La Isla de Pascua, el mundo perdido de Rapa Nui

A desmano de cualquier lugar y sin la menor influencia externa, los antiguos rapanui alumbraron una cultura única que sembró con casi un millar de moai las ondulaciones de su isla. De bandera chilena y alma polinésica, no habrá que esperar de ella una Polinesia al uso sino una tierra dura donde las cosas funcionan con una lógica propia y con una energía capaz de estremecer al más descreído.

Elena Del Amo
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Foto: Luis Davilla

A menudo se viaja para encontrar respuestas; otras veces, para volverse a casa con más dudas. Es el caso de esta mota de lava a 3.700 kilómetros de Valparaíso y alguno más de Tahití. En Pascua, si de algo hay que olvidarse, es de las certezas. Las teorías que arman y desarman los porqués de su pasado se contradicen cada vez que un grupo de investigadores aparece por este punto perdido del Pacífico tratando de desentrañar sus enigmas. ¿Cómo pudieron los antiguos polinesios navegar hasta una isla tan remota? ¿Con qué medios auparon sus cerca de mil moai, de una media de cinco metros de alto y otras tantas toneladas de toba volcánica? O la pregunta del millón: ¿qué pudo provocar el colapso de una cultura tan sofisticada capaz de concebir semejantes estatuas? Entre lo científico y lo esotérico, respuestas hay de todos los colores. Evidencias absolutas, ya alguna menos.

Como para dar alas a especulaciones de gurús de lo paranormal como el suizo Erich von Däniken –en uno de cuyos best sellers asegura que fueron extraterrestres quienes proporcionaron a los isleños las herramientas para construir sus moai–, incluso las hechuras de Pascua se dirían una fórmula cabalística. Y es que sus geografías modeladas por las erupciones dibujan un triángulo casi perfecto, con un gran cono volcánico coronando cada esquina, y situado a su vez a un extremo de la desmesura acuática del Triángulo Polinésico, cuyos otros vértices acotan Nueva Zelanda y Hawái.

Chilena desde 1888, la isla habitada más alejada de cualquier continente arrastra el sambenito de haber protagonizado el quizá primer ecocidio de la historia. Durante mucho tiempo se sostuvo casi sin fisuras que sus habitantes arruinaron el medio ambiente talando árboles para abrir zonas de cultivo y hasta para rodar de alguna manera tal barbaridad de tótems rituales desde la cantera donde se tallaban hasta sus emplazamientos definitivos.

Desaparecidos los bosques que aquellos increíbles navegantes al parecer encontraron al llegar a Pascua –en algún momento entre el siglo V y el XIII, según distintos estudios–, su fértil suelo volcánico se erosionó y hasta faltó la madera para fabricar piraguas en condiciones con las que salir a pescar. Hoy, sin embargo, aunque nadie termina de ponerse de acuerdo, otras voces exculpan a aquellos indígenas achacando el fin del universo rapanui a un aumento insostenible de la población, a su aislamiento extremo o a las razias esclavistas y las enfermedades traídas por los europeos. Quién sabe si, en mayor o menor grado, no fuera una combinación letal de todo ello.

De Rapa Nui a Pascua

Los pascuenses hoy prefieren referirse a esta isla que apenas dobla el tamaño de Formentera como Rapa Nui; Rapa “grande”, en lengua local. Sus antepasados iban más allá llamándola Te-pito-o-te-henua, “el ombligo del mundo”. Solos en mitad del océano y huidos según la tradición oral del hundimiento de la mítica tierra de Hiva, ¡quién podría culparles por haberse creído durante siglos los únicos habitantes del planeta!

Lo de Pascua fue cosa del holandés Jakob Roggeveen, quien se topó con ella el domingo de Resurrección de 1722, y así quedó rebautizada en los mapas. Menos éxito tuvo el topónimo de San Carlos –por nuestro Carlos III–, adjudicado cinco décadas después por Felipe González de Haedo. Aunque el nombre no triunfara, la expedición capitaneada por este cántabro de Santoña logró cartografiarla por primera vez con gran detalle y le regaló al mundo valiosísimas descripciones de aquellos amistosos y primitivos seres, tatuados algunos de pies a cabeza, que cultivaban taro, camote y caña y les aprovisionaron gentilmente de plátanos y gallinas.

