Jerez de la Frontera en otoño

Una visita a la ciudad más andaluza del sur, síntesis del flamenco, el vino y los toros.

Carolina Oubernell
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Foto: Cezary Wojtkowski / ISTOCK

Si Andalucía tuviera que quedarse con una sola ciudad que la sintetizara el viajero elegiría Jerez de la Frontera. La ciudad gaditana, la más grande y poblada de la provincia, atesora la esencia del sur peninsular. Lo tiene todo: Clima, sol, perfume y símbolos imperecederos como el flamenco, el toro o el vino. Estos días de otoño Jerez de la Frontera se la conoce mejor por el color que adoptan sus árboles de sombra en la plaza del Arenal, que es el gran salón de estar de la ciudad, punto de encuentro y encrucijada de caminos entre sus populosos barrios. En El Arenal se concentra lo que los jerezanos llaman el señorío. A su lado está el Alcázar, que es la memoria de la historia, de los tiempos en que esta ciudad fue marca y ‘frontera’ entre los reinos castellano e hispanoárabe. El Palacio de Villavicencio, que se encuentra dentro de él, acoge este otoño un programa de teatro infantil y talleres culturales. Además, en una de sus esquinas se halla la Cámara Oscura con cuyo juego de lentes en horario de día se contempla la ciudad.

En dirección a la plaza de la Encarnación aguarda la Catedral de El Salvador, una inmensa y proporcionada mole gótica con un campanario exento y situado al lado de la cabecera del templo, allí donde antes estuvo el alminar de la primitiva y desaparecida mezquita aljama.

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Se celebra hasta diciembre en Jerez el llamado Otoño Flamenco, una de las grandes citas culturales de la ciudad donde no faltan los cursos, conciertos, exposiciones, zambombadas por Navidad y actividades para todos los públicos. El Otoño Flamenco se reparte por toda la ciudad, desde actos en plazas del centro hasta espectáculos de baile en alguna de las muchas academias de la ciudad pasando por los conciertos que tienen lugar en el Teatro Villamarta, el gran coliseo de la ciudad.

Tampoco falta el flamenco en los espectáculos ecuestres que tienen lugar en la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre y en el denominado Hierro del Bocado, escenarios palaciegos situados en las cercanías del casco histórico donde se cría y se mima al caballo de pura sangre andaluza.

Pero en otoño no es aconsejable abandonar Jerez sin visitar alguna de sus muchas bodegas donde se elabora un fino de fama mundial. La vendimia terminó hace pocas semanas y los vinos en rama comienzan a envejecer en las barricas de roble. Y para terminar la triada simbólica que enaltece Jerez nada mejor que buscar unas horas para visitar alguna de las ganaderías de toros bravos ubicadas en los alrededores de la gran ciudad. Solo así acabaremos comprendiendo la grandeza de la ciudad más andaluza del sur.