Filadelfia, la primera ciudad made in USA

Fue la primera gran ciudad norteamericana. Donde se inventaron los EE UU, donde se firmó la Declaración de Independencia en 1776 y se aprobó la Constitución en 1787. Y desde hace un año es la primera ciudad del país declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

David Granda
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Foto: Gonzalo Azumendi

En Filadelfia se inventaron los Estados Unidos. Aquí se aprobó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776 y las trece colonias de América del Norte se emanciparon unilateralmente de la Corona inglesa. Nada más firmarse en el edificio de ladrillo del Pennsylvania State House (hoy Independence Hall) tañó la Campana de la Libertad (hoy en el espacio de exposiciones del Liberty Bell Center). Por eso es una ciudad con tanta historia, pese a que EE UU es una nación joven. Por eso se pueden encontrar el primer zoológico del país, el primer hospital, el primer banco, el primer museo, la primera universidad, la primera oficina de Correos... La ciudad, fundada en 1682 por el cuáquero inglés William Penn y capital entre 1790 y 1800, fue en el siglo XVIII la segunda urbe más importante en el mundo de habla inglesa tras Londres y la primera del Nuevo Continente. Pero, aparte de historia, ¿qué se puede encontrar hoy en Filadelfia?

El museo y el boxeador

Filadelfia cuenta con el único museo del mundo donde la gente quiere entrar siempre corriendo. Y eso que hay escaleras. En la puerta del Philadelphia Museum of Art se rodó la mítica secuencia en la que Rocky Balboa termina su carrera al ritmo de Gonna Fly Now y alza los brazos como un campeón. Las escaleras ya están bautizadas con su nombre (Rocky Steps) y son todo un espectáculo. La secuencia se repite cada día desde 1976 con los personajes más dispares. Hubo un tiempo en que donde hoy están grabadas las huellas de las converse del boxeador reinaba una estatua de Rocky, pero hoy la efigie ocupa ya un lugar más discreto en un flanco de las escaleras, a pie de calle. El museo cumple 140 años (eso en Estados Unidos son muchos años) con un fondo exuberante de varios cientos de miles de obras que atesora firmas de Picasso, Matisse y Chagall y abarca desde arte asiático hasta la colección de obras de Duchamp más importante del mundo. En Europa miran con mucha envidia sus colecciones de Van Gogh y de Cy Twombly.

La colección del señor Barnes

Si antes se encontraba en las afueras de la ciudad, la Barnes Foundation presume ahora de su ubicación privilegiada en la otra punta del bulevar Benjamin Franklin Parkway, inspirado en los Campos Elíseos de París. La Barnes Foundation exhibe la descomunal colección privada de arte de Albert C. Barnes (Filadelfia,1872-1951), sin duda una de las más importantes del mundo. Lo hace tal y como dijo el señor Barnes que se hiciera, en el mismo orden, misma posición, sin información añadida junto a los Renoir, Cézanne, Van Gogh, Matisse, Modigliani y Picasso para que las obras maestras lleguen sin ruido al visitante. Sus famosas series de obras de arte impresionista y postimpresionista y moderno se muestran con un horror vacui vertiginoso: los salones exhiben un número abrumador de óleos por centímetro cuadrado. En cada pared cuelgan docenas de cuadros. El centro en sí es una obra de arte en la que trabajó Matisse.

A la vocación coleccionista del señor Barnes se le sumó su deseo de estimular la mirada, de influir en la manera de ver el arte del visitante. Todo está tan controlado –nada de fotos, por supuesto– que cuando saco un bolígrafo para tomar notas, me lo requisan y me lo cambian por un lapicero minúsculo de punta roma (al fotógrafo de VIAJAR, con un permiso en exclusiva de veinte minutos, le persigue una celadora y entre ambos parecen jugar una partida de ajedrez a escala humana en un damero ficticio). Para abrochar la milla de oro del arte en Filadelfia hay que terminar en el Rodin Museum, vecino de la Barnes Foundation y que exhibe la mayor colección del artista fuera de París, incluido uno de los modelos de El pensador, Victor Hugo y Las puertas del infierno.

