Ruta
14 / 04 / 2011 Carlos Pascual

Pueblos del Siglo de Oro en Campo de Montiel

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Campo de Montiel es una comarca bruñida por el paisaje y la historia. También por la literatura. La Ruta del Siglo de Oro por el Campo de Montiel, recién lanzada, conjuga varias de las rutas literarias que la Comunidad de Castilla-La Mancha gestiona con éxito, pero aflora a primer plano otros escenarios, y también otros perfiles, como la música, la pintura o el arte del buen comer.

Villanueva de los Infantes fue entre los siglos XVI y XVIII el núcleo principal de la comarca.
Villanueva de los Infantes fue entre los siglos XVI y XVIII el núcleo principal de la comarca. Lucas Abreu

La altiplanicie del Campo de Montiel es una comarca bien diferenciada dentro de La Mancha. De “La Mancha húmeda”, hay que precisar, con lagunas, humedales, hoces o nacederos de río: La Mancha grabada por Doré para El Quijote. El resto constituye un paisaje barroco y colorista, de relieves inquietos y tintes saturados, con olivos y viñedos (el aceite y el vino del Campo poseen su propia Denominación de Origen), cuadros de cereal y manchas de encinar y monte bajo. La historia ha contribuido tanto como la geografía a acuñar este Campo de Montiel. Con dos momentos estelares: uno fue cuando la Orden de Santiago se encargó de conquistar y repoblar, en el siglo XIII, esta tierra fronteriza; castillos y rastros de la orden militar aparecen en cada recodo y en cada personaje de la ruta.

El otro hito decisivo fue el Siglo de Oro. En torno al siglo XVII crece la población (y la riqueza) de este territorio. Y es preciso levantar templos y conventos descomunales (que ahora extrañan, como trajes que se hubieran quedado grandes, y no al revés), pero también edificios de utilidad pública, como pósitos, hospitales, cárceles... Y, por supuesto, numerosas casas de hijosdalgo (aunque fuera de poco). Pero no solo floreció el ladrillo (o sea, la piedra), también la pintura, la música (órganos barrocos) y, sobre todo, la literatura. Por el Campo de Montiel se entrelazan tres de las rutas literarias apadrinadas por Castilla-La Mancha: la del Quijote, la de Quevedo y la de Jorge Manrique. Esta Ruta del Siglo de Oro también cuenta con apoyos y un manual de instrucciones. Que se pueden seguir al pie de la letra, o parar solo en lo que más interese. La ruta propuesta se inicia en Alcubillas, donde ya asoma el primer castillo (sus despojos), y enseguida se mete en Infantes, que es como llaman por allí a Villanueva de los Infantes, el plato fuerte. Una población de raíz vieja (hay restos de la Antiquaria Augusta romana y de la Jamila medieval junto a la ermita de la Antigua, a una legua) que entre los siglos XVI y XVIII se convirtió en núcleo principal de la comarca. En su casco histórico lucen más de 200 blasones, y llegó a tener cátedra de gramática y retórica. La Plaza Mayor es una de las más monumentales de España. De ella parte una calle mayor, la de Cervantes, donde sigue en pie la casa del Caballero del Verde Gabán, en la cual don Quijote se habría hospedado cuatro días. Su actual dueño, Ignacio Santos, maestro jubilado, permite echar una ojeada al zaguán y contemplar, a través de un cristal, cueva y tinajas.

El casco histórico es abrumador. Además de la plaza y su catedralicia iglesia de San Andrés, están el Pósito (ahora Casa de Cultura), la Casa de los Estudios, la del Arco, la de la Inquisición, un convento convertido en mercado con un museo anejo dedicado a Matías de Arteaga y Alfaro (quien trabajó en el entorno sevillano de Murillo) y otro convento, el de Santo Domingo, que es ahora una hostería, pero conserva la celda en la cual murió, un 8 de septiembre de 1645, don Francisco de Quevedo.

El escritor (que era Señor de Torre de Juan Abad) fue enterrado en la capilla de los Bustos, en San Andrés, pero sus huesos han dado que hablar. Por dos motivos: primero porque, al proyectarse en Madrid un Panteón de Hombres Ilustres, fueron reclamados por la corte, y allá enviaron unos que suponían suyos; el Panteón no se construyó, devolvieron los restos a Infantes, y al cabo del tiempo aparecieron olvidados en un cajón del Ayuntamiento. Entonces los enterraron en el cementerio del Calvario, bajo una lápida fechada en 1920; García Lorca (que andaba de títeres con La Barraca) rindió homenaje a esa sepultura. Tras un estudio de la Universidad Complutense en 2005, se comprobó que esos restos eran falsos, y se logró reunir, en el enterramiento de San Andrés, diez huesos auténticos, que ahora se ven en caja de forja en su entierro primitivo.

