios tan poco propicios para la felicidad. El resto del Canadá, el más habitable, corre en paralelo a la frontera con los Estados Unidos, y allí se alzan las grandes ciudades como Toronto, Vancouver o Montreal.

Pero hoy nos ocuparemos de ese Gran Norte canadiense, ese inmenso pedazo de planeta que comprende una provincia y dos regiones autónomas: Nunavut, Territorios del Noroeste y Territorio del Yukón, con el puñado de islas árticas que se reparten los dos primeros. Entre los tres suman la friolera –otra oportuna palabra– de más de tres millones y medio de kilómetros cuadrados, unas siete veces España, mientras que sus habitantes apenas superan los cien mil, uno por cada cuatrocientos cincuenta españoles.

La mayor provincia canadiense

Nunavut, que significa “Nuestra tierra” en idioma nativo, es la más grande de todas las divisiones administrativas canadienses, con casi dos millones de kilómetros cuadrados de extensión –similar a la de Europa Occidental–, un buen pedazo de mar, numerosas islas y todo cubierto la gran mayoría del año por hielo y nieve para aburrir. En los inviernos, el termómetro allí no desciende sino que se derrumba en temperaturas que se acercan a los 50 grados bajo cero. Tales condiciones climatológicas no hacen del lugar un buen sitio para establecerse, de modo que lo habitan unas 34.000 almas escasas, de las cuales el 85 por ciento son inuit. Hay media docena larga de establecimientos humanos –entre ellos, en alguna de sus islas– y, eso sí, inmensos recursos minerales y de hidrocarburos que han hecho que el gobierno canadiense preste especial interés a su geografía y habitantes, sobre todo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la reciente política expansionista de Rusia en los parajes árticos.

La capital, con cerca de 8.000 personas (funcionarios canadienses y nativos inuit), es posiblemente una de las ciudades más feas del mundo. Se llama Iqaluit, que significa “Lugar de muchos peces”, está situada en la isla de Baffin y la dibujan una bahía llamada Frobister (nombre del corsario inglés que la descubrió), una llanada y una pendiente en las caderas de una montaña. Los alrededores los conforman inmensos territorios desolados en donde el rey indiscutible es el oso polar, implacable cazador de focas, y de renos, morsas, bueyes amizcleros y, en ocasiones, de seres humanos despistados.

Pasear por las calles principales de la ciudad, Queen Elisabeth Way y Niaqunngussiaraq Road, casi siempre bajo copos de nieve, o punzantes gotas de aguanieve cuando es verano, no resultaba idílico precisamente. Pero son las únicas asfaltadas, mientras que el resto de la urbe lo trazan barrizales y pedruscos que marcan los lugares en donde no se puede aparcar. No existe propósito urbanístico alguno y los edificios de viviendas de cemento pueden llegar a las veinte alturas, que coexisten con numerosas casas de dos o tres pisos fabricadas con fibra de vidrio. Hay un par de bares-restaurantes en donde se sirve carne de ballena nerval y donde rigen estrictas restricciones de consumo de alcohol, una catedral en proceso de reconstrucción –se quemó en el 2005– y un museo de arte inuit. En el invierno es peligroso asomarse a horas tardías a los barrios extremos: los osos acechan. Hay otros pocos establecimientos en la provincia, que raramente pasan de mil habitantes, como Pond Inlet, Rankin Inlet o Cape Dorset. Y también en las islas, como el de Cambridge Bay, en la de Victoria. En el asentamiento de Resolute, de la isla de Cornwallis, una localidad de menos de cien pobladores, los hombres deben salir por las mañanas armados para proteger de los osos a los niños que van al colegio. En la casi totalidad de los establecimientos de Nunavut está prohibido el alcohol, pues la etnia inuit presenta un problema glandular que les hace muy vulnerables al alcoholismo.

