27 / 06 / 2011 Elena del Amo

Costa Rica, diez maneras de vivir la vida más pura de Centroamérica

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Un derroche de clorofila tapiza cada esquina de este país centroamericano a rebosar de selvas tropicales, manglares, bosques nubosos, volcanes y playas asomadas al Caribe o al Pacífico. En Costa Rica, referente mundial del ecoturismo, el único dilema será tener que escoger entre sus decenas de parques y reservas en los que asistir al desove de tortugas marinas, observar el vuelo del quetzal o bucear entre tiburones martillo.

Álvaro Leiva

Con el tiempo, la razón ha acabado poniéndose del lado de Colón. Puede que en su día el almirante no anduviera muy fino al bautizar como Costa Rica estas tierras que descubriera en su cuarto y último viaje a las Américas. Oro aquí, lo cierto es que encontró poco, por lo que esta entonces humilde colonia fue sobre todo poblándose de inmigrantes a los que no se les caían los anillos por trabajar ellos mismos la tierra, en vez de atraer a nobles y buscadores de fortuna, que se decantaron en su mayoría por otros rincones del Nuevo Mundo con, en principio, mayores posibilidades. Tampoco es que se pudiera hablar de una colonización modélica. Que apenas queden indígenas en Costa Rica es buena prueba de ello, por no hablar de los abusos de la oligarquía cafetalera que se formó por estos pagos y que hizo y deshizo hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, el hecho de que no se fraguaran las abismales diferencias sociales que todavía en nuestros días siguen lastrando el desarrollo de tantísimos países del continente es en gran medida responsable de que aquí la riqueza esté mejor distribuida y que este pequeño país sea próspero en democracia, civismo y justicia social. Todo un punto y aparte en la convulsionada región de Centroamérica. Mientras otras naciones del entorno se armaban hasta los dientes, Costa Rica se declaraba neutral y en el año 1949 incluso abolía el ejército, evitándose de este modo guerras y derroches para invertir en bienestar y conservación medioambiental hasta conseguir que su excepcional naturaleza se convirtiera en ese oro que, sin éxito, viniera a buscar Cristóbal Colón.

Un millón largo de visitantes acude cada año atraído por la espectacularidad de sus espacios protegidos. Éstos ocupan la cuarta parte del territorio tico, que es como los costarricenses denominan todo lo suyo por eso de, según dicen las malas lenguas, repetir a cada frase aquello de “un momentico”. Bosques nubosos, pluviselvas, volcanes, playas asomadas al Pacífico o al Caribe y una biodiversidad digna del Guinness la convierten en una meca del ecoturismo a la que se le puede poner el único pero de que, salvo que se disponga de todo el tiempo del mundo, será literalmente imposible abarcar su treintena de parques nacionales, ocho reservas biológicas y su barbaridad de refugios de vida silvestre. En un viaje de entre diez días y dos semanas, que es lo mínimo recomendable, será pues obligado seleccionar a conciencia entre sus más poderosos alicientes.

Las “arribadas” de tortugas marinas. Ya el nombre del Parque Nacional Tortuguero aclara quiénes son las grandes protagonistas de este territorio anfibio del Caribe costarricense. Solo en avioneta o en lancha puede llegarse hasta el corazón de este entramado de manglares y canales por los que navegar en canoa entre sus pluviselvas, morada de más de 400 especies de aves y mamíferos en peligro de extinción como el manatí, la danta, el tolomuco y hasta el jaguar. Se trata de un escenario imprescindible para todo primer viaje al país, sobre todo de marzo a junio, cuando es posible presenciar cómo las inmensas tortugas baulas regresan a la playa en la que nacieron para escarbar en sus arenas el nido en el que depositar cerca de un centenar huevos del tamaño de una bola de billar, que con infinito esfuerzo volverán a cubrir para protegerlos de los predadores antes de perderse de nuevo en el océano. De julio a octubre les toman el relevo las tortugas verdes, la otra especie principal de las varias más que pueden verse en distintas épocas en Tortuguero. Pero hay que llegar hasta las costas del Pacífico para presenciar las más espectaculares arribadas o anidamientos simultáneos de cientos y hasta miles de tortugas marinas que, una vez al mes, en función de las fases de la Luna y durante generalmente de tres a ocho noches consecutivas, vuelven a tierra a depositar los huevos de los que, en alrededor de dos meses, verá la luz una nueva generación. La playa Nancite del P.N. Santa Rosa y el Refugio de Vida Silvestre Ostional son dos de las zonas más importantes del mundo para ver los desoves de la tortuga lora, con picos de anidación entre agosto y octubre, mientras que la Playa Grande del P.N. Marino Las Baulas es el elegido por estos inmensos quelonios, que acuden en mayor medida entre octubre y febrero a desovar sobre sus arenales, bajo la supervisión entonces de los guardaparques.

