Japón Milenario

No lejos de Kioto y de Osaka, las montañas de la península de Kii enlazan dos escenarios sagrados, Patrimonio de la Humanidad: la red de senderos del Kumano Kodo, por la que emperadores y campesinos llevan peregrinando más de un milenio, y el medio centenar de templos de Koyasan, el vaticano para el budismo esotérico.

Elena del Amo
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Foto: luis davilla

No han dado ni las seis cuando el monje encargado de despertar a los huéspedes toca levemente a la puerta corredera de papel de arroz. En los shukubos o monasterios con hospedería del pueblo sagrado de Koyasan no es obligatorio asistir a los rezos matutinos, aunque, llegados hasta tan lejos, es altamente recomendable a pesar de las horas. Tras abandonar la sala de tatamis que oficia de habitación, un laberinto de galerías, aún en penumbra, discurre por los recovecos del templo en el santuario donde se recibe al nuevo día con la ceremonia Otsutome. En silencio, los monjes van arrodillándose junto a un altar cargado de reliquias y ofrendas mientras a los visitantes les reservan las esquinas más discretas. Poco importa no entender nada de los sutras que irán recitando durante la hora siguiente; envueltas de velas e inciensos, sus voces hipnóticas predisponen a la meditación hasta al más descreído.

Los monasterios de esta especie de Vaticano para el budismo shingon o esotérico acogían originalmente peregrinos. Hoy, casi la mitad de los 117 que siguen abiertos por Koyasan aceptan también viajeros al uso siempre que acaten la etiqueta del lugar; nada estricta, por otra parte. Como en cualquier casa japonesa, los zapatos habrán de dejarse a la entrada de las estancias, y hasta para ir al servicio, que en los shukubos suelen contar con un onsen comunal para bañarse, habrá que cambiarse las chanclas por otras proporcionadas en exclusiva para estos menesteres. Al margen de gestos que dicta el sentido común, como vestir con modestia y respetar su paz, los horarios son la principal exigencia a tener en cuenta. Tras las liturgias del alba se concede a los huéspedes un momento para volver a su habitación, donde otro monje habrá doblado los futones antes de traerles el desayuno. Y se espera que todos se recojan sobre las cinco de la tarde para, de nuevo sobre los tatamis, a disfrutar de la cena tradicional shojin-ryori, rigurosamente vegetariana aunque opípara y primorosamente presentada sobre bandejas de laca en las que se suceden hasta el infinito cuencos de sopa, tempuras, salmueras o el esencial tofu de sésamo o goma-dofu. Incluso en algunos templos no tienen reparos en servir una Asahi o una Kirin para acompañar experiencia tan mística. Ya en la época Meiji el gobierno sentenció que los monjes podían comer carne si les era ofrecida, o casarse y tener hijos. Dado que estas normas tan poco encorsetadas siguen vigentes en nuestros días, ¡qué necesidad habría de negarle una cerveza al sediento!

La montaña mágica

Durante el resto de la jornada pueden verse pasar las horas en el jardín contemplativo de la mayoría de los shukubos o participar en las sesiones de meditación a las que invitan muchos de ellos. Y en algún momento, claro, salir a explorar la barbaridad de templos de Koyasan. En la era Edo (1603-1868), este pueblo de una sola calle de seis kilómetros llegó a sumar unos dos mil, a los que acudían en peregrinación desde simples mortales hasta emperadores y señores de la guerra. Su tradición monástica se remonta sin embargo mucho más atrás, cuando el monje Kukai, luego llamado Kobo Daishi, tras su viaje a China a comienzos del siglo IX introdujo en Japón con inmenso éxito el budismo shingon, que prometía alcanzar la iluminación no en vidas futuras sino en esta. A 800 metros de altitud, rodeado de bosques centenarios de cedros y a los pies de ocho picachos que recuerdan la forma auspiciosa de una flor de loto, halló tras mucho buscarlo el lugar idóneo para fundar este centro espiritual; desde entonces uno de los rincones más venerados del país.

