Escapada surrealista a las Bardenas Reales

La belleza salvaje de este parque natural emplazado al sur de Navarra y declarado Reserva de la Biosfera a nadie deja indiferente.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Bien pudiera estar en Arizona, en un remoto desierto de Oriente Medio o incluso en algún pliegue de la luna. Pero se encuentra en las estribaciones de La Ribera, esa franja de tierra bañada por el Ebro y tan fértil que su rica huerta es famosa en todo el país: esos espárragos, esas borrajas, esos lustrosos cogollos de Tudela… Allí, en medio de un valle y a poco más de 70 kilómetros de los Pirineos, se extienden Las Bardenas Reales, un paisaje árido, desnudo y desolado que, sin embargo ejerce una fuerte atracción en todo el que lo visita.

Para unos es un panorama inhóspito, para otros un espectáculo surrealista y hay quien lo asocia también con un escenario extraterrestre. Y es que este páramo seco de más de 42.000 hectáreas declaradas Reserva de la Biosfera (45 kilómetros de norte a sur y 24 de oeste a este) es mucho más que un desierto rugoso y ocre jalonado de barrancos afilados, cerros, mesetas y cortados. Es un rincón insólito cuya desnudez esteparia le confiere una apariencia marciana.

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Nada extraña, por tanto, que sirva de inspiración para escritores y artistas enamorados de su soledad y su silencio. Ni que haya sido retratado tantas veces en anuncios televisivos, ambiciosas producciones de moda y películas como Airbag, Acción Mutante, El mundo nunca es suficiente (de la saga de James Bond) o El consejero, de Ridley Scott, con Brad Pitt, Cameron Díaz, Penélope Cruz y Javier Bardem desfilando por sus parajes esteparios. Incluso Juego de Tronos, la exitosa serie elevada a fenómeno de masas, también ha convertido su perfil en memorable set de rodaje.

La erosión de sus suelos de arcillas, yesos y areniscas, y también la climatología extrema con ocasionales lluvias torrenciales y vientos huracanados, han sido las culpables de estas esculturas naturales que exhibe el parque como un auténtico museo. Formas inverosímiles como barrancos escabrosos por los que algún día fluyó el agua, cabezos de piedra caliza, cortados de hasta 300 metros y cerros solitarios que conforman un universo desértico en lo que en el terciario (10 millones de años atrás) llegó a ser un inmenso lago.

Aunque lo habitual es recorrer el parque en coche o todoterreno (también existe la opción de hacerlo en bicicleta, a caballo o en segway), las Bardenas Reales, por las que históricamente conducían sus ganados los pastores de las montañas pirenaicas, son hoy un auténtico paraíso para los amantes del senderismo. Sus más de 700 kilómetros de caminos, pistas y cañadas, la mayoría señalizadas, permiten explorar las tripas de este laberinto para descubrir cómo, detrás de su inquietante desnudez, se esconde una vida sorprendente: juncos, carrizos y matorrales entre los que deambulan zorros y gatos monteses, y buenas muestras de avifauna con ejemplares tan hermosos como el búho real, que nidifica entre sus riscos, el alimoche o la alondra de Dupont.

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Por ello no es mala opción, sobre todo en la primera incursión a este enclave, la de acompañarse de un guía especializado que no sólo ayudará a interpretar la flora y la fauna sino también a descubrir rincones tocados por la leyenda. Como la del temido bandolero Sanchicorrota, que despistaba a sus perseguidores con las herraduras de su caballo calzadas del revés.

Conviene patearlo despacio. Y conviene también ascender a algún mirador para ver su panorámica desde las alturas. En el Alto de Aguilares y en el Balcón de Pilatos se aprecian perfectamente las diferencias que existen en las tres zonas en que se divide el parque: el oasis del Vedado de Eguaras, con las ruinas del castillo de Peñaflor; la Bardena Blanca, la más fotografiada, con los cabezos del Rincón del Bu y llamativas formaciones como Castildetierra y Pisquerra; y la Bardena Negra, donde el terreno se oscurece con bosques de pino carrasco.

Bardenas Reales de Navarra. | ISTOCK

Y aunque en el día se puede apreciar el cambio de los colores con el paso de las horas, el atardecer en las Bardenas Reales resulta realmente dramático. Nada puede ser más llamativo que los destellos anaranjados sobre sus formas caprichosas, apagándose para dejar paso a un cielo cuajado de estrellas.