Malinas y Lovaina, secretos de dos damas flamencas
Dos ciudades de Bélgica que pueden visitarse en un solo fin de semana: Malinas y Lovaina, a 30 kilómetros de Bruselas. Hermanadas en historia, arquitectura y belleza, aquí perviven los nombres de Carlos V, Erasmo de Rotterdam y Luis Vives. Dos urbes perfectas para pasear, admirar obras de arte únicas y pararse a contemplar cómo pasa la vida ante una buena cerveza.
De entrada, las campanas. Todavía sorprende entrar en una ciudad y oír el tañido de las campanas. En Bélgica, ese tañido secular, tan rotundo, tan grave y tan conservador, resulta siempre una bienvenida. Y más si las torres de los campanarios albergan carillones musicales. Vaya uno por donde vaya en ese país –tan fácil de recorrer por otra parte– se encontrará siempre con la voz de las iglesias derramando campanadas sobre ciudades de enjambre, pueblos de gran relevancia y aldeas minúsculas. Bélgica es un país de sensaciones sensuales. Y una de sus virtudes más significativas de cara a los visitantes, si virtud puede hallarse en la geografía, es que puede recorrerse en poco tiempo, de forma cómoda y con la relajación que produce a veces toda llanura, toda planicie, donde sólo las catedrales son las únicas montañas, al decir del poeta y cantante belga Jacques Brel.
Dos ciudades del oriente de Flandes responden especialmente a esas características: Malinas y Lovaina, tal y como dimos en llamarlas los españoles desde los tiempos de capa y espada. Visitar Malinas es el primer paso necesario antes de entrar en Lovaina. Se encuentra a media hora de tren desde Bruselas (en este país todo está a cincuenta kilómetros de distancia y a media hora de tren, si queremos simplificar sin demasiada exageración). Cuando el tiempo acompaña, el cielo presenta un azul tímido, envuelto a menudo en un velo suavemente gris y en el ambiente flota una frescura como de hierba recién cortada.
Luego, de repente, aparece esa mujer ya muy avanzada en años, con el pelo color paja bajo el pañuelo, que pasa pedaleando erecta y decidida en su bicicleta, camino de sus rutinas: es otra imagen de este país; tal vez sea el propio espíritu flamenco, enconado y con empuje. El mismo espíritu que no abandonó la ciudad de Malinas cuando su puerto, que enlazaba con Brujas, perdió relevancia a favor de Amberes y los habitantes de Malinas tuvieron que cerrarlo. De eso hace ya algunos siglos. Hoy, donde antes estaba el puerto hay un espacio peatonal que da paso a la Avenida del Hierro, llamada así porque aún conserva, como límite entre peatones y vehículos, las barandillas de hierro que flanqueaban el viejo muelle sobre el río Dijle. Los edificios de la Avenida del Hierro forman una ecléctica amalgama de estilos, dado que muchos de ellos fueron reconstruidos después de la Primera Guerra Mundial. Al término de la contienda, a la ciudad se le planteó el dilema de construir sobre los patrones de la arquitectura moderna de la primera mitad del siglo XX o volver a los orígenes de la arquitectura flamenca. Tal vez fue el conservadurismo innato en la burguesía flamenca, tal vez fue ese amor que sus habitantes tienen por su propia historia, lo que llevó a la ciudad a edificar de nuevo bajo el estilo flamenco, eso sí, en cada caso con ribetes y toques del barroco, del falso neogótico o del olvidado renacentista. El centro de Malinas es su Grote Markt, que deja al descubierto uno de los laterales de la Catedral de San Rombaut, al tiempo que muestra la hermosa fachada del Ayuntamiento, en cuyas torres la autoridad de la ciudad alojaba a los delincuentes de poca monta (morosos, casi siempre); a los delincuentes peligrosos se les ejecutaba por la vía rápida, mientras que a los ladrones sin cualificar se les arrojaba extramuros.
