Corea, nueva y eterna

Corea del Sur es uno de los países más montañosos del mundo (las montañas cubren el 70 por ciento de su superficie), y también uno de los que más contrastes presenta entre tradición y modernidad. Contrastes que sorprenden y estimulan al viajero. El escritor Javier Moro narra para los lectores de VIAJAR su reciente viaje a este país asiático.

Javier Moro
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Foto: Ángel López Soto

He hecho un viaje a Corea invitado por el Foro de Cultura y Comunicación, una organización dedicada a dar a conocer la cultura coreana en el mundo. Éramos unos veinte, desde un pintor chino (Sheng Qi) hasta la directora del Centro de Cinematografía de Canadá, pasando por un periodista indio (Vir Sanghvi) y un bailarín indonesio. Un mosaico internacional de gente diversa. La experiencia fue divertida e instructiva. No solo vimos lugares interesantes sino que también tuvimos que pensar sobre lo que habíamos visto porque nuestros anfitriones nos sometieron a unos encuentros con la prensa y con otras personalidades coreanas para encontrarle un sentido a nuestra visita. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un viaje. O quizás es que, acostumbrado a viajar solo, hacerlo en compañía de un grupo tan heteróclito me resultó especialmente estimulante.

La experiencia coreana existe antes de salir de casa, en el taxi Hyundai o Kia que te lleva al aeropuerto. Porque Corea está presente en nuestras vidas, aunque no seamos conscientes de ello. ¿Quién no conoce a alguien que tenga un smartphone Samsung o algún electrodoméstico LG? La tecnología sofisticada y la exigencia de calidad son las imágenes de marca del país. Pero Corea es mucho más que tecnología y diseño.

El aperitivo de la cultura coreana se disfruta nada más poner pie en el avión. El servicio roza la perfección: respetuoso sin ser empalagoso, amable, preciso, discreto y eficaz. Imposible no fijarse en la belleza de las azafatas, que son como preciosas muñecas de porcelana, con pelo azabache recogido en un moño. Se inclinan ante los pasajeros, las manos juntas sobre las piernas, ofreciéndonos el regalo de su etérea sonrisa. Más tarde me daré cuenta de que el respeto al varón está en la base de la cultura coreana, aunque, como todo en este país antiguo y a la vez joven, mute a la velocidad del chip.

Paradigma idad

Seúl, la capital que ha sobrevivido a guerras, invasiones (la última, en 1950), dictaduras y al caos económico, sorprende por su extensión, sus infraestructuras, su bullicio, su pulcritud. No hay un papel en las aceras, ni siquiera manchas de chicles aplastados. En este paradigma de la modernidad todo es grande, y a lo grande: los edificios inteligentes, la mayor red de Metro del mundo, los trenes aéreos, las tiendas que quitan el hipo, las librerías gigantescas... y todo con tecnología pensada para facilitar la existencia.  ¿Cómo no extasiarse ante los inodoros públicos con sus luces, sus chorros de agua y de aire caliente de múltiple intensidad? Es, sin duda, un signo de civilización. Un país que se ha atrevido, como Japón, con la renovación conceptual del retrete –asignatura pendiente en occidente– puede con todo.

Con lo que no puede un extranjero es con el idioma, impronunciable.  La parte buena es que la profusión de rótulos en coreano es un relajo para los sentidos. Al no entender nada, uno no se siente sobre estimulado. Y si uno quiere tranquilidad, no hay más que perderse en una de las islas de serenidad que ofrece la ciudad, como los jardines del palacio Changdeokgung, Patrimonio Cultural de la Humanidad, cuyo rincón más apacible es un jardín secreto, pequeño paraíso de la horticultura. O el discreto e interesantísimo Museo del Mueble, lleno de piezas minimalistas, auténticas obras de arte. En sus jardines nos vestimos con los tradicionales hanbok y estuvimos deambulando envueltos en chaquetas de seda multicolor, tropezando a causa de los pantalones demasiado anchos y disfrutando de la espectacular vista de la ciudad.  

