Melbourne: lo que no puedes perderte en la ciudad más ‘cool’ de las Antípodas

Es la metrópoli más europea de Australia, pero también la más vanguardista, adscrita al catecismo de lo hipster y al estilo de vida alternativo.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

De su eterna rivalidad con Sidney podemos decir que sale airosa. Puede que carezca de la sofisticación de aquella, pero a cambio presume de mayor frenesí, de más aires de juventud. Y si la ciudad de la Ópera esgrime en esta contienda su intachable belleza natural, Melbourne contraataca con su efervescencia artística y una calidad de vida envidiable. No en vano se ha colado en varias ocasiones entre los rincones elegidos como los más felices del mundo.

Vanguardista, cosmopolita, creativa, la capital del estado de Victoria es la más europea de las ciudades australianas, un título que se ha ganado no sólo por su afición cafeinómana (aquí este estimulante es cosa seria y la población lo bebe a todas horas) sino también por su carácter rebosante de vida: una metrópoli devoradora de cultura global y rendida al ocio como ninguna. Ello explica que en Melbourne se encuentren manifestaciones musicales a cada paso, callejones tatuados de graffitis, los mejores restaurantes del país y las últimas tendencias urbanitas.

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Conocer Mel, como la llaman los oriundos, pasa por colocarse en Federation Square, el centro neurálgico, y entender de qué va su latido. O se ama o se odia, pero a nadie deja indiferente esta concurrida explanada que es un conglomerado abstracto de acero y cristal. Un lugar que acoge eventos culturales, retransmisiones deportivas, clases masivas de zumba y donde el arte también tiene un espacio reservado: el Australian Centre for the Moving Image, que venera la imagen en movimiento, y el Ian Potter Centre, que alberga piezas australianas desde los remotos tiempos de los aborígenes.

Desde aquí, cerca de la Estación Ferroviaria de Flinders con su icónica fachada victoriana, otro must de la ciudad es dar un paseo por el Southbank que discurre a la orilla del río Yarra. En sus márgenes se hallarán espectáculos improvisados junto al trasiego de los bares y terrazas que, a la hora del afterwork, congrega a la gente guapa.

Estación Ferroviaria de Flinders. | ISTOCK

Pero si hay algo típicamente propio de Melbourne, es su red de laneways magníficamente aprovechados. Se trata de callejones agazapados entre las grandes avenidas que conforman el CBD (Central Business District). Unos pasadizos estrechos que podrían haber sido condenados a espacios feos y residuales, pero que, gracias a un urbanismo pragmático, se alzan como sosegadas islas en medio del bullicio. Unos exhiben los cafés más acogedores; en otros se esconde la escena del jazz nocturno; y otros tantos ejercen de lienzo para un prolífico arte callejero que en esta ciudad no se considera vandalismo.

La multiculturalidad, seña de identidad de Melbourne, puede apreciarse en lo que constituye otra de sus citas obligadas: el Queen Victoria Market, donde uno puede encontrar de todo. Desde ostras fresquísimas hasta el último modelo de unas botas UGG, pasando por un dijeridú o un boomerang, por poner ejemplos autóctonos. Los miércoles, además, se convierte en mercado nocturno, con bulliciosos puestos de comida de todos los rincones del globo.

También un rostro multiétnico exhiben algunos de sus barrios, como el italiano de Carlton, el griego de Lonsdale, el vietnamita de Richmond o el recurrente Chinatown, con sus patos laqueados dentro de escaparates chillones. Nada que ver con Fitzroy, plagadísimo de graffitis, que es el hogar de la subcultura hipster: tiendas de ropa retro, librerías, galerías de arte…y la mayor densidad de pubs por metro cuadrado, concentrados en apenas dos calles: Brunswick y Johnston St. Un barrio que se da cierto aire con el madrileño Malasaña.

Playa Brighton, en Melbourne. | ISTOCK

Y aunque no es la costa glamourosa de Sidney, aquí sí hay playa. Está en St Kilda, un distrito repleto de bares, teatros, galerías y muchas mesas en la calle, además del carnavalesco parque de atracciones de Luna Park. Aquí yace la playa de Brighton, con sus casetas de madera pintada, y muy cerca, las rocas donde, al caer la tarde, se puede ver a los pingüinos que llegan a dormir a la costa. Un buen lugar, como los Reales Jardines Botánicos, para escapar del asfalto posmoderno.