El bisabuelo de Ludwig van Beethoven, originario de Malinas, escapó de sus acreedores huyendo de la ciudad y así no tuvo que experimentar el paso por las torres; el abuelo del músico, sin embargo, se quedó; por lo visto pagaba todas sus cuentas. A las puertas de la plaza, la estatua de quien tanto hizo por la ciudad: Margarita de Austria, tía de Carlos V y esposa de Juan I de Castilla (las buenas lenguas aseguran que mató al castellano con un exceso de sexo). La plaza, rodeada de edificios de arquitectura flamenca, alberga una serie de terrazas donde se puede experimentar que el sol también pasa por estos lugares, a la par que uno se toma el tiempo a sorbos con una Carolus, la cerveza local, bajo los carteles que prohíben dar de comer a las palomas. Luego, lo mejor es visitar la Catedral, cuya torre, al decir de la gente de aquí, “es la más alta de Bélgica… sin terminar”. Durante el verano, la plaza se cubre de arena, en ocasiones, para ofrecer los más diversos espectáculos, vóley-playa incluido. Nada nuevo. Ya en tiempos de Carlos V la llenaron con más tierra, levantaron un bosque entero y montaron en él una cacería para celebrar uno de los cumpleaños del Emperador.
Terrazas aparte, conviene degustar la cerveza local en Het Anker (El Ancla). Y luego pasear por entre los comercios de la calle Bruul y detenerse en la Iglesia de San Norberto para ver la batería de confesionarios; a la salida conviene entrar en el patio interior de la cervecería De Magriet, que linda con la iglesia. Por último, resulta obligado visitar el Museo de la Pintura Disparatada. Nombres como El Bosco, Brueghel o Brouwer dan una idea de qué va el Museo. La locura está asegurada.
Tal vez haya también algo de locura en el Ayuntamiento de Lovaina. Digámoslo con una especie de sacrilegio: vale la pena llegarse hasta Lovaina sólo para ver el Ayuntamiento. Puede que sea un sacrilegio, o una boutade, pero es una verdad tan fácil de constatar que casi da vergüenza pensarla y aislar así aquel edificio del resto de la urbe. Menos sacrílego sería decir que Lovaina es una invención de la Universidad, la fiesta de los estudiantes, la fuente de la eterna juventud y el desmadre controlado y cívico. El Castillo de Arenberg, por ejemplo, de la primera mitad del XVI, con sus 29 hectáreas de parque, que hoy alberga la Facultad de Arquitectura y, a su lado, la Escuela de Ingeniería, habla bien a las claras de lo que significa la Universidad de Lovaina y lo que supone estudiar aquí, en espléndidas aulas renacentistas, verdes prados donde las parejas de estudiantes se dicen las consabidas mentiras y colegios mayores y residencias como las del Gran Beaterio, donde apenas el vuelo de una abeja entre las flores rompe los silencios de las casas. Llegar a Lovaina es encontrarse con la juventud perdida pero siempre recordada. Todo el centro de la ciudad es campus. Uno puede pasar de un colegio mayor a una facultad, atravesar un parque universitario, meterse en patios interiores y descansar del paseo en cualquier escalera de un edificio mientras, a su lado, cuatro chicas bromean y ríen entre bocado y bocado a su comida rápida.
Acabada la jornada se encontrarán en el Oude Markt, en cualquiera de las enormes terrazas que dan vida a una plaza que se muestra llena de bares y restaurantes con una sola excepción: la farmacia (los estudiantes dicen que es por aquello de los preservativos y la resaca). Los adultos, más serenos, más conservadores, preferirán las terrazas de Grote Markt, frente al Ayuntamiento. De aquí irán a la Iglesia de San Pedro, patrón de la ciudad, para extasiarse ante dos cuadros de Dirk Bouts y continuar luego hacia la Plaza de Monseñor Ladeuze, donde se encuentra la Biblioteca de la Universidad y donde los estudiantes celebran sus actos multitudinarios… dejando la plaza completamente limpia a la mañana siguiente. La limpieza casi absoluta también está presente en toda la ciudad, especialmente en las calles aledañas a la Plaza Mayor: Muntstraat, repleta de restaurantes italianos y bares de copas, así como Paristraat, Mechelenstraat, Brusselstraat y Diestsestraat, perfectas para una jornada de compras.
Lovaina, al igual que Malinas, es una ciudad alegre, hecha para los sentidos. Y en sus calles todavía resuenan las palabras que Erasmo de Rotterdam, profesor de aquella Universidad, dejó escritas en su Elogio de la locura: “¡Salud! ¡Aplaudid, vivid y bebed, fidelísimos devotos de la Locura!”.











COMENTARIOS
No hay comentarios