Formentera, azul objeto de deseo

La isla con las aguas más cristalinas del país es un paraíso a la vuelta de la esquina, uno de los rincones más tentadores del Mediterráneo.

Noelia Ferreiro
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Julio Verne halló en estos parajes inspiración para sus famosas crónicas viajeras; Bob Dylan, Jimi Hendrix y Eric Clapton no tardaron en declararle su amor; y Paz Vega a lomos de un escúter elevó a la categoría de santuario el faro del Cap de Babaria. Algo tiene la menor de las Pitiusas para despertar tantas pasiones terrenales, para perfilarse como el más codiciado tesoro para los corsarios de antaño; para convertirse en aquel oasis libertino donde los hippies pusieron a prueba su doctrina nudista de paz y amor.

Puede que sea el mar el que convierte a Formentera en el más tentador objeto de deseo. Un mar que concentra todas las gradaciones del azul al abrigo de una arena blanca y fina, que exhibe una transparencia imposible, que se muestra, durante todo el año, cálido y en calma. Un mar que debe a sus fondos su secreto: esa pradera de posidonia (la más grande del Mediterráneo, declarada Patrimonio de la Humanidad) que actúa como una depuradora natural y cuya peculiar fotosíntesis propicia esas coloraciones.

Playa de Els Pujols, Formentera. | iStock

Las playas de Formentera, ya se sabe, se cuelan entre las mejores del planeta, precisamente por estas tonalidades turquesas, pero también por la ausencia de construcciones y por el estado de conservación casi salvaje de sus arenales. Especialmente Ses Illetes, elegida varios años como la mejor de Europa y la séptima a nivel mundial. Otras como Migjorn, Levante, Es Pujols, Cala Saona… resultan menos famosas pero no por ello menos mágicas. En todas, el chapuzón es simplemente perfecto.

Pero esta isla que ha sobrevivido milagrosamente a la especulación desmedida, y que a duras penas sobrevive cada verano a las oleadas de turistas y de yates, es mucho más que su litoral salvaje. Un minúsculo territorio que despliega su encanto también en el interior con pintorescas poblaciones, faros y molinos, lagos y salinas, grutas ocultas y frondosos bosques de sabinas y pinos que serpentean entre dunas y rocas.

Formentera puede recorrerse en coche en una sola mañana, aunque es a pie o a ritmo de pedaleo el modo más respetuoso de abordarla. Y también la manera más genuina de apreciarla. Perderse sin prisa por senderos ocultos, acceder a rincones imperceptibles desde la carretera y visitar el patrimonio cultural disperso por las aldeas. Para ello existen 32 Circuitos Verdes debidamente señalizados, que suman más de 100 kilómetros de interés natural.

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Sólo así se descubren sus rostros más auténticos. Por ejemplo el de sus faros emblemáticos, y no sólo el de Lucía y el sexo, en el punto situado más al sur, sino además el de La Mola, en el extremo oeste, con acantilados de 200 metros y vistas que parecen irreales. También el de sus animados mercadillos estivales, que reseñan un estilo de vida alternativo: el amor al trabajo realizado con las propias manos, libre de la industrialización, con bonitos artículos de artesanía pitiusa: cestas, espardenyes, cerámica, cristal, cuero…

Perderse por los recovecos de Formentera, tratando de escapar a lo más trillado, permite contemplar higueras que crecen en horizontal con las ramas apuntaladas, torres de defensa de la época de los piratas, antiguos molinos de viento y, en las salinas, ocultas entre juncos y cañas, aves como ánades, flamencos o garzas reales. E incluso, si hay suerte, quizás sea posible descubrir alguna lagartija azul, el reptil endémico de las Pitiusas que es el símbolo de Formentera.

Luego está también su gastronomía, pura representación de la dieta mediterránea, que tiene en el peix sec su producto crucial. Un pescado que, desde tiempo inmemorial, se seca artesanalmente con procesos naturales, y con el que se elabora el plato formenterense más típico: la ensalada payesa, que lo combina con pimiento rojo y verde, cebolla, patata, tomate y biscuit, un pan duro especial al que se baña en aceite de oliva. ¿Puede haber algo más apetecible?...