Curaçao, la isla con nombre de licor

Este delicioso rincón caribeño, desconocido y sugerente, es un paraíso tropical que guarda interesantes historias de su origen holandés.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Un azul tan intenso, tan brillante, tan… ¿pitufo? Así es el famoso licor que se ha apropiado del nombre de esta isla del Caribe Sur posada a 50 kilómetros de la costa norte de Venezuela. Aquí, en este rincón perdido y apenas explorado, en este rosario de playas nacaradas y aguas que esconden una deslumbrante selva submarina, se elabora la famosa bebida, que curiosamente tiene su ingrediente principal en una fruta no precisamente azul: aquella naranja que los españoles introdujeron en el lugar, pero que en estas tierras tropicales crece más agria, sólo apta para macerarse en alcohol.

Curaçao (la isla, el licor… da igual) suena a azul, a coco y a calor. A gafas de sol y arena. A una insinuación remota, exótica y sensual. Por eso sólo podía ser una joya escondida, una de las diminutas ABC Islas (Aruba, Bonaire y Curaçao) que formó parte de las Antillas Neerlandesas hasta el año 2010 y que hoy por hoy es un territorio autónomo del gélido Reino de los Países Bajos.

Sobre su nombre tentador, precisamente, recaen unas cuantas teorías. Curaçao fue antaño la Isla de la Curación, cuando aquellos cansados colonizadores que llegaban desde muy lejos, afectados por el escorbuto, lograban reponerse en apenas unos cuantos días, tal vez por la ingesta de las frutas saludables que proporcionaba el lugar. Pero también fue la Isla Corazón, puesto que era aquí, en este órgano, donde permanecían para siempre las impresiones que causaba su paisaje. Un poético apodo que más tarde los cartógrafos portugueses adaptarían a su propia lengua para colocarlo en el mapa.

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Pero esta isla de horizonte escarpado es, mucho más que el edén de su costa, un territorio pleno de autenticidad con tesoros naturales como las Cuevas Hato, con su red de estalactitas y estalagmitas con dibujos de hace 1500 años; o el Parque Nacional de Christoffel, con su exótica vida salvaje; o el Bosque de Hongos, en el fondo del mar, con corales en forma de champiñón que son la delicia de los submarinistas.

Luego están sus poblaciones alegres y pintorescas. Su adorable factor humano que ha tejido su cultura con el patrimonio europeo y las raíces africanas: aunque el idioma oficial es el holandés, sus habitantes conservan el papiamento, una lengua inventada por los esclavos procedentes de las distintas regiones del continente negro.

Así se aprecia en Willemstad, la bella capital compuesta por dos barrios, Otrobanda y Punda, separados por un canal cuya brecha salvan tres puentes con nombres de reinas holandesas. En sus típicas casas de arquitectura colonial europea brillan los colores del Caribe: el naranja del mango, el amarillo de la papaya, el rosa de la guayaba…

Willemstad. | ISTOCK

Cuenta que la idea la tuvo un gobernador, a quien el reflejo del sol sobre las paredes blancas ocasionaba dolores de cabeza. Por ello decretó que todas las casas, sin excepción, debían pintarse de colores llamativos. Y aunque no está de más saber que el gobernador era el propietario de una fábrica de pintura, los nativos, bien es cierto, quedaron contentos con esta medida. Willemstad ganó tanto en belleza que, poco después, logró ingresar en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Hoy la capital esconde callejones donde se suceden las boutiques y las galerías de arte, arcadas bajo las que se resguardan terrazas con vistas al mar y bulliciosos mercados como el flotante, con sus barcos de pescado que llegan de Venezuela. También está el Old Market, donde se pueden descubrir algunas de las delicias de Curaçao. Como el famoso jiambo, que una sopa de verdura con carne, caracol… e iguana.