Pequeños tesoros de Huesca
La ciudad de Huesca es una urbe de más de dos mil años de antigüedad situada en el valle del río Ebro. Sus tranquilas calles repletas de tesoros artísticos y la llegada del AVE son dos excusas perfectas para una apacible visita.
La llegada del AVE ha supuesto que el tiempo de viaje se acorte considerablemente ya que en tan sólo dos horas este tren de alta velocidad une las ciudades de Madrid y Huesca. Una nueva excusa para visitarla.
En las calles oscenses podemos encontrar vestigios romanos, musulmanes y cristianos gracias a la cantidad de pueblos que han habitado en esta ciudad aragonesa durante los dos mil años de edad que posee. Durante el dominio romano fue centro de combate y perteneció a las provincias Citerior, Celtiveria y Tarraconense. Con el Califato de Córdoba pasó a manos árabes y a formar parte del reino de Zaragoza hasta su reconquista a manos del rey Pedro I en 1096, fecha en la que pasó a ser capital del reino de Aragón, hasta 1192 cuando se cambió a Zaragoza. De esta época la ciudad aún conserva restos de la muralla que protegía la ciudad de ataques externos.
Uno de los tesoros de la ciudad es la Iglesia de San Pedro el Viejo, que fue construida en el siglo XII sobre un antiguo templo visigodo, y reformada en varias ocasiones por lo que contiene una mezcla de estilos visigodo, mozárabe y románico. Su planta es de tres naves con tres ábsides y en sus paredes aún conserva restos de las pinturas originales que la decoraban, concretamente una escena que representa la muerte de Goliat a manos de David. Conserva, además, de sus orígenes los relieves de la portada y el campanario poligonal. Esta iglesia formó parte del un antiguo monasterio benedictino por lo que, en su parte derecha, se encuentra la entrada al claustro de estilo románico que data del siglo XII. Llaman la atención los capiteles por el realismo de sus escenas de temas bíblicos y animales fantásticos del bestiario romano. Muchos de ellos son réplicas de los originales ya que éstos se encuentran en mal estado. Desde el claustro se accede a una capilla en la que están enterrados dos reyes aragoneses, los hermanos Alfonso I el Batallador y Ramiro II el Monje.
Muy cerca, en lo alto de una pequeña colina en el casco antiguo, nos encontramos con la Catedral de Santa María, en cuya puerta nos reciben las figuras de los doce apóstoles talladas en autorelieve en la piedra, así como las figuras de los dos patrones de la ciudad de Huesca, San Lorenzo y San Vicente, dos mártires muy venerados en toda la Cristiandad y nacidos en Huesca según las tradiciones medievales.
Esta edificación de estilo gótico fue construida sobre la mezquita aljama de la ciudad a finales del siglo XIII, aunque no fue hasta el siglo siguiente cuando se acabó de construir y se consagró. De esta catedral de tres naves con capillas laterales llama la atención el retablo de alabastro del altar mayor, una verdadera joya del siglo XVI construida por Damián Forment entre los años 1520 y 1533. El retablo, con mezcla de estilos gótico y renacentista, es considerado uno de los proyectos más ambiciosos de Aragón para la época tanto por su tamaño como por su complejidad al representar los grupos de personas. Compuesto por sotabanco, banco doble, cuerpo de tres calles y guardapolvo, el cuerpo es un tríptico que muestra tres escenas de la pasión de Cristo. Pero Forment quería dejar huella por lo que debajo del cuerpo, en el primer banco, talló dos medallones, uno con su cara y otro con la de su hija Úrsula. Debajo, en el segundo banco, el autor construyó siete escenas de la Pasión de Cristo (última cena, oración en el huerto, prendimiento, flagelación, coronación de espinas, Ecce Homo y Pilates lavándose las manos). El realismo de las figuras es impresionante y merece la pena visitar Huesca sólo por ver este retablo.