El mejor conservatorio rechazó a la mejor intérprete

El Curtis Institute of Philadelphia es uno de los conservatorios más prestigiosos del país. Aquí nos interesa porque cada semana ofrece una agenda de conciertos de música clásica de entrada libre que muy pocos viajeros conocen. Se encuentra en Rittenhouse Square, en lo que una vez fueron cuatro mansiones construidas a finales del siglo XIX. Tras una puerta casi escondida en el salón principal del Curtis Institute se accede a un pequeño auditorio de 240 butacas. Por ese escenario han pasado Leonard Bernstein, Hilary Hahn, Lang Lang... Los intérpretes son los 174 alumnos de 20 nacionalidades distintas que se preparan para formar parte de La Scala, Covent Garden, Metropolitan Opera, San Francisco Opera, Vienna Staatsoper... A Nina Simone no la admitieron en 1951. Pianista de formación clásica, aspiraba a convertirse en la primera concertista negra de piano, pero el rechazo tras su audición le obligó a experimentar con el jazz, el soul y el blues y a convertirse en una estrella. “Me rechazaron porque era negra”, repitió toda su vida Nina Simone. Sin embargo, no se trata de una historia de racismo típica de Estados Unidos en los 50. A diferencia de los white-only clubs (clubes solo para blancos), el Curtis ya tenía alumnos afroamericanos desde su fundación en 1924 y, de hecho, la pianista negra Blanche H. Burton-Lyles ya estaba en el conservatorio antes de la audición de Nina Simone y se graduó en 1954. Fue ella la primera. Hoy como entonces la matrícula del Curtis es gratuita, las plazas son muy reducidas y eso impone unos criterios de selección muy estrictos. En 2003, antes de fallecer, Nina Simone recibió el reconocimiento del Curtis Institute con la concesión del doctorado Honoris Causa.

Filadelfia es una ciudad de la Costa Este con fama de abierta y liberal. Para los afroamericanos la vida ha sido mucho más fácil aquí que en las poblaciones segregadas del Sur. Si han visto En el calor de la noche (In the Heat of the Night, 1967), una cinta muy recomendable, el actor afroamericano Sidney Poitier es un detective de reconocido prestigio que pasa por casualidad por una pequeña ciudad sureña de Misisipi y se ve envuelto, primero como acusado y sin quererlo, en la investigación de un asesinato. Donde vive es una autoridad; en el Sur es sospechoso. En la trama recuerdan varias veces que Poitier viene de Filadelfia.

Hoy la ciudad abandera las reivindicaciones de los derechos de la comunidad LGTB (Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero) e incluso el equipo de béisbol local, los Philadelphia Phillies, en un universo tan homófobo como el deporte de élite profesional (¿cuántos jugadores han reconocido su homosexualidad?), ha apoyado la causa de Gloria Casarez, una feroz defensora de los derechos de gays y lesbianas que falleció en 2014.

Mercado al aire libre, mercado cubierto

Una buena manera de apreciar el peso de la inmigración italiana consiste en acercarse hasta la 9th Street entre Wharton & Christian, al sur de la ciudad, y pasear por el Italian Market, que, según los tenderos, es el mercado al aire libre más grande del mundo. Este dato es discutible, pero lo que sí es cierto es que es el más antiguo del país. Su historia comenzó a finales del siglo XIX con la primera generación de italianos que llegó del Viejo Continente. A los italianos les siguieron los asiáticos en la década de los 70 y luego los latinos. Hoy amenaza la gentrificación, el desplazamiento del vecindario tradicional por vecinos de mayor poder adquisitivo. Junto a los puestos de verduras y frutas despuntan tiendas de proveedores de quesos, pastas frescas y especias con precios altos. Hay incluso una charcutería hipster, algo que creía un oxímoron hasta que pisé el mercado: el tendero con barba de filósofo griego y gafas de pasta atiende mientras suena música indie de fondo. Y también hay ejemplos prodigiosos del talento para la mercadotecnia de los americanos, como la Fante’s Kitchen Wares Shop, una ferretería de toda la vida pero con neones y fotos enmarcadas con las visitas ilustres y el árbol genealógico de la familia que la fundó allá por 1906. Muy cerca del City Hall, el Reading Terminal Market es un buen ejemplo de mercado cubierto tradicional. Aquí se pueden conseguir productos de granja frescos y manjares artesanales elaborados por los amish (Pensilvania es el Estado donde vive la comunidad amish más populosa del país; la trama de Único testigo, la película que protagoniza Harrison Ford, se desarrolla aquí). También donuts, que nacieron en Filadelfia. Y un emparedado que se ha convertido en un producto franquicia de la ciudad, el philly cheese steak sandwich, de tiras de ternera, queso fundido y cebolla al gusto. Se puede conseguir en el restaurante take away Rick’s Steaks. Por cierto, Filadelfia es una ciudad americana de compras. El vestuario y el calzado están libres de impuestos en todo el Estado. Cerca de Filadelfia se encuentra King of Prussia, el mayor mall de compras de Estados Unidos.