Ángel López Soto

Comimos en la sede de la fundación Arumjigi, dedicada a la preservación de la cultura y fundada por una encantadora Mrs. Hung, que pertenece a una de las grandes familias propietarias de un grupo editorial. Nos ofreció una exquisita muestra de nouvelle cuisine coreana a base de verduras fermentadas y marisco, lo que llaman K-Food. La etiqueta es sencilla, pero estricta: no se empieza a comer antes de que la gente mayor lo haga, se espera que a uno le sirvan, no se bebe antes que los demás y, sobre todo, nos avisan de que no se plantan los palillos en el arroz, porque es así como se presenta el incienso en los funerales. Después del postre, nos deleitaron con un concierto de Komung Ho, instrumento que tiene más de dos mil años de historia y que paradójicamente suena moderno, como todo en este país

Conservación del legado cultural

En Corea se nota una obsesión por conservar el acervo cultural. Prueba de ello son los numerosos museos, grandiosos. En el de Arte Contemporáneo se pueden encontrar sorpresas como los cuadros del pintor Lee Jung Seob, cuya vida y obra son una metáfora del sufrimiento que ha padecido este país dividido. Otra sorpresa es descubrir que el director de tan enorme institución es un español, Bartomeu Marí, que además es oriundo del pueblo donde veraneo. El mundo es un pañuelo.

Otro restaurante donde experimenté la nueva cocina coreana es en Congdu, un inmueble tradicional, de madera, pero también ultra moderno porque de pronto el techo deslizante se abrió dejando ver las estrellas. Su dueña, la estilosa Vivian Han, lleva dos décadas dedicada a la nueva cocina, “puente entre historia y cultura”, como dice. Nos cuenta que hace poco localizó una salsa de soja ¡de 300 años! Vivian Han es un ejemplo de un número creciente de mujeres que luchan por salir adelante solas en un mundo donde está mal visto no llegar virgen al matrimonio, pero donde desciende el índice de fertilidad a la vez que aumenta el de divorcios. Tiene setenta empleados en sus restaurantes y tiendas, y mientras nos habla de cómo la tradición patriarcal castiga a las mujeres independientes, nos ofrece una sopa de tofu con almejas, una ensalada de algas con vinagreta de cebollino y unas tiras de solomillo adobadas por una salsa de soja… de solo 15 años de antigüedad. A los coreanos les gusta lo agrio; de hecho, me entero de que han inventado la fermentación. Intuyo que la dieta tradicional a base de arroz, pescado y verduras fermentadas es responsable de que apenas se vea gente con sobrepeso. Aquí se come sano, tanto en la calle como en los restaurantes de lujo.

La K-Food forma parte del K-Style, un estilo muy coreano de hacer las cosas, que se está imponiendo por sí solo en los países asiáticos y en parte del mundo. ¿Quién no ha escuchado la canción Gangnam Style, éxito que ha pulverizado el récord histórico de YouTube y que ha puesto el fenómeno del K-Pop en la escena mundial? Es solo un ejemplo porque el K-Pop, el K-Drama, la K-Beauty y la K-Food son los pilares de esta nueva cultura, singular y seductora, que cohabita con la tradicional.

Ángel López Soto

¿De dónde viene esa vitalidad cultural? ¿Esa pujanza que se siente en las calles? Probablemente sea una reacción a la miseria y a la ruina en las que Corea se encontró después de una guerra civil atroz. Todo estaba por hacer en un país sin recursos naturales y destrozado. La única riqueza era su estoica población, sostenida por una cultura ancestral basada en el confucionismo, una filosofía social que pregona –entre otras cosas– el respeto a los mayores y al maestro. Tanto es así, que los automóviles son blancos, grises y negros según la edad de sus conductores. Blancos para los jóvenes, plata para los de mediana edad y negro para los sénior. De modo que en los aparcamientos públicos el empleado ya sabe a quién dar preferencia. La gente no olvida nunca su lugar en la jerarquía, y el estatus al que todo coreano aspira lo consigue gracias a la educación. Para Confucio, la educación define a una persona civilizada. Pues en Corea hay 211 universidades, de las cuales diez aparecen en el ranking de The Economist. El 98% de los estudiantes acaba la secundaria y el 60% se gradúa. Ha sobrepasado a Finlandia como el país más educado del mundo, y eso el viajero lo nota en seguida: en el comportamiento amable y cercano de la gente, y en la seguridad en sus calles. Cada vez que me he encontrado mirando un mapa en una esquina, alguien se ha acercado preguntándome si me podía ayudar. Y lo han hecho siempre con una simpatía que al final se ha convertido en uno de los mejores recuerdos del viaje. 