Las mejores incursiones por la selva. Además de las expediciones en canoa por esa suerte de Amazonas tico que es el Parque Nacional Tortuguero, la infinidad de espacios protegidos de Costa Rica abarca tal variedad de ecosistemas que lo difícil será elegir cuáles tomar y qué otros dejar para una mejor ocasión en el intento de admirar algunas de las 850 especies de aves, 230 de mamíferos, 220 de reptiles, 160 de anfibios, 360.000 de insectos y 100.000 de plantas censadas por sus parques y reservas.

El bosque nuboso del Parque Nacional Braulio Carrillo permite un encuentro muy a mano con la naturaleza del país dada su proximidad a San José y, además, quedar a mitad de camino cuando se viaja hacia el Caribe. A unas cuatro horas de la capital en dirección al Pacífico, el concurrido P.N. Manuel Antonio es verdaderamente imprescindible, con sus fáciles senderos entre la espesura por los que salen al paso adormiladas iguanas o ranas de colores imposibles. También hay que disfrutar su precioso rosario de calitas en forma de media luna hasta las que llegan los secos aullidos de los monos que moran entre sus bosques primarios y secundarios. Para observar aves fabulosas y una apabullante biodiversidad hay auténticos tesoros como el P.N. Carara o la Reserva Biológica Monteverde, entre cuyas neblinas podrá con suerte verse volar al mítico quetzal o, entre tantas otras, la Estación Biológica La Selva, creada en la década de los 50 con fines científicos, pero hoy también abierta al público. Más alejados, pero muy recomendables, son el P.N. Corcovado, una de las zonas con mayor diversidad biológica del planeta, en cuyo bosque tropical virgen todavía quedan jaguares –muy raros aun así de avistar–, la sección tica de la Reserva de la Biosfera La Amistad o el tan distinto P.N. Chirripó, con la cima más alta del país y cuyos cerros y lagos glaciares figuran entre los favoritos de los buenos caminantes y hasta de los escaladores.

Un spa con pirotecnia incluida. El Arenal, el más activo de los volcanes ticos, hay que verlo de noche, cuando entre la oscuridad se distinguen los ríos de lava incandescente escurriéndose por las laderas de su cono perfecto. Puñados de cabañas y hoteles estratégicamente situados permiten a través de sus ventanales admirar el espectáculo sin salir siquiera de la cama. Pero más insólito todavía es asistir a una de sus noches inspiradas –que desgraciadamente no son todas, ya que a menudo las nubes se empeñan en cubrir su cima– sumergido en las aguas termales del Tabacón Lodge. Construido a sus pies, su Spa al aire libre se convierte en un mirador de excepción desde el que pasmarse ante los fuegos artificiales que el Arenal escupe por el cráter cuando se siente de verdad furioso.

