Hamburgo, la ciudad de los hipsters

La metrópoli alemana que vio nacer a Angela Merkel esconde bajo su orgullo portuario y su bello entramado histórico una personalidad única.

Noelia Ferreiro
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Moderna, cultureta, dicen que un poco altiva, la dama del norte alemán es una de las ciudades más dinámicas e innovadoras de Europa. También una de las más verdes, amante de los espacios abiertos y sibarita impenitente. Una ciudad que esconde, bajo su orgullo hanseático y su buen ojo para el business, una vena desenfrenada y canalla que la convierte en irresistible.

Hamburgo, que durante muchos años se autodefinió como La Puerta al Mundo, sí es, de hecho, la entrada marítima de Alemania. Y ello se debe a lo que constituye su alma: el puerto sobre el río Elba –el segundo mayor de Europa- en el que atracan barcos procedentes de todo el planeta. Él es el responsable del perfil moderno de la ciudad y de su elegancia marinera: los contenedores gigantes, los museos dedicados a la gloria mercantil y los agradables paseos por la orilla con bancos donde sentarse a contemplar el trasiego. Pero también de la mentalidad abierta y cosmopolita que distingue a su población, acostumbrada al trasvase de culturas que se filtra por las fronteras.

Devastado por el gran incendio de 1842 y, más tarde, por las bombas de la II Guerra Mundial, el casco viejo de la ciudad precisó una reconstrucción larga que compensara tanta injuria. Una reafirmación de poder que logró con el Ayuntamiento (Rathaus), coronado por 20 estatuas del Káiser, y con el esplendor barroco de las calles circundantes, incluida la iglesia-faro Sankt Michaelis y los bulevares de Mönckebergstraße, Spitalerstraße y Neue Wall.

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Así quedó de estupendo el centro histórico, recostado sobre el lago Alster. Porque Hamburgo, no lo hemos dicho, también es una ciudad acuática por excelencia. Hasta goza de una suerte de Venecia postindustrial en lo que históricamente fueron los almacenes: la Speicherstadt, compuesta de canales y torreones de gótico báltico, de fachadas de ladrillo guillermino sobre retorcidos callejones. Declarado el pasado año Patrimonio de la Humanidad, este encantador rincón donde aún se amontona café, té, tabaco, alfombras orientales (y ahora también, ordenadores y tabletas), ver brotar hoy los cafés y los restaurantes. Y también algunas atracciones tan variopintas como el Miniatur Wunderland, un museo con 1.300 m2 de maquetas para adultos con complejo de Peter Pan.

Pero lo que otorga a esta ciudad un carácter único es el incombustible borboteo de sus barrios alternativos. Es en ellos donde demuestra estar adscrita, definitivamente, al catecismo de lo hispter. Empezando por Sankt Pauli, carnal y pecaminoso, que no sólo pone la nota de color sino también la alegría de su equipo de fútbol, esa versión alemana del Rayo Vallecano, perdedor y marrullero, la viva imagen del que fuera el barrio de la ebriedad marinera. También aquí, especialmente en la calle Reeperbahn, dejaron su estela los Beatles, que llegaron a tocar hasta 93 noches sin descanso cuando aún eran unos desconocidos. Ya lo dijo John Lennon: “crecí en Liverpool, pero maduré en Hamburgo”.

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Karoline Quarter, a pocos pasos del centro, es el hogar de artistas, bohemios, graffiteros y cantantes de hip-hop, que conviven apaciblemente en medio de huertos urbanos, bicicletas y tiendas de discos y ropa de segunda mano. Su barrio vecino, Schanzen, está más orientado al ocio: bares, terrazas y su cuota de restaurantes multiculturales lo convierten en el emplazamiento ideal para quienes buscan animación.

Muy distinto es HafenCity, cargado de proyección futurista. Edificios ultramodernos proyectados por arquitectos de renombre, parques, plazas y paseos, todo flamante sobre las aguas del Elba y a sólo un paso del puerto. Se trata del mayor proyecto urbanístico del norte de Europa, rematado por la Filarmónica de Herzog & de Meuron, que es el gran hito urbanístico de la ciudad.