Al igual que sigue ocurriendo, también a estos marinos les fascinó que aquellas gentes, sin animales de tiro ni más útiles que la piedra, hubieran podido erigir esos moai que, alineados sobre la costa, desde la distancia de sus naves habían confundido con árboles gigantescos. En sus diarios de a bordo anotaron que la mayoría de cuantos vieron permanecían elevados sobre plataformas funerarias de piedra conocidas como ahu.

Luis Davilla

En los del capitán Cook, de solo unos años después, se lee, por contra, que muchos yacían por los suelos, fruto probablemente de las luchas entre sus clanes por la escasez de alimento o derribados tras haber perdido la fe en su poder protector. A pesar de que nadie ha sabido tampoco fecharlo con exactitud, se suele dar por bueno que el comienzo de la decadencia y las revueltas fue anterior al contacto con los europeos.

Muchos de estos moai construidos en el cénit de su cultura han vuelto a enderezarse. Junto a tanto misterio, despachan el aliciente número uno de esta isla de paisajes desolados y sensación, más que de ombligo, de fin del mundo. Y tan intensa que no es fácil de procesar.
La única villa de sus apenas 180 kilómetros cuadrados, Hanga Roa, concentra casi toda su población, de cerca de 3.000 nativos rara vez puros y ya alguno más llegado “del conti”, como también le dicen a lo que se ven obligados a importar desde el Chile continental, que es casi todo. Esta cantidad de autóctonos parece una nadería comparada con los 15.000 que pudo sumar la isla en sus mejores días; sin embargo, es poco menos que un milagro teniendo en cuenta que estuvieron muy próximos a extinguirse.

Tras la prohibición de importar esclavos de África, los traficantes miraron hacia el Pacífico, cebándose con esta isla mínima de la que debieron llevarse unas dos mil almas. La viruela que trajeron los pocos que regresaron provocó una epidemia que terminó de diezmar la población. Junto a los jóvenes, capturaron también al último rey y a los sabios que, amén de conocer mejor que nadie la historia de su pueblo, todavía sabían leer las tablillas de escritura jeroglífica rongo-rongo.

Dado que nadie ha sido capaz de descifrarlas, con aquellas expediciones esclavistas, además de tantas vidas, se perdieron para siempre las claves de esta cultura única. En 1877 solo quedaban 111 rapanui en Pascua. Sobre su memoria, con ayuda de la arqueología, se ha reconstruido la sociedad que ha llegado hasta nuestros días.

Complejos ceremoniales

Quedaron, eso sí, la lengua, los cantos y las leyendas, amén del talento de los isleños para interpretar señales a través de los sueños o costumbres como la de encenderles fuegos a los espíritus –los aku-aku– en señal de agradecimiento y de respeto. Todo un mundo de mística que se personifica especialmente en el porte severo de sus moai. Se asegura que no eran dioses sino la representación de miembros ilustres de las aldeas que, al morir, se mandaba tallar a los canteros para que su alma siguiera velando por sus vecinos. De ahí que casi ninguno mire al mar sino que lo hacen hacia los pueblos, ahora medio desaparecidos o cubiertos por la maleza, en los que habían vivido.

Luis Davilla

No hay que alejarse de Hanga Roa para pasmarse ante los primeros moai. Apenas a quince minutos de paseo despunta el centro ceremonial de Tahai, cuyos atardeceres, con el sol poniéndose tras el puñado de figuras sobre uno de sus ahu, presumen de ser los más despampanantes de la isla.

En su otra punta, la cantera del volcán Rano Raraku, ese taller a cielo abierto donde estos gigantes se labraban de una sola pieza, es otra de las visitas más emocionantes. Por ella, como si el trabajo se hubiera interrumpido de improviso, se desperdigan varios cientos de moai caídos o a medio hacer que no llegaron a los altares a los que estaban destinados. También extinguido, el descomunal cráter del Rano Kau alberga en su interior una laguna de agua dulce que fue esencial para esta isla sin ríos.