Asomarse al cráter de un volcán. En pleno Anillo de Fuego del Pacífico, Costa Rica atesora cerca de un centenar de volcanes, y lo mejor es que algunos de los todavía activos resultan sorprendentemente accesibles. Desde San José, una ciudad destartalada con más bien poco interés, puede emprenderse sin dificultad una escapada a, como mínimo, dos de ellos. Tras una hora y media de carretera entre haciendas ganaderas y paisajes casi alpinos despuntan los 3.432 metros del Irazú, el volcán activo más alto del país, constituido en parque nacional. Un caminito asfaltado serpentea hasta el principal de sus cráteres, en cuyo interior se ha formado un lago de aguas verdosas que son todo un contrapunto de color a los paisajes desolados y lunares que se divisan desde el mirador. A ser posible de mañana, antes de que las nubes trepen hasta la cima, desde tan arriba llega a divisarse en los días despejados el Pacífico y el Caribe, amén de los pueblitos montunos que el coloso puso en jaque durante su última erupción importante, hará pronto medio siglo. También el Poás, encerrado igualmente en el parque nacional que lleva su nombre, se propone como otra de las excursiones más populares desde la capital. A menos de dos horas, tomando la Panamericana hasta desviarse hacia los cafetales y granjas de fresas y flores de sus inmediaciones, por el Poás es posible admirar las fumarolas de su inmenso cráter principal y emprender caminatas por los bosques hasta los otros dos conos de la caldera. Bastante más esfuerzo supondrá asomarse al cráter del Barva y el Turrialba, también cercanos aunque mucho menos frecuentados o, ya en la provincia de Guanacaste, al igualmente difícil de ascender volcán Rincón de la Vieja, de nuevo situado dentro del parque nacional del mismo nombre, en el que nacen una treintena de ríos.

Rafting, también para principiantes. El Pacuare, el Sarapiquí, el Reventazón, el Corobicí, el Parrita, el Peñas Blancas y el General son algunos de los ríos ticos más espectaculares y accesibles para el rafting. Cierto que incluso algunos de ellos tienen tramos de verdadera pesadilla por los que entrenan equipos olímpicos, aunque para infartarse lo justo podrá optarse por niveles más bajos. Simplemente habrá que estar en una razonable forma física, sin necesidad siquiera de experiencia previa. Un rafting de dos a cuatro horas es lo habitual, aunque también hay expediciones de varios días en las que atreverse con los rápidos y cascadas de sus aguas bravas y, salvo que se prefiera regresar al hotel, hacer noche junto al río acampando en plena espesura. Eso sí, como en tantos destinos acostumbrados al turismo norteamericano, antes de emprender hasta la más inocente de las travesías habrá que firmar un certificado en el que se exonera de toda responsabilidad a la empresa organizadora, no sea que alguno se rompa la crisma –raro, aunque siempre es posible con deportes de este tipo– y se les venga encima una demanda de auténtico campeonato.

Volar en tirolina sobre los árboles. Aquí lo denominan canopy y, aunque muy turística, se trata de una experiencia emocionante en la que, sujeto con arneses y demás parafernalia, se vuela literalmente entre las plataformas dispuestas por las ramas de los árboles. En Costa Rica es tan popular, que decenas de espacios naturales cuentan con estas instalaciones para probar al menos unas horas, sobre todo si se viaja con niños.

Las playas del Pacífico. A lo largo de sus más de mil kilómetros, el Pacífico tico alberga, amén de las intactas playas que encierran muchos de sus parques nacionales, otros arenales bellísimos con ambientes bien dispares. Solo hay que dar con lo que cada cual ande buscando para instalarse unos días. Entre las mejores de la península de Nicoya, Playa Hermosa y otras próximas a la península de Papagayo, en la que se concentran algunos de los resorts costeros más exclusivos; las igualmente cuidadas Conchal y Flamingo, en cuyas inmediaciones levantaron sus mansiones algunos ricos y famosos; la más bullanguera y noctívaga de Tamarindo y, también, escondites tan bohemios como la del pueblito pesquero de Brasilito o, al sur, la del alternativo y neohippy poblado de Montezuma o el rincón con aromas de paraíso perdido de Malpaís. Cerca de las playas del P.N. Manuel Antonio hay otras tan surferas como la muy frecuentada Jacó y la más relajada y encantadora Dominical o, acercándose ya a Panamá, las de Uvita, Zancudo y Pavones.

