Kerala, la India de las maravillas

En árabe, "monzón" significa "estación" y, por extensión, estación propicia para navegar. Sus vientos traían los barcos de los mercaderes hasta esta costa de las especias, la legendaria Costa Malabar, cuya porción más jugosa atesora el hoy Estado indio de Kerala. Esta última esquina del sur de la India es el mejor destino para iniciarse en las maravillas del subcontinente.

Elena del Amo
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Foto: ISTOCK

"Y para comenzar, pasadme la pimienta", exige Moraes Zogoiby, descendiente último de una saga luso-india de comerciantes de especias y protagonista de la novela de Salman Rushdie El último suspiro del moro. "Repito: la pimienta, por favor; porque, si no hubiera sido por los granos de pimienta, lo que ahora es un final en Oriente y Occidente podría no haber comenzado nunca. Pimienta es lo que vinieron a buscar los altos barcos de Vasco da Gama a través del océano, desde la Torre de Belém de Lisboa hasta la costa de Malabar: primero a Calicut y, luego, por su puerto de laguna. Los ingleses y franceses siguieron la estela de aquel portugués primer llegado, de forma que, en el período llamado Descubrimiento de la India -¿cómo podían descubrirnos si no estábamos cubiertos?- fuimos ‘no tanto un subcontinente como un subcondimento'', como decía mi ilustre madre". Sin ella, sin esa pimienta que mucho antes que Vasco da Gama vinieron aquí a buscar judíos, árabes y chinos, a saber qué le habría reservado el destino a esta lujuriante porción del suroeste de la India. De aspecto no sería muy distinta, ya que la generosidad del trópico se habría igualmente encargado detapizarla de un verde rabioso. Pero sin el trasiego de pueblos atraídos por este oro negro que se cultivaba en su interior, ni de broma albergaría el trenzado de culturas, religiones y lenguas que hoy convierte Kerala en poco menos que un experimento de los dioses. Averiguar eso sí de cuáles ya sería demasiado pedir, pues en estas geografías esponjadas por el monzón habita una florida madeja de ellos a pesar de que los templos aquí no sean ni la mitad de imponentes que los del Estado vecino de Tamil Nadu. Los hinduistas, rigurosamente vegetarianos, se erigen en clara mayoría, pero entendiéndose bien con cristianos, musulmanes, jainistas, sikhs, budistas, y hasta con los pocos hebreos que quedaron de la nutrida comunidad que se afincó por estas tierras en los días florecientes del tráfico de especias.

La pimienta, fundamental entonces para la cocina y la medicina, fue colándose hasta el Mediterráneo a través de las rutas caravaneras que se ramificaban por las Indias. En estas -las de verdad y no las otras que se topó Colón- cargaban también las bodegas de sus barcos con canela, cardamomo, jengibre, cúrcuma, clavo y nuez moscada. El aroma remezclado de todas ellas sigue impregnando este territorio algo más extenso que Cataluña, pero con treinta millones largos de almas que, amén de una belleza soberana, encierra la cara más amable de la India.

Paraíso perdido

Con unas tasas de alfabetización y esperanza de vida equiparables casi a las de Europa, sin miseria ni grandes desigualdades, este Estado acotado por el Mar Arábigo y las colinas de los Ghats Occidentales le debe mucho a su pasado de mercaderes, pero también a la singularidad de haberse convertido, tras la independencia de los británicos, en el primer gobierno comunista del mundo salido de unas urnas. Maharajás y terratenientes vieron cómo se les expropiaban sus posesiones para que cada familia poseyera al menos un pedazo de suelo que cultivar. Sin embargo, a pesar de estos logros y del turismo, que desde hace décadas peregrina hasta sus playas y canales, sus ciudades de leyenda y sus centros de ayurveda, muchas esquinas de Kerala respiran todavía los aires de paraíso perdido que se encontraron los navegantes de antaño. Al menos sus vecinos siguen mostrándose tan locuaces y curiosos con el llegado de lejos como si fuera el primero que vieran.

"El lugar de los cocos" es lo que significa Kerala en lengua malayalam. Para corroborarlo, una empalizada de palmeras se yergue a cada lado de la carretera que, separándose lo justo del mar, atraviesa los 500 kilómetros entre Kasaragod y Trivandrum o, premio para quien lo pronuncie a la primera, Thiruvananthapuram. Así le dicen a la más bien anodina capital desde que, tras la colonización, por todo el país se recuperaran las toponimias indias que tan difícil se lo ponía a los ingleses. Con el cosido de casas y tenderetes que flanquean casi sin tregua esta tira de asfalto, Kerala se diría una aldea infinita. Se ve que, si antiguamente el negocio le venía por el mar, hoy parece haberle tomado el relevo esta carretera que es un espectáculo. En ella cabe de todo. Además de camiones cargados hasta los topes y motillos con la familia al completo en equilibrios sobre el sillín, a sus orillas avanzan bandadas de críos perfectamente uniformados rumbo a la escuela y muchedumbres en saris de colores o mundus blanquísimos arremangados hasta la rodilla. Ante publicidades enormes y disparatadas que dan fe de que nada de esto está reñido con el siglo XXI, de cuando en cuando alguna procesión política frena el tráfico, si no lo han hecho antes unos campesinos dispuestos a secar el arroz en plena calzada.