El otro argumento póstumo son las espuelas de oro que Quevedo se hizo fabricar para ser investido Caballero de Santiago, y con las cuales quiso ser enterrado. Dice la leyenda (recogida en otra iniciativa de Castilla-La Mancha: 20 escapadas de leyenda) que alguien robó esas espuelas y a poco las calzó para lidiar a un toro en la propia Infantes. El toro, claro, lo mató, para vengar a Quevedo. El asunto sirvió a Alejandro Casona para estrenar El caballero de las espuelas de oro (1964). Hay en Infantes una Orden Literaria Francisco de Quevedo que organiza cada estío un certamen internacional de poesía, e inviste a los ganadores como caballero o comendador de la orden, con parafernalia de época.

La siguiente parada, Villahermosa, nos acerca a la música. En su enorme templo de la Asunción se encuentra el mayor de los órganos barrocos de la zona, restaurado (como el de Terrinches) hace un par de años. Por ello, esos dos órganos, junto con el de Torre de Juan Abad, van a ser protagonistas del primer Festival de Música Sacra Antigua y de Órgano, que entre junio y agosto ofrecerá tres conciertos en cada órgano, gratuitos, con intérpretes de lujo como Francis Chapelet o Montserrat Torrens. Un desvío de 15 kilómetros permite alcanzar la Laguna Blanca, primera del conjunto mágico de Ruidera. También el agua, concretamente el nacimiento del río Villanueva, en un parque, aconseja parar en Villanueva de la Fuente.

Montiel fue cabecera de la Orden de Santiago, y su castillo en ruinas fue testigo de la pelea fratricida por la corona de Castilla entre Enrique de Trastámara y Pedro I, acuchillado en el lugar donde ahora se alza un monolito. Estos y otros sucesos inspiran unas Jornadas Medievales que organizan por marzo, con armaduras, escudos y ropajes muy de ver. Otro castillo vigila en Albadalejo, y en Terrinches, otro de los órganos históricos y un centro de interpretación de la Orden de Santiago, en un torreón bastante mazacote.

En Almedina está la casa en que vivó Fernando Yáñez de Almedina, que fue seguidor de Leonardo y, dicen, introductor en España del estilo renacentista. Claro que eso mismo dicen en otras partes; sobre todo en Valencia, donde trabajaron Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano, importados de Italia por el Papa Borgia, Alejandro VI. El pueblo entero de Almedina es una especie de museo abierto, ya que adorna sus calles con azulejos que reproducen cuadros del pintor paisano.

En Villamanrique, además de una iglesona que es de lo mejorcito de la provincia, está la llamada Casa Grande o Casa de los Manrique. Allí vivió esa familia de militares itinerantes a la fuerza. El padre era maestre de la Orden de Santiago, y en el castillo de Segura de la Sierra (Jaén) nació Jorge Manrique. En esta Casa Grande pasó su adolescencia, y en el castillo de Montizón (a la salida de Villamanrique, muy entero) vivió como alcaide con su mujer, Guiomar de Castañeda. Luego padre e hijo fueron a pelear más arriba; primero cayó el progenitor (y Jorge escribió las célebres Coplas a la muerte de su padre), luego mataron a Jorge, y a ambos les dieron sepultura en el Monasterio de Uclés. En Villamanrique celebran, cada mayo, unas Jornadas Manriqueñas, parejas a las que montan en el triángulo de pueblos conquenses por donde acabó sus días.

En Torre de Juan Abad volvemos a toparnos con la figura de Quevedo. Aquí heredó casa y tierras de su madre y, dado su carácter del demonio, muchas veces tuvo que venir a este refugio, huyendo de algún ofendido, o desterrado de la corte asfixiante y beatorra de Felipe IV y el Conde Duque de Olivares. Al final, esta casa (que ahora es museo) fue su retiro amado. Aquí escribía y leía, pero también salía a cazar, hacía la matanza, cuidaba del huerto y capeaba el temporal de la vida. Cuando vio la cosa bastante fea, dictó testamento (puede allí verse, así como su tintero) y fue a morir a la celda ya mentada del convento de Santo Domingo, en Villanueva de los Infantes, situado a cuatro leguas de aquí y donde dimos inicio a nuestra ruta.

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