Bucear con tiburones en “Parque Jurásico”. Al parecer fue el universo primario de la Isla del Coco el que inspiró a Michael Crichton su novela, llevada por Spielberg a la gran pantalla, Parque Jurásico. A 500 kilómetros de las costas de Puntarenas, esta remota isla apenas está habitada por unos puñados de guardaparques y científicos que la usan como un laboratorio natural para el estudio de la evolución de las especies. Aunque pueden recorrerse sus senderos, no existen hoteles en este enclave y el desembolso para llegar hasta tan lejos resulta muy considerable, por lo que la mayoría de los visitantes son submarinistas que se instalan en barcos, ávidos por bucear en uno de los fondos marinos más fascinantes del planeta y, sobre todo, hacerlo en compañía de los numerosos tiburones martillo que allí residen.

Sabor caribeño y rastafari en Puerto Viejo. Los descendientes de los jamaicanos, que en el siglo XIX llegaron a la provincia de Limón para trabajar en la construcción del ferrocarril y las plantaciones bananeras de la United Fruit Company, marcan la relajada cadencia del puramente caribeño pueblito de Puerto Viejo. En este escondite de ambiente bohemio, rastafari y surfero incluso tienen su propia lengua: el mek-a-tél-yu, por deformación del inglés may I tell you. Nada que ver con el resto de Costa Rica, y un acierto seguro para vivir unas noches de reggae y reguetón.

El paraíso de postal de Cahuita. Pocos escenarios tan redondos para relajarse unos días al final del viaje como el caribeño Parque Nacional de Cahuita: un rosario de playas de arena blanca a caballo entre unos arrecifes de coral que resultan espléndidos para el esnórquel y la frondosa empalizada de cocoteros, higuerones y almendros de mar que les guardan las espaldas. Es, sin duda, la postal perfecta de lo que debería ser el paraíso.

Los “ticos” y su “pura vida”
“Pura vida”, sí. No se sabe bien de dónde viene, pero al poco tiempo de aterrizar en Costa Rica uno se aprende de corrido esta expresión. Y es que los ticos la usan casi para todo: para saludar y despedirse, para decir que sí o para piropear a una moza. Hasta ellos mismos son muy pura vida, es decir, simpáticos, pachorros, de una calidez en vías de extinción en los países ricos y tan incondicionales de una buena siesta en una hamaca colgada a la fresca como de los culebrones, la música romántica hasta lo empalagoso y los chances y raspa-raspa de las loterías que se venden por doquier. Sin duda, los ticos constituyen otro de los grandes alicientes de este país que se promociona, y con razón, como “Costa Rica, sin ingredientes artificiales”.

Qué llevar en la maleta
Llevar lo justo en la maleta, ni más ni menos, será esencial. Acarrear mucho equipaje en un viaje en el que cada poco tiempo se cambia de hotel siempre es un engorro. No hay que olvidar que en los hoteles se puede dejar ropa para lavar. Para Costa Rica no habrá que olvidar gafas de sol, gorro y protector solar, un pequeño botiquín (incluidas tiritas, repelente y algo para aliviar el escozor de las picaduras), muchas camisetas, pantalón corto, bañador y chanclas de playa, calzado cómodo y antideslizable para las caminatas, ropa ligera y algo holgada –preferiblemente de lino o algodón–, además de alguna prenda de manga larga para cubrir brazos y piernas en las horas en que los mosquitos hacen de las suyas, así como un impermeable o capa de agua y ropa de abrigo para los cambios bruscos de temperatura en zonas montañosas. Resultan útiles también unos prismáticos para los avistamientos de aves, una pequeña linterna y un adaptador universal de enchufes. Las espirales antimosquitos suelen venir bien si no se va a alojar en establecimientos lujosos.

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