Noche en el cementerio

Lo es especialmente su templo de Kongobuji, el cuartel general de esta escuela budista con conexiones al tantra y cerca de cuatro mil sedes repartidas por todo el archipiélago nipón. Impresiona la solemnidad que acotan los paneles pintados a mano de sus salones, pero más todavía el jardín de rocas de su interior; el mayor de Japón, completado hace cosa de tres décadas para conmemorar el 1.150 aniversario no de la muerte sino, como aseguran aquí, la ascensión de Kobo Daishi a su meditación eterna. Imprescindible igualmente, además de la descomunal puerta Daimon que da acceso al recinto o el complejo donde Kukai levantó su primer templo, el cementerio de Okunoin, especialmente fantasmal en las visitas que se organizan de noche cuando el tiempo acompaña y hay algún monje que chapurree el inglés para guiarlas. Entre sus cientos de miles de lápidas carcomidas por los musgos no solo se honra la memoria de célebres samurais o del propio Kobo Daishi, sino que hasta empresas como Nissan o Toyota han erigido mausoleos un tanto surrealistas para los empleados que dan la vida por la compañía. Otra prueba más de que este credo sigue en buena forma por el país del Sol naciente.

La espiritualidad de Koyasan propicia unos días de recogimiento y caminatas por sus sierras tras vérselas con la locura urbana de Osaka o el universo ancestral de las igualmente próximas Kioto y Nara. Pero puede seguirse aún más allá, ahondando en el sincretismo entre las doctrinas de Buda y el sintoismo, la religión animista original de Japón que rinde culto a la naturaleza. Inmerso en ella, del otro lado de las montañas de Kii aguarda el otro plato fuerte del Kumano Kodo; una red de senderos, a su vez Patrimonio de la Humanidad, que hilvana una tríada de santuarios a los que los peregrinos llevan más de un milenio enfilando en busca del cielo en la tierra.

El otro Camino

El Kumano es, junto al Camino de Santiago, la única ruta de peregrinación del mundo bendecida por la Unesco. Como en él, no hay una única senda para alcanzar su último objetivo. Aquí, en vez de uno son tres: el santuario sintoísta de Hayatama Taisha, en la ciudad de Shingu; el Nachi Taisha, junto a la catarata más alta de Japón, y el Hongu Taisha, el más importante de los llamados Kumano Sanzan y en el que convergen todos sus ramales. Convencidos de que sus montañas eran la morada de los dioses, llegarse hasta ellos fue en un principio privilegio de los emperadores retirados. Se les sumarían a lo largo de la época Heian aristócratas y samuráis que desde Kioto, entonces capital imperial, emprendían esta peregrinación de entonces más de un mes. Con altibajos a lo largo de la historia, el Kumano Kodo llegó a ser muy popular entre todas las clases sociales. Incluso cuando Japón se desmembró en infinidad de feudos y viajar se tornó complicado, hasta un humilde campesino tenía posibilidad de conseguir el permiso para dejar su tierra si el objetivo era purificar su alma, expiar sus culpas y, con suerte, hallar la salvación en estas colinas donde, según la tradición sintoísta, dioses, difuntos y espíritus tutelares habitan en los ríos, las cascadas y lo más puro de la naturaleza.

Tras por lo menos cuatro días de caminata entre la soledad de sus lomas, la forma más dura de alcanzar el Kumano parte precisamente de Koyasan. Con permiso de las semanas entre marzo y abril en las que florecen los sakuras, ahora en otoño, con sus bosques vestidos de todos los colores, es el mejor momento de emprender esta ruta, montañosa y exigente, que en otros tiempos transitaban los monjes siguiendo un severo régimen espiritual. Pero ni siquiera en la temporada alta del verano son demasiados los que se atreven con ella. Tanto los alojamientos como la señalización que no esté en japonés brillan por su ausencia, de ahí que sean muy escasos los extranjeros. También podría optarse por otro puñado de rutas como la Ohechi, que discurre ante el Pacífico, o la Iseji, que avanza por el Este entre arrozales y bosques de bambú. Pero la Nakahechi, la preferida antaño por la familia imperial, es la más popular y mejor conservada. Algo así como el Camino Francés, pero con las diferencias que implican los 10.000 kilómetros, físicos y emocionales, que la separan de Santiago.