Imprescindible adentrarse por sus senderos hasta el mirador principal, buscándole los mejores ángulos a su inmensa caldera, para proseguir hasta la aldea arqueológica de Orongo, donde al perder la fe en el poder de sus moai los clanes empezaron a reunirse una vez al año para elegir a su próximo líder con la competición a vida o muerte del hombre-pájaro.

Conjunto de petroglifos

Hay tantas rutas a emprender, caminando, a caballo, en bici o todoterreno, que menos de cuatro o cinco días no le harían justicia al Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad, que ocupa media Isla de Pascua. Petroglifos labrados en la roca, como los de Papa Vaka o la propia Orongo, se suman a la infinidad de viviendas en ruinas y moai vencidos que afloran por conjuntos sin restaurar como los de Ahu Akahanga, Vaihu o Ahu Tepeu.

Con sus cabezas derribadas en ocasiones boca abajo, vuelven a sugerir guerras y batallas donde se humillaba al enemigo y se le despojaba de la tutela de sus ancestros. O quizá que dejaron de creer en la capacidad de su mana o energía espiritual para librarles del hambre cuando su sociedad, tan bien organizada por jerarquías y oficios, empezó a hacer agua y a venirse abajo. Desportillados y cada vez más erosionados por los vientos que se gasta Pascua, se dejan admirar en su decadencia muchas veces a solas, mientras que los más lozanos, puestos de nuevo en pie, nadie se los pierde.

Tierra adentro –ya que también se levantaban moai por las aldeas del interior dedicadas a la agricultura–, se llevan la palma las siete uniformes estatuas de la fenomenal plataforma de Ahu Akivi, o, ya en la costa, las quince qu epermenecen en pie del todavía más impresionante Ahu Tongariki, en hilera perfecta con sus distintas alturas y sus distintos rasgos, una de ellas tocada por el pukao de escoria cobriza que coronaba algunos moai.

Buenas playas, sin embargo, solo hay dos: la de Ovahe, con sus arenas rosadas entre un roquerío de acantilados rojos, y la más famosa y grande de Anakena, a cuya vera los moai de Ahu Nau Nau marcan el lugar al que, siguiendo al rey Hotu Matu’a, llegaron probablemente de las Marquesas las primeras canoas que poblaron Rapa Nui.

Luis Davilla

Con sus aguas turquesa y sus hilvanes de palmeras, Anakena responde, aquí sí, a la postal polinesia que algún despistado viene a buscar desde la otra punta del mundo. A ellos quizá les decepcione la belleza desprovista y esencial de esta isla. A los coleccionistas de leyendas que hayan buceado en sus misterios, les bastará quedarse a solas ante el más humilde de sus colosos para sentirse un afortunado entre los relativamente pocos mortales que alcanzan hasta este punto perdido del Pacífico Sur que no podría quedar más a desmano.

El reto del hombre-pájaro

El destino de Rapa Nui, la súper producción con alguna licencia histórica que casi arruina al aquí productor Kevin Costner, se decide durante la competición del hombre-pájaro. Cuando la isla dejó de confiar en la protección de sus moai, se impuso este otro culto, con epicentro en la aldea ceremonial de Orongo, que cambió el orden social de la isla.

A la llegada de la primavera, los mejores guerreros de los distintos clanes se desprendían desde los acantilados de vértigo del Rano Kau para lanzarse sobre una tabla de juncos al océano y alcanzar uno de sus motus o islotes desiertos. Guarecidos en sus cuevas, aguardarían cuanto hiciera falta hasta que alguno encontrara el primer huevo de manutara, el gaviotín pascuense.

Con él atado a la cabeza regresaría para entregárselo a su jefe, que a partir de entonces lo sería de toda la isla durante un año. La irrupción de los misioneros, a mediados del XIX, también acabó con esta seña de identidad rapanui cuyos rastros pueden buscarse en los petroglifos de Orongo y, en febrero, en algunas de las pruebas del Tapati, el festival cultural y deportivo más sonado de la isla.