La ciudad de la libertad se llama Gdansk

Gdansk no sólo es la puerta marítima de Polonia, sino también la ciudad donde la Historia ha escrito muchos de sus capítulos importantes.

Noelia Ferreiro
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Foto: nightman1965 / ISTOCK

Bella y melancólica, pero también vibrante y orgullosa, Gdansk, la mayor ciudad portuaria de Polonia, la carismática dama del norte, lleva muy a gala la herencia que le han dejado siglos de ajetreo, el título que le ha otorgado la fuerza del destino. Porque en esta urbe recostada sobre el Báltico junto a la desembocadura del río Vístula, la historia ha grabado episodios determinantes para la humanidad.

Gdansk es conocida como la ciudad de la libertad. Una ciudad cuyo pasado requiere un enciclopedia completa: contempló el paso de los caballeros teutónicos, fue una de las sedes principales de la Liga Hanseática, consiguió el estatus de ciudad libre, fue la chispa que hizo encender la Segunda Guerra Mundial y alumbró el nacimiento de aquel movimiento obrero nacido en los astilleros y que, liderado por Lech Walesa, puso contra las cuerdas al comunismo.

Marina de Gdansk  | nightman1965 / ISTOCK

Todo ello la convierte en un caso aparte, en un micromundo que la diferencia del resto de las ciudades polacas, al tiempo que le otorga un barniz de sabiduría y tolerancia. Es en la influencia de los mercaderes venidos de todas las partes del globo, en las idas y venidas de la ciudad entre la Prusia teutona y la Polonia eslava, donde  Gdansk ha forjado su irresistible personalidad.

A Gdansk, es cierto, en parte se viene a seguir el rastro de la historia. A visitar el Museo de Solidaridad donde se repasa la resistencia de este sindicato que dio pie a la desintegración de la Unión Soviética. O a descubrir el Nuevo Museo de la Segunda Guerra Mundial, abierto este mismo año en recuerdo en la ciudad que no sólo fue un punto estratégico para Hitler, sino también el lugar donde tuvo lugar la batalla de Westerplatte, capítulo determinante para el estallido de la contienda más cruenta de los tiempos modernos.

Pero pese a su carácter milenario y su pasado tumultuoso, hoy Gdansk es una urbe plenamente integrada en el siglo XXI. Dinámica, cosmopolita y con un sinfín de atractivos para divertirse, su entramado urbano, cuya reconstrucción llevó más de veinte años, exhibe además una belleza única. Nada hay como perderse por sus callejuelas adoquinadas, admirar sus iglesias de ladrillo rojo, pasear bajo majestuosos edificios y echar las horas en sus animados cafés.

Calle Mariacka. | Zheka-Boss / ISTOCK

El Camino Real, un eje formado por las calles Ul Dluga y Dlugi Targ y así llamado por tratarse de la vía por la que desfilaban los reyes polacos en sus visitas, es arquitectónicamente perfecto. Aquí encontraremos una aglomeración de extraordinarios monumentos como el Ayuntamiento gótico, la Casa de Oro, la Corte del Rey Arturo o la Fuente de Neptuno, donde se confunden enamorados y turistas. Muy cerca, la pequeña calle Mariacka es una de las más fotografiadas, con sus estrechos edificios rematados por amplias terrazas, una tras otra, bajo las cuales se suceden las galerías con bisutería de ámbar.

Pero es en el animado puerto sobre el río Motlawa, afluente del Vístula, donde Gdanks aglutina la vida social. Allí se alza la grúa medieval más grande de Europa, uno de los símbolos de la ciudad. Y allí también, en los antiguos almacenes reconvertidos en bares y restaurantes, se podrá hacer una parada para degustar la sabrosa gastronomía polaca. Por ejemplo, los pierogi, una suerte de raviolis con diversos rellenos; o las sopas, de las que existen más de 200 variedades y que a veces se sirven en una hogaza de pan que hace las veces de plato. 

También en los locales del muelle conviene conocer el producto vinculado a Gdansk desde tiempo inmemorial: el goldwasser o agua de oro, elaborado con hierbas medicinales y partículas del preciado metal de 24 kilates. Un trago que no sólo tiene propiedades terapéuticas –al parecer alivia las dolencias reumáticas- sino además efectos potenciadores de la belleza. O eso dicen.