Pero la catedral no es sólo el retablo. Ésta te ofrece la posibilidad de subir hasta el campanario a través de los 180 escalones que forman una escalera de caracol imposible no apta para claustrofóbicos. Si se consigue llegar hasta el final, las vistas sobre la ciudad y sobre el PrePirineo impresionan.
Una vez en tierra, la catedral posee un Museo Diocesano con pinturas renacentistas y barrocas del siglo XV, además de arte medieval y orfebrería. Las pinturas están exponen en el claustro gótico inconcluso del Papa Luna. Llama la atención un segundo retablo de principios del siglo XVI realizado por Gil Morlanes, así como la exposición de parte de la sillería del coro de la catedral que se situaba en la nave central de la misma. También se puede visitar el claustro románico que formaba parte del claustro de canónigos de la catedral, construido en el siglo XII sobre el patio de la antigua mezquita.
Probablemente el tesoro más llamativo de toda la ciudad y menos conocido sea una tienda, “La Comercial” que data del siglo XIX. En la Plaza del Mercado, es una de las primeras tiendas de ultramarinos de España y la única que permanece en pie. Las baldosas del suelo, los frescos del techo y las estanterías de los productos que vende esta tienda familiar son los mismos que cuando abrió a finales del siglo XIX. Una de las pocas remodelaciones que ha sufrido este establecimiento ha sido el sótano, reconvertido en restaurante, que se puede reservar para comidas y cenas privadas previa cita.
En cuanto a la Plaza del Mercado, en realidad se llama “Plaza de Luis López Allué”, pero comúnmente se conoce con este nombre por ubicar el mercado de la ciudad en su centro hasta 1976, cuando fue derruido. Esta plaza ha sufrido numerosas remodelaciones y restauraciones de sus edificios anexos que son de un color rosado y de los que se intenta mantener su color original.
San Juan de la Peña
En el monte Oroel, en el Pirineo oscense, encontramos el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña, dedicado a San Juan Bautista. Esta reliquia de la arquitectura medieval, construida a partir de una cueva en la roca que le da nombre, data del siglo X aunque su máximo esplendor tuvo lugar entre los siglos XI y XII. La mimesis de este edificio con el entorno es total y de su interior destacan las pinturas de San Cosme y San Damián en el interior de los ábsides de la capilla en la parte inferior del monasterio y el Panteón de Nobles de la iglesia superior. Pero, sin duda, lo que más destaca de esta antigua edificación es el claustro románico elaborado por dos escuelas diferente. El acceso al claustro es por una puerta de estilo mozárabe, aunque lo más importante de él son los capiteles, que relatan el Génesis, la vida pública de Cristo y su infancia.
Durante el siglo XVII el monasterio sufrió varios incendios, hasta que en 1675 sufrió uno que duró tres días y tres noches y que resultó devastador para el edificio. Ante esto, los monjes decidieron trasladarse a la pradera de San Indalecio, en la cúspide de la montaña en la que se encuentra el monasterio viejo.
El nuevo Monasterio de San Juan de la Peña es del siglo XVII y fue un antiguo desvío del Camino de Santiago debido a la veneración del Santo Grial, antigua reliquia cristiana que se cree que está en ese lugar. El monasterio se mantuvo en uso hasta la desamortización de Mendizábal y desde 2007 es un centro de interpretación, restaurante y hospedería con spa.
De este edificio, la fachada barroca es lo más llamativo. En ella se encuentran las figuras de los tres santos vinculados a los monjes que vivieron allí: San Juan Bautista, San Indalecio y San Benito. A la derecha de la Iglesia se encuentra el acceso al centro de interpretación. Construido sobre las ruinas del monasterio, a través de un suelo de cristal los visitantes pueden observar el aspectos de las dependencias de los monjes: habitaciones, refectorio, cocina…
Uno no se puede ir de la pradera de San Indalecio sin ir hasta el “Balcón del Pirineo”, a las espaldas del monasterio, desde donde se observan una de las mejores vistas sobre las montañas pirenaicas. Imprescindible verlo.











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