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Territorio de mestizaje

Después de Nunavut y Québec, los Territorios del Noroeste constituyen el tercer departamento más extenso de los trece territorios autónomos y provincias que componen Canadá, con casi 1.350.000 kilómetros cuadrados. Su población rebasa apenas los 40.000 habitantes repartidos en varias etnias, de las que la mayoritaria son miembros de las “primeras naciones” (respetuoso término con el que se conoce a los indios en Canadá). Al contrario de lo que sucede en muchos de los otros departamentos del país, la mayoría de sus pobladores son católicos y cuenta ni más ni menos que con ocho lenguas oficiales. Es, pues, un territorio en donde predomina el mestizaje. Y su paisaje, más boscoso, difiere también del de su vecino Nunavut, quizás porque surcan una buena parte de su territorio ríos caudalosos, entre ellos el vigoroso Mackenzie, el más largo del país, que corre entre el lago del Gran Slave y la ciudad ártica de Inuvik. Su capital es Yellowknife, Cuchillo Amarillo, una suerte de Eldorado, rodeada de minas de diamantes y de yacimientos auríferos, que cuenta con una población de 25.000 almas. El nombre le viene de una antigua etnia indígena, los Slavey (el nombre del lago no significa Esclavo), que fabricaba cuchillos con hojas de cobre, mineral abundante también en la región. Al contrario que Iqaluit, Yellowknife resulta una ciudad extremadamente simpática. Tendida en la orilla norte del lago Gran Slave, es una urbe moderna, de anchas calles, en la que conviven varias etnias de origen indio, inuit y blanco. El lado oeste de la ciudad es, por decirlo así, el europeo, mientras que al lado contrario, el barrio de N’dilo, que significa “El final de la calle”, lo habitan los indígenas originales de la región. No es extraño encontrarse, en esta zona, en el jardín de una casa moderna, un tradicional tipit indio hecho con pieles de vacuno.

Y muchos habitantes de las etnias distintas que habitan Yellowknife se mezclan cada tarde-noche para bailar música country y consumir cerveza en el Gold Range, un bar como no hay otro en el norte del continente. Se bebe en cantidad, pero apenas hay problemas de bulla y bronca. Por una sencilla razón: si te echan por camorrista del Gold Range, entras en una lista que te impide volver al lugar. ¿Y qué haces en Yellowknife si no puedes ir al Gold Range? Morirte de pena en la capital provincial más fría del Canadá, con temperaturas que bajan en invierno de los -50 grados.

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La mayor reserva natural del mundo

Todas las tierras septentrionales de los Territorios del Noroeste son tan salvajes como uno puede imaginar era el mundo antes de la llegada de la civilización humana, con un inmenso lago, el del Gran Oso, al que solo se puede llegar en avioneta y en el que hay únicamente un pequeño establecimiento humano con un hotel para los cazadores que se aventuran hasta allí. Al sur de Yellowknife, en la otra orilla del Gran Slave, se extiende la mayor reserva natural del mundo, el Wood Buffalo, con una población de 20.000 bisontes americanos y nutridas manadas de lobos, además de linces, pumas, alces, caribúes y ciervos en abundancia. Grandes ríos riegan estas selvas indómitas del norte, como el Peel, el Artic Red y, sobre todo, el Mackenzie, la espina dorsal de la región.