Pero basta retirarse a sus vías secundarias para reencontrarse con el universo plácido de arrozales, lagunas y canales que ofician como santo y seña de Kerala. Casi cualquier desvío al oeste acabará descollando en alguna aldea de pescadores sobre cuyas arenas, infestadas de cuervos descomunales entre las sobras del pescado, admirar a los hombres en hilera tirando de las redes. Además de sol, lo que muchos extranjeros vienen a buscar a las playas de Kovalam son los tratamientos ayurvédicos, la tan de moda en Occidente medicina india que aquí despachan clínicas y hoteles de todo pelaje. Más sagrados y salvajes afloran los arenales de Varkala, donde los sacerdotes, a cambio de un puñado de rupias, dispensan sus bendiciones o pujas a los peregrinos a remojo por estas aguas capaces, aseguran, de limpiar todo pecado. Y poco más al norte, el entramado onírico de los famosos canales o backwaters. En muelles como los de Alappuzha y Kollam aguardan las barcazas en las que adentrarse por esta sublime red fluvial de cerca de dos mil kilómetros entre la jungla y los arrozales. Si no se dispone de más tiempo habrá que conformarse con unas horas de travesía, aunque instalarse varios días en alguna de sus casas-barco es mil veces mejor opción para, lejos de las rutas más trilladas, pasmarse ante la autenticidad de los últimos recovecos de esta India anfibia y rural.

Las iglesias ortodoxas de Kottayam y los escenarios de El dios de las pequeñas cosas, la novela de Arundhati Roy, despuntan más al interior. Y más allá aún, el Parque Nacional Periyar, en el que avistar elefantes y con mucha suerte tigres, así como las plantaciones de té que se descuelgan por las laderas de la muy británica Munnar. Pero el imán de la costa Malabar, con sus historias de piratas y trapicheos, obliga a regresar al mar, donde el viejo puerto especiero de Cochín hoy responde por el nombre de Kochi.

Su barrio de Fort Cochín, ocupado por los portugueses recién estrenado el siglo XVI, fue el primer asentamiento europeo en la India, heredado después por holandeses y británicos. Caminando por su esplendor marchito entre jacarandas y caserones coloniales carcomidos de humedad acabará desembocándose ante las famosas redes chinas de pesca que al parecer introdujeron los súbditos de Kublai Khan. Estos mecanos de pértigas y contrapesos, como gigantes arañas posadas junto a la orilla, se arriman a un paseo de árboles de la lluvia traídos hace cuatro siglos por los lusitanos desde Brasil. A su sombra los quioscos les cocinan pescados y gambas, siempre picantes, a quienes necesitan recuperar fuerzas antes de proseguir hacia el fuerte y la iglesia de San Francisco, hacia la antigua judería, el British Club, el Dutch Palace y demás señuelos de un pasado de tejemanejes que mantienen vivo los mil y un almacenes donde las especias se siguen pesando en balanzas y apilando en sacos para ser facturadas a medio mundo.

El trajín pesquero de la isla vecina de Vypeen es también heredero de una historia mestiza de marinos y comerciantes, aunque hasta allí se llegan ya menos visitantes. Y menos aún prosiguen al norte, rumbo a la Kerala más desconocida, cada vez menos cristiana e hindú y con más regusto musulmán. Hacia Kodungallur, cuya mezquita de Cheraman Juma presume de ser la más antigua del país, y Palayoor, donde la también más antigua entre las iglesias se remonta a los tiempos en los que Santo Tomás convirtiera por estos pagos a los primeros cristianos. O a la capital cultural de Thrissur, que celebra con el Pooram uno de los festivales más extravagantes del calendario hindú, y hacia playas más del gusto local como la de Cherai, donde las indias se bañarán en vaqueros o en sari, pero siempre vestidas. Y, cómo no, hacia los bazares del viejo pero hoy muy industrial Calicut, el otro epicentro del comercio de antaño rebautizado ahora como Kozhikode, para enlazar con el hilván de fortines todavía en pie que, dispersos desde Tellicherry y Kannur hasta Bekal, defendían de los piratas los almacenes de especias que colocaron a la costa Malabar en el mapa.

En una casa-barco por los canales

Parecen un armadillo gigante. Construidas en madera sin un solo clavo y recubiertas por un caparazón de fibra de coco y bambú, las kettuvallam servían antaño para transportar los anacardos, los cocos, las especias y el arroz por los backwaters o canales de Kerala. Muchas todavía lo hacen, aunque los camiones y las carreteras, cada vez mejores, llevaron casi al borde de la extinción a estas barcazas que quizá hoy serían cosa del pasado de no haber tenido el entonces joven Babu Varghese la idea genial de convertir algunas de ellas en casas flotantes con las que adentrar a los forasteros por esta fenomenal maraña de islas no siempre habitadas, lagos lisos como un plato y aldeas ribereñas ajenas al resto del mundo. El éxito no se hizo esperar y hoy hay cientos de ellas con las que surcar durante unas horas este lírico universo anfibio o, mejor todavía, navegarlo varios días. Cuantos más mejor para alejarse así de las rutas más trilladas y fluir por esta onírica esquina de la India rural en la que espiar a los hombres enjabonándose vigorosamente en los cauces o a las mujeres lavando sus cacerolas y sus saris de princesa acuclilladas entre los jacintos de agua. Siempre el agua, el verdadero dios de Kerala. En los muelles principales de Alappuzha, Kumarakom, Kollam o Cochín será fácil contratar un kettuvallam sobre la marcha. Los más básicos rara vez llegan al puñado de camarotes, si bien los precios nada prohibitivos hacen que muchos prefieran agenciarse el barco entero. Por única tripulación, el capitán y el cocinero se ocuparán de mimar hasta lo indecible a sus pasajeros durante los días acordados. Junto a estos populares barquitos han ido surgiendo otros de lo más exclusivo para un pasaje siempre reducido. Se opte por unos u otros, nunca habrá lujo comparable al de deslizarse a solas por el mundo aparte de esta India acuática que es pura sensualidad.