luis davilla

Bosques entre la bruma

Aunque sin riadas humanas ni grandes ciudades que le resten protagonismo a la naturaleza, a su vera no faltan transportes que se ofrecen a acarrear de un punto a otro las mochilas de los peregrinos, pequeños restaurantes en los que reponer fuerzas y casas de huéspedes u hoteles, incluidos los tradicionales ryokan en los que desplegar los futones a la noche y destensar los músculos en los onsen de agua termal al aire libre. Lo ponen también fácil los autobuses que enlazan los santuarios para quienes solo quieren caminar por los tramos más espectaculares de sus alrededores. Porque si para lograr la Compostela toca haber culminado a pie o a caballo los como mínimo últimos 100 kilómetros a la ciudad del apóstol, las exigencias oficiales del Camino japonés son más llevaderas. Bastaría con visitar los santuarios y cubrir, ya sí caminando, las aproximadamente tres horas que, entre los huertos del Japón rural, avanzan hasta el Hongu Taisha desde Hosshinmon-oji, uno de los mil y un altares a dioses menores que, a rebosar de ofrendas, bordean las veredas guiando a los peregrinos. Pero como en la Ruta Jacobea, también en el Kumano Kodo lo de menos es llegar. Al margen de cualquier religión, tiene mucho más calado el encuentro con uno mismo que propicia la mística de sus bosques entre la bruma, las monumentales puertas torii que, con sus geometrías matemáticas, demarcan en rojo vivo las lindes entre lo profano y lo sacro, o, de coincidir con ellos, los festivales de fuego que salpican el calendario de sus templos y aldeas. 

luis davilla

Por la encantadora de Yunomine Onsen, entre casitas de madera adornadas de bonsais y árboles de ume sigue funcionando una de las muchas pozas termales donde, desde hace siglos, los peregrinos se purifican en cuerpo y alma antes de acceder a los santuarios. En sus aguas, ricos y pobres se desprendían de las ropas gastadas del Camino para vestirse con sus mejores galas; tan parecidas a las que hoy, con ese afán de los japoneses por disfrazarse, se alquilan a la entrada de cada recinto. Ataviadas en kimonos de colores, las peregrinas se dirían una postal de la época Heian de no ser por el palo selfie que las delata. Y una vez dentro de los tres Kumano Sanzan el ritual se repite una y otra vez ante cada templete: se lanza una moneda y tocan bien fuerte la campana frente al altar para llamar la atención del kami o espíritu sagrado que lo habita. Le seguirán dos reverencias, tan ceremoniosamente niponas, y dos palmadas más para, tras pedir protección, salud o el deseo más íntimo, volver a inclinarse con sentido respeto.

De vieiras y cuervos

Peregrino dual es como se ha bautizado a los que logran la Compostela, cubriendo al menos los últimos cien kilómetros del Camino de Santiago, y visitan los tres grandes santuarios del Kumano tras pasear un mínimo por sus alrededores. Al igual que en la Ruta Jacobea, también por estos senderos del Japón rural van asomando establecimientos y templetes en mitad de la nada donde sellar la credencial. En el centro de información de Tanabe se puede conseguir una especial con, unidos, el símbolo de la vieira y el cuervo negro de tres patas que representa al Kumano. Los españoles, por detrás de japoneses, americanos y australianos, son la cuarta nacionalidad en haber culminado estas rutas de peregrinación hermanas, las únicas del mundo declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Atunes como torpedos

No solo de espiritualidad vive el peregrino. Prueba de ello es la visita a primera hora, brutal y absolutamente potente, al puerto pesquero de Nachi Katsuura, en las inmediaciones del santuario de Kumano Nachi Taisha. Salvo los sábados, cada mañana al alba se celebra una subasta con poco que envidiar a la del mercado Tsukiji de Tokio, con cientos de atunes desperdigados por los suelos, rígidos como torpedos, listos para servir a los restaurantes de la ciudad el sushi más fresco y barato que se pueda concebir. El acceso a este mercado de pescado es gratuito, aunque, para no perderse detalle de la subasta, por unos pocos yenes se puede reservar un puesto en primera fila a través de la Oficina de Turismo. El gasto merece la pena.