Milford Sound, el fiordo de la Tierra Media

Navegar por este laberinto de Nueva Zelanda, esculpido de piedra y agua, es emprender una travesía por una joya de la naturaleza coronada por la bruma y la leyenda.

Noelia Ferreiro
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Una cicatriz en la tierra, como el zarpazo de un gigante, obligó al salvaje mar de Tasmania a colarse entre abruptos acantilados de roca, picos rugosos y bosques que cuelgan de las laderas entre atronadoras cascadas. Después la neblina, la cortina de lluvia sobre la aurora, le otorgó ese aire de remoto final de trayecto, esa belleza misteriosa que llevó a Ruyard Kipling a concebirlo como “la octava maravilla del mundo”, y a Peter Jackson, años después, a convertirlo en el escenario de su trilogía de El Hobbit. Desde entonces, este fiordo alimenta la leyenda de la Tierra Media y atrae a los amantes de la saga.

Mildford Sound, que abre una sinuosa lengua de agua a través de quince kilómetros tierra adentro, es tal vez uno de los parajes más sublimes de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Y aunque no es el más largo ni el más ancho en su especie, sigue siendo el más visitado del Parque Nacional de Fiorland, esa maravilla agreste y montañosa seccionada por decenas de canales, como dedos de mar, que conforman un laberinto mágico.

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A los ojos de los maoríes que descubrieron este enclave en los albores de los tiempos, Milford habría sido la guinda de una larga y ardua tarea. Cuenta la leyenda que el dios Tu-Te-Raki-Whanoa había recibido la misión de esculpir, tramo a tramo, el perfil de esta costa escarpada, de manera que al llegar al fiordo había adquirido tanta habilidad que alumbró su creación más hermosa. Y aunque el origen científico remite a una glaciación secular que fue abriendo grietas en la piedra para después inundarse de mar, la sabiduría aborigen, tirando de romanticismo, bautizó el lugar como Piopiotahi, en honor al extinto piopio: un pájaro que sobrevoló estas crestas en triste señal de luto el día en que supo que la humanidad, de ninguna manera, alcanzaría la inmortalidad.

Hoy, el acceso por carretera a Milford Sound desde el deslumbrante lago Te Anau, el más grande de Nueva Zelanda, es un espectáculo en sí mismo. Arropada por las montañas, la Milford Road serpentea por valles tapizados de bosques subtropicales que se extienden como un manto infinito hasta topar con el océano.

Sin embargo, los más aventureros no dudan en abordar a pie el Milford Track, conocido por los profesionales del trekking como “el fabuloso sendero del mundo”. Una ruta exigente de 54 kilómetros, en ocasiones cubiertos de nieve, que ha de emprenderse en unos cinco días como una suerte de Camino de Santiago a través de una naturaleza desbordante.

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En ambos casos la meta es este fiordo épico, donde habrá que embarcarse en un crucero para navegar entre paredes de granito que superan los 1.200 metros, y que emergen desde un mar añil cubiertas de vegetación exuberante. Porque este rincón de las antípodas, uno de los más lluviosos del planeta, no sólo propicia el nacimiento de cascadas efímeras que brotan desde las rocas, sino que también permite que crezcan en la pendiente frondosos bosques agazapados en constante reto a la gravedad.

La travesía, de tres o cuatro horas, recorre los hitos que hacen de Milford Sound un lugar extraordinario. El vertiginoso Mitre, de 1.692 metros, llamado así por su forma semejante a la mitra de los obispos, es el techo del fiordo, una uña que rasga las nubes en una sorprendente estampa. Pero hay otras erupciones de piedra que encierran alocadas figuras, como el Pico Elefante, que emula a un paquidermo; o el Monte León, que adopta la silueta de este depredador recostado.

En el trayecto, por aquí y por allá, irrumpen furiosos chorros que tienen su máxima expresión en las cataratas Lady Bowen, o en las más alejadas Stirling. Y sobre las rocas, impasibles a los intrusos, colonias de focas y pingüinos retozan bajo la fresca ducha, mientras los botes se pierden por la Bahía de Anita, donde no es raro cruzarse con delfines que juegan con las olas.

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Milford Sound resulta tan fotogénico que hay quien no se conforma con un paseo y decide pasar la noche a bordo en barcos que ofrecen este servicio. Pero también hay quien prefiere una exploración a ras del agua, desde una canoa, sintiéndose como un puntito rodeado de verticalidad.