Aparte de pequeñas localidades como Normal Wells, Hay River y Aklavick, los territorios cuentan con otra ciudad importante, Inuvik, de 3.500 habitantes, situada en las orillas del Océano Ártico, en la desembocadura misma del Mackenzie. Rodeada por una zona muy rica en petróleo, es la única localidad del Mar Ártico que se comunica por tierra con el resto del Canadá a través de la Dempster Highway. Viajar por sus solitarios parajes es una aventura estupenda, entre bosques de coníferas, abedules y arces, cruzando caudalosos ríos a bordo de pequeños ferries gratuitos, en bosques donde resulta de una intensa emoción el encuentro casual con un oso, un alce o una manada de renos. Inuvik, que significa “Lugar del hombre”, es una ciudad mestiza en almas y religiones. Hay una comunidad libanesa que pronto tendrá mezquita, y su más imponente monumento, presente en todos los catálogos turísticos de la región, es Nuestra Señora de las Victorias, una catedral católica construida en forma de iglú inuit. En la ciudad hay otras tres iglesias, dos supermercados, tres bares y un censo generoso de borrachos, sobre todo si uno se asoma al atardecer al The Mad Trapper (El Trampero Loco), el pub de la calle principal –su nombre se refiere a un delincuente mítico que fue abatido por la Policía Montada canadiense en 1927–. En la barra corren las botellas de cerveza mientras los clientes juegan al billar o gritan ante la pantalla de televisión contemplando cómo los jugadores se dan de palos en un partido de hockey sobre hielo, el deporte nacional canadiense. Uno puede tener conversaciones locas en El Trampero Loco. Una tarde, un indio ebrio me dijo: “Si es usted español, ¿cómo es que no es negro?”. “Es que soy negro”, repondí. Se alejó rascándose la cabeza sin cesar de volverse para mirarme.

Ríos, bosques boreales y tundra

Nos queda el Territorio del Yukón, el más occidental de todos los departamentos del Gran Norte canadiense. Mucho más pequeño que sus hermanos septentrionales, cubre una extensión de casi 475.000 kilómetros cuadrados –casi como España– y alberga cerca de 34.000 residentes. Su nombre se lo debe al río Yukón, que recorre 3.700 kilómetros desde la cercanía de la frontera sur de Alaska con Canadá hasta la desembocadura en las proximidades del estrecho de Bering, ya en territorio de los Estados Unidos y a las puertas de Siberia. El río es el segundo más largo de Canadá, tras el Mackenzie, y el tercero de América del Norte, después de este último y del mucho más largo Missouri-Mississippi. La región forma un territorio de vigorosos ríos, bosques boreales en el sur y tundra en el noroeste, con temperaturas muy extremas en invierno, aunque más templada que las dos otras regiones del Gran Norte. Los veranos son muy luminosos y abunda la fauna salvaje.

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Un buen número de las más altas montañas del Gran Norte se concentra en los territorios del Yukón y Alaska. En el primero se alza el monte Logan, la mayor altura canadiense, con 5.959 metros del altura, y en el segundo, el McKinley o Denali, el techo de América del Norte, con 6.190 metros. Casi todos los ríos y lagos del territorio del Yukón son tributarios de este curso de agua, como el Gran Salmón, el Teslin o el Laberge. Nace en los lagos próximos al Chilkoot Pass y White Pass, muy próximos a Alaska, corre hasta Whitehorse, capital de los territorios, y sigue hacia el norte para cruzar Dawson City e internarse en tierras americanas pantanosas, ya en territorio estadounidense, en Yukon Flats, hasta su desembocadura en la proximidad de Rusia.

Whitehorse es una ciudad grandullona y feota, con unos mil cuatrocientos habitantes, vecina del río en una llanura poco arbolada en donde el calor del verano quema la piel y el frío del invierno la araña. Pero la joya urbana de la región la constituye Dawson City, constituida en los días de la fiebre el oro del Klondike –río tributario del Yukón–, donde permanece la vieja estructura de las casas de madera, las acercas como palafitos, las calles embarradas, las iglesias locales, los bares y saloons y los antiguos lavaderos de oro. Uno pasea por sus calles como en el escenario de un western y hay un bar, el Westminster –extraño asunto este–, en el que señorea la cabeza disecada de un toro bravo lidiado y muerto en Yecla, Murcia.

Después... casi la nada: el mar de Beaufort, el estrecho de Bering y la enorme taiga siberiana.

(*) Javier Reverte es autor de “El río de la luz. Un viaje por Alaska y Canadá” (2009).