Ciudades tocayas a ambos lados del Atlántico

¿Una Zaragoza en Colombia? Y también una Cuenca en Ecuador y una Valencia en Venezuela. Repasamos algunas metrópolis que comparten nombre pese a estar separadas por el gran charco.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: ISTOCK

Solo hay que mirar un mapa con atención para caer en la cuenta de que está cuajado de ciudades homónimas que, muchas veces, en nada se parecen. Ciudades que están unidas por el mismo nombre y a su vez separadas por el Atlántico. Son la herencia del descubrimiento, la nostalgia de los conquistadores españoles que las bautizaron igual que a su tierra de origen.

Con este gesto a modo de homenaje, el globo se llenó de títulos de la "madre patria" a ambas orillas del océano. Y la historia fue acoplando sus costumbres diversas en cada una de estas urbes tocayas. Una circunstancia que provoca no pocas situaciones delirantes. Porque ¿acaso puede concebirse una Córdoba sin geranios, una Salamanca sin Universidad o una Guadalajara que baila al son de mariachis y tequila?

Córdoba (Argentina)

Aunque hay más de cincuenta Córdobas desperdigadas por el mundo, es la argentina (con permiso de la nuestra tan bella) la más conocida de todas. Una ciudad extensa, emplazada en plena pampa, que poco o nada tiene que ver con los patios perfumados de flores que definen la localidad andaluza. Sin mezquita y sin flamenco, fue denominada así porque su fundador, Jerónimo Luis de Cabrera, quiso honrar con esta mención a su amada esposa cordobesa. Sí tiene la Córdoba de acento argentino, también llamada La Docta, dos grandes pilares culturales: el folclore y la doma de caballos salvajes. Y también una gastronomía sabrosa y muy contundente, algo en lo que sí encuentra un nexo común con la española.

ISTOCK

Zaragoza (Colombia)

Poco saben hoy los maños de su tocaya americana, escondida en el valle del Cauca a la orilla del río Nechí. Una ciudad selvática, húmeda, habitada por especies exóticas, pero codiciada por el oro que guardaba en sus entrañas. Claro que tampoco por estas latitudes, por estas tierras a las que los indios siempre reconocieron como De Paz y de Bien, pueden hacerse una idea del municipio español, tan pulcro y monumental, que se asienta asimismo en un valle horadado por el río Ebro. Hasta aquí todas sus coincidencias. Porque si la primera Zaragoza tiene en las peleas de gallos su máxima expresión jocosa, con la segunda no hay quien rivalice en la celebración del Pilar con sus típicas rondas joteras.

Salamanca (Chile)

En plena montaña se encuentra la localidad chilena que tomó prestado el nombre de la muy noble, muy leal, muy docta y muy sabia, como reza el lema de nuestra ilustre universitaria. Esta vez no fue un conquistador, sino una señora llamada Matilde Salamanca, la propietaria de estas tierras perdidas en la cordillera del país más alargado del mundo, la que bautizó de esta guisa a la ciudad americana, ubicada en la Región de Coquimbo, en la Provincia de Choapa. Una ciudad de gran significado cultural indígena y con una connotación mística que es debida a las múltiples leyendas que vinculan este lugar con las actividades de los brujos.

Cuenca, Ecuador | ISTOCK

Cuenca (Ecuador)

No tiene casas colgadas ni la magia del entorno natural que gasta la ciudad manchega, con su dramática posición sobre las hoces del Júcar y su pintoresco recinto intramuros. Sin embargo la Cuenca de Ecuador ostenta un hermoso título: la llaman la Atenas de los Andes por ser cuna de poetas ilustres y exponente de las artes y las letras. Además, su catedral románica, famosa por las cúpulas celestes, se cuenta entre las más impresionantes de América Latina. Por todo ello, la ciudad ecuatoriana fue declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, un galardón que a su homónima española le había llegado ya tres años antes.

Guadalajara (México)

Dicen que por su huella colonial y por su carácter festivo es más parecida a Sevilla que a la recia urbe castellana. Sin embargo, en esta última había nacido Nuño Beltrán de Guzmán, conquistador del occidente mexicano, que bautizó con su nombre a la que después sería la capital del estado de Jalisco y la cuna del famoso tequila. Guadalajara, en ambos casos, luce en su belleza arquitectónica el rastro de su respectiva historia: la española, con los restos del Alcázar defensivo, las iglesias de estilo mudéjar y los palacios hidalgos; y la mexicana, con un centro histórico neoclásico presidido por la catedral y animado en todas sus esquinas por la música de los mariachis. Por algo esta ciudad inspiró la más pegadiza ranchera.

Guadalajara, México. | ISTOCK

Trujillo (Perú)

En belleza compiten estas dos localidades unidas por el cordón umbilical del nombre. Una de sabor extremeño, amurallada y monumental, con un entramado abigarrado y estrechas callejas empedradas que derivan en la Plaza Mayor. La otra, peruana, del norte, próxima a las costas del Pacífico, agraciada con una impecable arquitectura colonial: coloridas fachadas con balconadas de madera y ventanas con rejas a modo de encaje. Ambas comparten un personaje histórico, Francisco Pizarro, icono de la aventura americana, que nació a este lado del Atlántico y que, tras conquistar Perú, bautizó como a su tierra natal a esta metrópoli americana.

Valencia (Venezuela)

En pleno corazón de Venezuela, cobijada por una cordillera, hay una Valencia sin paella que es la capital de Carabobo. Una ciudad discreta, con un lago llamado Tacarigua, zonas verdes y una plaza de toros que, al igual que en la urbe fallera, destaca por su inmenso tamaño. Menos tranquila y más turística, la otra Valencia, la hispánica, a orillas del Mediterráneo, luce un baño de vanguardia en las antípodas de su hermana. Sobre todo si ponemos el foco en la Ciudad de las Artes y las Ciencias y su arquitectura rompedora.