Culto al pop y a la belleza

Corea está llena de gente afable y guapa como las azafatas del avión. Las mujeres lucen el cutis de las estatuas de porcelana del espléndido Museo Nacional. El culto a la belleza es otra de las características de esta emergente cultura pop: no es raro que al terminar el bachillerato las chicas pidan a sus padres como regalo una operación de cirugía estética, en general suavizar el pliegue de los ojos, o reforzar la forma de la mandíbula. Vi a varios a hombres y mujeres pasearse con la cara vendada, y me dijeron que estaban recién salidos del cirujano plástico. Aquí se asume como algo normal. Este fervor de lo que se llama K-Beauty viene acompañado de un entusiasmo por los cosméticos. En el barrio de Itageon, el preferido por los extranjeros, las tiendas de cosmética coreana se suceden una tras otra y están repletas de gente joven probándose cremas para la piel. Así lucen esa tez tan perfecta, ellas y ellos.

Ángel López Soto

Cosmopolita y sofisticada, elegante y conservadora, Seúl guarda celosamente sus secretos en la parte norte, la ciudad vieja, cuyos coloridos mercados mantienen viva la rica tradición culinaria. En Bukchon, un área donde las viviendas tradicionales de madera, los Hanok, han sobrevivido a la vorágine inmobiliaria, no se habla de economía digital sino del uso de las flores de loto o las ventajas para la salud de los alimentos fermentados. Es la otra cara de la modernidad, esta es la Corea antigua y eterna cuyo corazón sigue latiendo tanto en la ciudad como en el campo.

La zona de demarcación

Gracias a la amabilidad de Gonzalo Ortiz, embajador de España, pude conocer la zona de demarcación, la frontera que separa las dos Coreas. Aprovechando que debía entrevistarse con el alcalde de la pequeña ciudad de Sokcho, fuimos en coche por un paisaje de suaves colinas muy verdes hasta el otro lado de la península. La hermosa playa alambrada indica la proximidad del norte. Al final llegamos a un edificio, que conserva un museo, y luego a una explanada con telescopios. A lo lejos se vislumbran vehículos militares y torres de vigilancia. Otro mundo. “Eso no es un país, es una secta”, nos dice nuestro conductor. Para los numerosos turistas locales –la mayoría gente mayor– el paisaje yermo del norte es un recordatorio de que viven en un país que sigue oficialmente en guerra. Y que el horror puede volver a producirse. De hecho, unos días después de nuestra visita el régimen norcoreano hizo explotar un artefacto nuclear no muy lejos de esta frontera. En el sur ni se inmutaron. Los jóvenes han crecido inmunes a este tipo de amenaza y no creen que nada malo pueda pasar, pero los mayores, que al mirar con emoción las fotos antiguas del museo de la Zona de Demarcación reviven los horrores del pasado, no lo tiene tan claro.  

Después de comer un saludable bibimpap, plato popular de arroz con verduras salteadas y una galaxia de platitos con tiras de carne, huevos, pescado, pasta de guindilla y aceite de sésamo, fuimos a disfrutar del plato fuerte, la visita al alcalde de Sokcho. Nos recibió un hombre fornido y campechano, deseoso de estrechar lazos con España. Tras una animada conversación con el embajador, nos obsequió con una caja muy bien envuelta. Pensé que habría libros, o algún delicatessen coreano... En España los alcaldes regalan aceite de oliva o un calendario, pero aquí no: la caja contenía ¡unos frascos de cosméticos para hombre!

Las buceadoras de Jeju

Eva Armisén, una pintora y dibujante española que triunfa en Corea, me habló de un descubrimiento que la había conmovido. Regresaba de la isla de Jeju, el mayor destino turístico del país, famoso por sus playas de arena blanca y sus campos de golf. Había descubierto las mujeres marinas, las haenyeo, de las que hoy sobreviven unas 4.500 (había 26.000 en los años 60). Estas mujeres solo usan aletas y gafas y bucean en apnea, o sea, a pulmón, para recoger conchas de oreja marina y pulpos en aguas heladas.  Se sumergen hasta cien veces al día. Es un trabajo duro y peligroso. La mayoría tienen más de 65 años porque las jóvenes prefieren emplearse como camareras en los resorts de la zona. El año pasado murieron tres; más de cuarenta desde el 2009. “Las primeras madres trabajadoras del país”, como las ha llamado algún periodista local, han sido reconocidas por la Unesco en 2016 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.