Invierno en el cabo de Gata

Con una exclusiva luz, un mar cristalino, una tierra volcánica y 63 kilómetros de franja costera mediterránea, Almería está aún por explorar. El cabo de Gata conmemora su trigésimo cumpleaños como Parque Natural y su veinte aniversario como Reserva de la Biosfera. Un lugar idílico para disfrutar del invierno al Sol.

Con una exclusiva luz
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Foto: Irene González

Desde sus idílicas playas partieron sultanes cargados de riquezas, aquí se inspiró García Lorca para Bodas de Sangre y ha sido escenario de afamadas películas. El cabo de Gata conmemora su trigésimo cumpleaños como Parque Natural y su veinte aniversario como Reserva de la Biosfera. Delimitada por bellos acantilados, recorremos esta sierra volcánica entre pueblecitos de pescadores, fondos marinos, calas vírgenes y salinas. Este Parque Natural es único por los ecosistemas desérticos de su interior y por sus espectaculares playas, las más al sur de Europa. Este paraíso, que cuenta con el mayor número de horas de sol de la Península, es uno de los mejor conservados del Viejo Continente, y aquí el invierno no existe. Esta tierra de película ha sido escenario de Lawrence de Arabia, El Cid, Rey de Reyes, Cleopatra, En busca del Arca Perdida, Patton, Conan el Bárbaro, Nunca digas nunca jamás, Indiana Jones y la última cruzada y, la más reciente, Toro, de Kike Maillo. Además de, por supuesto, los célebres spaguetti western de indios y vaqueros.

A menos de treinta kilómetros de Almería capital están San Miguel del Cabo de Gata, pueblo pesquero por tradición, y Almadraba de Monteleva, llamada Las Salinas por los ricos saladares que al desecarse resplandecen sobre las casas encaladas. En Las Salinas hay dos observatorios ornitológicos para disfrutar del inmenso humedal, hábitat ideal para cientos de flamencos rosados, ánades reales y garzas, entre otras espacies que anidan o migran. Pasados los miradores está la pequeña Iglesia de Las Salinas en el núcleo urbano construido para que vivieran los trabajadores de la sal. Hacia el oriente, una sinuosa carretera llega hasta la Colina de las Ágatas, llamada así por su abundante cuarzo, donde está el Faro del Cabo de Gata. Este icono fue construido en 1863 sobre el castillo de San Francisco de Paula. A sus pies está el Arrecife de las Sirenas, resto de una antigua chimenea volcánica, donde hasta mediados del XX vivía una colonia de focas monje que emitían un singular sonido que los pescadores confundían con el canto de las sirenas.

El Pozo de los Frailes, cabo de Gata. | Irene González

Retomamos la carretera AL-3115 para enlazar con la AL-3108 y llegar al Pozo de los Frailes, que, con apenas quinientos habitantes, sigue viviendo de la agricultura. A finales del XVIII estaba formado por cortijadas cercanas a la costa que regaban sus huertas gracias a la gran noria comunal nazarí que funcionó hasta 1983. En los alrededores del Pozo de los Frailes, sobre los cerros de origen volcánico, están diseminados cortijos con su arquitectura típica, huertas y campos de cultivo.

En menos de cuatro kilómetros se llega a San José, que nació alrededor de su castillo defensivo contra piratas berberiscos, donde se agrupaban en casas cueva los primeros habitantes. San José rezuma un sosiego contagioso. Es un apacible pueblo de pescadores que hay que recorrer con calma. Subiendo hacia la Calilla hay pequeñas casas con acceso a la playa, entre las que, mirando al mar, se encuentra su iglesia, casi una ermita de pescadores. Siguiendo por la Calilla se llega hasta la punta donde antes estaba el castillo, y hoy, a treinta metros sobre el nivel del mar, está el cuartel de la Benemérita. En el extremo opuesto, el coqueto puerto deportivo ofrece restaurantes con agradables terrazas. Dos de las mejores playas del Parque Natural están en San José. La de Los Genoveses, la más cercana al centro, es de arena fina y está custodiada por un vergel de pitas y chumberas. Se llega a ella paseando entre acantilados. Pasada Los Genoveses se encuentra Mónsul, escoltada por una piedra descomunal que surge de mitad de la mar. Apartada y solitaria, es idílica en invierno, cuando se realzan sus coladas volcánicas y sus dunas doradas. Caminar tierra adentro es hacerlo entre chumberas, palmitos, aljibes y el antiguo molino de viento que perteneció a José González Montoya, propietario de casi toda la zona y que, gracias a su visión ecológica, hoy hasta donde alcanza la vista no se ven edificios de altura.

