Los lagos más bonitos de Nueva Zelanda

Grandes o pequeños, de aguas oscuras o de colores flúor, volcánicos o de origen glaciar… Se cuentan por miles y son sólo una parte de la belleza salvaje de este país de las antípodas.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Montañas, playas, fiordos, glaciares, bosques y regiones termales. Nueva Zelanda exhibe un completo catálogo de monumentos naturales en el que los lagos, probablemente, son su principal maravilla. Aquí van algunas joyas acuáticas de este rincón de las antípodas donde un tercio del territorio está protegido y donde los paisajes resultan tan soberbios que sobrecogen hasta a los menos entusiastas.

Lago Tekapo

La mejor definición de lago azul está en esta masa de agua profundamente turquesa, circundada de colinas onduladas y abruptas montañas de fondo. Un enclave idílico cual postal retocada que debe su color imposible a la harina de roca, un sedimento de origen glaciar y apariencia lechosa que refracta los rayos de sol. Este lago, además, es un punto de partida ideal para hacer un circuito por los Alpes neozelandeses y, según los expertos, uno de los mejores lugares del planeta para explorar la bóveda celeste.

Lago Taupo

Es el más grande del país y descansa en la caldera de un volcán formado hace trescientos mil años. También es un epicentro de la aventura, y no sólo por su cercanía al maravilloso Parque Nacional de Tongariro, sino también porque sus aguas permiten múltiples actividades: desde la pesca (el lugar es célebre en todo el mundo por sus truchas) hasta kayak, rafting, esquí acuático… y por supuesto, baños, que para eso hay actividad geotérmica que propicia aguas calentitas.

Lago Wakatipu | ISTOCK

Lago Wakatipu

Es el lago en cuyas orillas se despliega la ciudad más bella de Nueva Zelanda: Queenstown, un fotogénico entramado repleto de tranquilos paseos, agradables cafés y exquisitos restaurantes, que atrae además a múltiples viajeros ávidos de adrenalina. Casi al borde del agua, las montañas Thomson completan la estampa perfecta en un paraje surcado por el último barco de vapor del país, el TSS Earnslaw, ya centenario, que brinda deliciosos paseos a trece nudos por hora.

Lago Manapouri

El extremo inferior de la Isla Sur contiene algunos de los paisajes más espectaculares y este lago de origen glacial es sin duda uno de ellos. Emplazado en pleno Parque Nacional de Fiordland, esa zona seccionada por una suerte de dedos que se adentran sinuosos desde el mar de Tasmania, se trata de la puerta de acceso a Doubtful Sound (el fiordo de la duda) agraciado con picos agrestes, densos bosques y atronadoras cascadas. Un crucero por sus aguas garantiza además avistar lobos marinos, delfines y pingüinos. 

Lago Te Anau | ISTOCK

Lago Te Anau

Sus brillantes aguas azules se encuentran en uno de los lugares más pintorescos de la tierra, trazando una especie de frontera entre dos paisajes bien distintos: de un lado, bucólicas extensiones relativamente llanas; de otro, montes escarpados cubiertos de bosque virgen. Surcar sus aguas en cualquier tipo de embarcación es casi una obligación en este lago, el segundo más grande del país, que en su unto más profundo alcanza los 417 metros, aproximadamente el doble que el lago Ness.

Lago Rotorua

Emplazado en la zona termal más dinámica del país, este lago que ocupa el hueco de un volcán extinto se codea con géiseres intermitentes, aguas humeantes y piscinas de lodo en ebullición, todo ello perfumado por un intenso aroma a sulfuro. Aún así resulta ideal para practicar windsurf, stand-up paddleboarding, velerismo y pesca. También es posible un bonito paseo a la isla de Mokoia, en el mismo centro, o a la piscina caliente de Hinemoa, famosa por una leyenda maorí.

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Lago Pukaki

Su encanto no sólo radica en la belleza de ese azul refulgente que comparte con el Tekapo (esa cualidad lechosa que le otorga el sedimento de sus aguas) sino también, y sobre todo, a su capacidad de ofrecer la foto más perfecta, aquella que todo profesional y aficionado quisiera capturar: la de las fabulosas vistas del Monte Cook reflejadas como un espejo. Una panorámica que se obtiene desde los miradores que se suceden a por la pasarela de madera que bordea su orilla, en un recorrido que deja sin aliento.