Antes de dejar Filadelfia hay que hacerlo a lo grande, desde el cielo. Filadelfia es la única ciudad de Estados Unidos declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. Lo es desde noviembre de 2015, la misma fecha que se inauguró el One Liberty Observation Deck, un mirador encaramado en la planta 57ª de un rascacielos. El lugar perfecto, con el horizonte despejado, para comprobar cómo ha cambiado la ciudad que fundó en el año 1682 el cuáquero William Penn.

Gonzalo Azumendi

El bello arte del muralismo callejero

La idea surgió en 1984 para hacerle frente  a la proliferación de grafitis por toda la ciudad y convirtió a Filadelfia en un museo al aire libre con más de tres mil murales en sus edificios, un hecho insólito en EE UU. Como la ciudad está viva, hay murales que desaparecen irremediablemente con las transformaciones urbanísticas y otros que surgen para subrayar la identidad de cada distrito. Ahora mismo se pueden contemplar algo más de dos mil murales y tres artistas residentes trabajan permanentemente en su conservación y en los proyectos de nuevos murales. Para algunos, ha domesticado la espontaneidad del arte callejero del grafitismo; para otros, además de acabar con el vandalismo de las pintadas con esprays y aerosoles, supone el mejor incentivo y todo un reconocimiento de la pintura artística callejera. Una manera, además, de aprovechar el talento individual en beneficio de la comunidad. Cada obra tiene una relación muy estrecha con el barrio que la acoge. Los vecinos forman parte del proceso creativo, debaten y eligen los argumentos e incluso forman parte del mural. Les concede un protagonismo poco habitual en las grandes urbes, tan ligadas al anonimato. El Programa de Artes Murales de Filadelfia tiene su propia página web y se pueden seguir diferentes rutas para ver los murales. En Center City, junto a un parking, se encuentra desde 1999 el mural Philadelphia Muses, de Meg Saligman, una interpretación contemporánea de las musas clásicas del arte y la creatividad. La artista creó este gigantesco mural en su estudio y luego lo adhirió por fases a la pared. También en Center City, esta vez en el 204 South 12th Street, la artista Michelle Angela Ortiz pintó A Tribute to Gloria Casarez, un homenaje a la destacada activista por los derechos de la comunidad LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero), que falleció en 2014. Uno de los murales más asombrosos suele pasar desapercibido. Para verlo hay que buscar en el cielo, en la 25ª planta del rascacielos The Graham Building. Es de factura reciente, el artista JR lo completó el pasado mes de octubre de 2015. El mural, conocido como Migrants, Ibrahim, Mingora-Philadelphia, retrata a Ibrahim, emigrante de Pakistán que reside en Filadelfia. Su intención es recordar las historias personales de los millones de emigrantes anónimos que lo dejan todo en busca de una oportunidad en EE UU. En South Philadelhia aparece el mural ASpire: No Limits, del artista Ernel Martínez, una colaboración de Mural Arts y el músico Tariq Black Thought Trotter para homenajear al carismático Shawn L. Air Smooth White, que se volcó en iniciativas y programas de prevención contra el Sida dirigidos sobre todo a la comunidad afroamericana. Al mural le acompañaron talleres y días de pintura colectiva en el barrio.

Gonzalo Azumendi

Una tarde en el béisbol

Los Philadelphia Phillies son un club especial. Ostentan el dudoso récord de ser el primer club profesional de béisbol en alcanzar las 10.000 derrotas, cosa que no se consigue todos los días. Juegan en el Citizens Bank Park y cuando fuimos a verlos fueron respetuosos con la tradición y volvieron a perder. La tarde fue magnífica salvo por un pequeño accidente: a uno de los bateadores de los Phillies se le escapó el bate, que fue a parar a las primeras filas, en concreto a la espalda de una espectadora que tuvo que abandonar el estadio entre lágrimas y aplausos. En esta zona hay un cartel que recomienda prestar atención a los “objetos voladores” que puedan venir de la cancha –uno piensa en bolas, no en bates– y conmina a no usar el teléfono móvil. El béisbol es el deporte rey en Estados Unidos y merece la pena empaparse de su atmósfera y pisar al menos una vez el Citizens Bank Park, tanto por lo que ocurre en el diamante como por lo que sucede en los puestos aledaños de hot-dogs, hamburguesas y mercadotecnia de los Phillies (en la página www.PHLsports.com se puede consultar el calendario).