San José, cabo de Gata. | Irene González

La Isleta del Moro

Desde San José volvemos hacia el Pozo de los Frailes y por la ALP-826 se llega a la Isleta del Moro. Pero antes, en un desvío a la derecha, se alcanza Los Escullos y su magnífica duna fósil sobre la que se yergue la Batería de San Felipe, conjunto defensivo construido sobre el acantilado por Carlos III para formar parte de las nueve fortalezas que protegían las costas del Reino de Granada. Desde este fuerte militar, donde solo vivieron veinte soldados, tres cabos y un oficial, se aprecian una de las mejores vistas del litoral del Parque. Retomando la carretera se llega a la Isleta del Moro, uno de los mejores lugares para contemplar las puestas de sol del Cabo. La Isleta del Moro es un pueblo marinero ubicado en una cala que lo protege de los vientos. Se cree que su nombre procede del enorme islote situado junto a la costa, que al parecer era frecuentado por piratas africanos. Hace siglos este pueblo de pescadores abastecía a toda la zona de los manjares de la mar. Hoy ofrecen un insuperable pescado y deliciosos arroces. Al salir de la Isleta camino de Rodalquilar, apenas cinco kilómetros al Este, es obligado desviarse hacia La Loma, desde donde se alcanza una vista soberbia.

La Isleta del Moro, cabo de Gata. | Irene González

El pequeño y tranquilo pueblo de casas blancas de Rodalquilar está enclavado en una estrecha caldera volcánica en forma de anfiteatro con salida al mar. Sus sosegadas calles son una delicia para el paseo. Por aquí pasaron fenicios, árabes, piratas, buscadores de oro y estrellas de cine. De camino al Playazo, la playa de Rodalquilar, está la Torre de los Alumbres, construida en 1510 para defender las minas de los piratas. Sobre un acantilado de El Playazo se eleva el castillo de San Ramón, protector de esta codiciada costa y que hoy es propiedad privada. En el núcleo urbano es imprescindible visitar el Jardín Botánico El Albardinar. Y muy interesante La Casa de los Volcanes, un paseo por la geología, y sus famosas minas de oro. Continuando el camino del gran yacimiento se llega al poblado minero de San Diego, donde vivieron los mineros desde 1919 hasta el estallido de la Guerra Civil. Siguiendo la pista de tierra sumergida en un paisaje lunar se llega a la pedanía de Los Albaricoques, donde está el famoso y abandonado cortijo de El Fraile, construido en el XVIII por los frailes del convento de Santo Domingo. En este paraje tuvo lugar una tragedia pasional que plasmó la periodista y escritora rodalquileña Carmen de Burgos Colombine en Puñal de Claveles y que más tarde alcanzó fama universal con las Bodas de Sangre de García Lorca.

Las Negras

Del cortijo de los Frailes por la AL-3106, y pasando por El Hornillo, Fernán Pérez y Las Hortichuelas, se llega a Las Negras, uno de los más bellos parajes construidos de cara al mar. Las Negras es blanco y azul, un pueblo marinero que empezó a despuntar en los años 60, porque antes solo había almacenes para guardar esparto. Cuentan que Las Negras se fundó después del naufragio de unos pescadores. Sus mujeres llegaron aquí para crear un asentamiento que los lugareños llamaron Las Negras por el luto de las viudas. Aunque otra leyenda señala que su nombre proviene de dos muchachas africanas que servían en El Cortijo Viejo. Las barcas varadas, sus grandes guijarros negros y su agua cristalina confieren un encanto especial a su playa urbana. La armonía es la clave de este pueblo marinero que goza de las más hermosas puestas de sol.

Más al Este se encuentra la antigua Al Hawan, que significa localización de agua. A través de una carretera cuajada de pitas, chumberas y palmeras surge Agua Amarga. Con sus casitas bajas encaladas y plazoletas llenas de encanto, este vergel tiene encandilada a la realeza europea por la discreción que ofrece su orografía. Agua Amarga tiene la elegancia de la sencillez, con selectas calles rodeadas de huertas, colinas salpicadas de magníficas villas, calas, acantilados y su dorada playa urbana. Además, está rodeada de playas casi vírgenes como la Cala de Enmedio, que a un kilómetro hacia el sur hechiza por su brillante arena y sus nacaradas rocas. Para disfrutar de una de las mejores vistas de Agua Amarga hay que subir a la Mesa Roldán, el montículo volcánico que surgió del mar hace millones de años, y donde se alzan el faro, construido en 1863, y los restos de su torre vigía. De nuevo hacia el Este y en pocos kilómetros se alcanza la Punta de los Muertos, mágica por su espléndido paisaje costero cuajado de montañas y acantilados. Su nombre viene de las muchas tragedias de naufragios que traía el mar. Desde el mirador se aprecia la fascinante playa y el portentoso islote. El paisaje volcánico contrasta con la arena blanca de una de las más extensas playas del Parque Natural, la Playa de los Muertos. Aislada y de agua turquesa, es, sin duda, una de las playas más bellas donde disfrutar del sol en invierno.