Delfos, el ombligo del mundo

Este rincón de Grecia, cuyo oráculo guardaba la respuesta a los males de la humanidad, aún conserva la belleza misteriosa de los lugares sagrados.

Noelia Ferreiro
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Cuestiones políticas, bélicas y religiosas. Formuladas por dioses, soberanos o simples mortales. Ninguna decisión importante escapaba al oráculo más reverenciado de Grecia, aquel del que se creía que por cuya boca hablaba el mismo Apolo. Cuentan que hasta Alejandro Magno lo visitó para ratificar lo que ya sabía: que pronto acabaría conquistando buena parte del mundo conocido.

Delfos, ese lugar colgado de las faldas del monte Parnaso y asomado a una suerte de abismo, fue, durante mucho tiempo, el hogar de aquel santuario al que miles y miles de peregrinos llegaban de todos los rincones del mundo para escuchar sus palabras.  Predicciones que interpretaban los designios de los dioses… y que desvelaban así las sorpresas del futuro. Y que lo hacían además desde un emplazamiento privilegiado tocado por la mitología. Según la leyenda, Zeus soltó dos águilas desde sendos extremos de la Tierra y éstas vinieron a juntarse precisamente en este punto. Por ello, los griegos antiguos creyeron que este enclave era el ombligo del mundo, un lugar favorecido por el don divino de la profecía.

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Visitar hoy este yacimiento, a unos 170 kilómetros de Atenas, es apreciar la belleza misteriosa que destilan los lugares sagrados. También revivir aquellos días de consultas y vaticinios. Basta tirar de un poco de imaginación para recrear los rituales délficos. Dicen que el oráculo infalible se encontraba asentado sobre un trípode a las puertas de una sima de donde emanaban vapores tóxicos. También dicen que la pitia o sacerdotisa, al serle interrogada por el consejo divino, entraba en trance con la inhalación de estos vapores, dejando escapar de su boca palabras inconexas y expresiones ambiguas.

Respuestas siempre crípticas y a menudo imprecisas que, sin embargo, marcaron buena parte del devenir helénico: en su virtud, se iniciaron guerras, se acometieron empresas comerciales, se formalizaron matrimonios, se emprendieron remotos viajes... También el oráculo desveló que Sócrates era el hombre más sabio de la Tierra… y eso que el filósofo nunca se cansó de repetir "Yo sólo sé que no sé nada"...

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Fueron dos siglos, del VI al IV antes de Cristo, los que le dieron a Delfos su mayor gloria, cuando tal era la fama del oráculo que no había polis que se preciara que no le ofreciera sus tesoros: templos o pabellones erigidos a su vera. Regalos que, en gratitud a sus útiles servicios, brindaron los atenienses, los corintios, los sifnios, los silkyonios... y que se fueron levantado en torno a un camino sagrado que conducía al santuario de Apolo y, más allá, a un espacioso teatro y a un estadio deportivo (uno de los más ilustres de Grecia), donde periódicamente se desarrollaban los juegos píticos.

Además de su relevancia histórica y de ese intercambio cultural asociado siempre al trasiego de gentes, el recinto sagrado de Delfos dio a la arquitectura obras como el santuario de Atenea Pronea, y al arte piezas tan imprescindibles como la Esfinge de Naxos o el Auriga de Delfos, que fue encargado para conmemorar una victoriosa carrera de carros. Obras que descansan en el Museo de Delfos, que bien merece una vista. Del recinto, es cierto, quedan algunas ruinas mejor o peor conservadas. Pero la realidad es que, de todos los yacimientos arqueológicos griegos, puede que sea éste, con su aura inevitable de misterio, el que mejor ha sabido conservar el espíritu de la Antigüedad.