Miami, una ruta art déco

Excéntrica, alocada, frívola, la ciudad más latina de Estados Unidos contiene la mayor concentración del mundo de este estilo arquitectónico que es un puro reflejo de su vitalidad.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: vwalakte / iStock

Si Miami es una procesión constante de lo superlativo, una ciudad que hace del hedonismo su carta de presentación, la corriente artística que la define solo podía ser el art déco. Este estilo alegre, optimista, moderno, encaja como un guante con su ritmo trepidante de vida, con esa sobredosis de vitalidad que distingue a la capital de Florida, donde para aburrirse hay que proponérselo mucho.

Nacido para insuflar esperanza en los aciagos tiempos de los años 30, el art déco recaló en esta ciudad, la más latina de Estados Unidos, con la idea de que era posible un futuro mejor. La Primera Guerra Mundial y el crack de la bolsa del 29 habían derrumbado los ánimos. Hacía falta un soplo de aire fresco y lo que esta corriente artística propiciaba era una buena dosis de optimismo cromático.

Vladone / iStock

Así fue como muchos de los hoteles construidos a lo largo de South Beach adoptaron este estilo antidepresivo que hacía honor a la edad de la máquina: materiales como el aluminio y el acero inoxidable, líneas aerodinámicas procedentes de la aviación, simetrías que beben de las vanguardias, luces eléctricas, neones, colores vivos. Aunque el art déco dejó su huella en otras ciudades de América (emblemático es el remate de la Torre Chrysler en Nueva York), en ningún otro lugar existe una concentración comparable en calidad y cantidad a la que exhibe Miami.

Más de ochocientos edificios componen el Art Déco Historic District en un área de 2.300 hectáreas entre las calles Ocean Drive y Collins Avenue. Y precisamente en la primera, en el número 1001, se erige el Art Déco Welcome Center que, además de ofrecer visitas guiadas de unos 90 minutos, es un buen punto de partida para quienes prefieran explorar la zona por propia cuenta.

Meinzahn / iStock

Será ocasión de descubrir que no existen dos fachadas iguales. Que las hay con líneas rectas como las del hotel Clevelander o con esquinas redondeadas como las del Cardozo. Inmaculadamente blancas como The Delano o de un amarillo chillón como Leslie. Con elementos decorativos como The Cavalier o con formas extravagantes como The Essex que más bien rememora la proa de un barco. The Carlyle, The Webster, Colony Theatre , The Breakwater, Cadillac Hotel, The McAlpin, The Plymouth, Jerry’s Famous Deli… y una lista interminable hilvanan este prodigio arquitectónico en tan solo un puñado de manzanas.

Con semejante concentración de asfalto cuesta creer que hasta hace poco más de cien años aquí no existiera nada. Tan sólo un pantano infectado de cocodrilos, una ciénaga farragosa. Y que tuvieran que llegar algunos visionarios (John Collins, Carl Fisher…) para que empezaran a brotar los edificios, las autopistas, los campos de golf… hasta trazar a golpe de dólares el estilo irrepetible de Miami.

Collins Avenue. | Lorraine Boogich / iStock

Una ciudad con el sol y las olas de un destino tropical, pero también con el ocio y la gastronomía de una metrópoli sofisticada. Pero sobre todo, una ciudad que hace del glamour su imagen más arquetípica. Especialmente a lo largo de Ocean Drive, a los pies de estos edificios art déco y bajo una ristra de palmeras: nunca hubo una pasarela igual de músculos y piel morena, de gente guapa, descapotables, animadas fiestas gay friendly y ruidosas discotecas de moda que atraen a celebrities de todas las latitudes.