Cartagena de Indias, música y tesoros de la Joya del Caribe

Acaba de asomarse a las pantallas "El amor en los tiempos del cólera", la adaptación de la novela más querida por Gabriel García Márquez, rodada en esta ciudad de gracia infinita. El cinturón de murallas que la defendieron de piratas e invasores encierra un casco antiguo jalonado de plazas, iglesias, conventos, cuarteles y caserones de postín que le ponen fácil al viajero la tarea de imaginar.

Elena del Amo

En cuanto uno se cuela por el tajo en la muralla que abre la Puerta del Reloj y deambula entre el entramado de plazas, balconadas y caserones coloniales que encierra el corralito de piedra -que es como llaman a la vieja ciudad intramuros-, entiende por qué la adaptación al cine de la novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera, que acaba de estrenarse en España, no podría haberse rodado en otro sitio.

A punto estuvo, sin embargo, de no haber sido así. El productor de la película, norteamericano, la descartó en un principio incluso a sabiendas de que ninguna como esta ciudad del Caribe colombiano podría enmarcar los 51 años, nueve meses y cuatro días de terca determinación de Florentino Ariza por enamorar a Fermina Daza. Sólo una llamada a tiempo del vicepresidente colombiano le convenció para darle una oportunidad a Cartagena.

Con esta elección la ciudad se apuntaba varios tantos. Por un lado, podría pasear por las pantallas de medio mundo ese poso colonial que la convierte en una de las villas más bellas y mejor conservadas de América Latina. Por otro, el hecho de que el rodaje discurriera sin contratiempos daba una prueba más de que el país ha dado grandes pasos últimamente en cuestiones de seguridad.

La propia Organización Mundial del Turismo quiso apoyar el despegue de Cartagena como destino turístico internacional celebrando en ella el pasado noviembre su Asamblea. Y tampoco pueden considerarse hechos casuales que en la Plaza de la Aduana acabe de inaugurarse un Hard Rock Café, o que los cruceros que surcan el Caribe y que durante unos años dejaron de recalar en su espectacular bahía vuelvan a hacer escala en su puerto.

Las calles y plazas adoquinadas de su casco viejo no habrán de hilvanarse todas las veces que el cuerpo aguante y sin obligarse a seguir una ruta fija. Porque a lo que sobre todo se presta esta Cartagena de piedra y balcones floridos es a dejarse guiar por la emoción de ir rescatando el pasado, que le chorrea por las grietas de cada uno de sus muros, y salpimentarlo con el desparpajo de los costeños que salen al paso, unas gentes cariñosísimas de un talento innato para convertir en parranda cada encuentro, ya sea en una mañana de mercado o en las noches de rumba.

No es la suya una belleza de esas de mírame y no me toques. Aunque bien restaurada, la Cartagena intramuros, fundada en 1533 por el madrileño Pedro de Heredia, está usada y bien usada. Porque los cartageneros, y sus visitantes, se sirven de la ciudad vieja para lo más cotidiano, y esto le multiplica el encanto a este puerto del que partían hacia España las riquezas del Nuevo Mundo y que la Corona, para blindarla de los piratas, tardó todo el XVII y el XVIII en ver fortificada con los 11 kilómetros de murallas, baluartes y fortines que acotan su casco antiguo. Como ocurre en sus conventos de Santa Teresa y Santa Clara, en donde antes se persignaban las monjas puede que hoy asome un hotel de lujo y regusto colonial. También el antiguo Monasterio de los Agustinos y el claustro de la Merced se han reciclado como sedes de la Universidad, e incluso sobre las ruinas de la iglesia de este último se levantó el Teatro Heredia, una bombonera que sigue acogiendo los eventos de más relumbrón. La casa del marqués de Valdehoyos ejerce a su vez como centro de exposiciones, y hasta en la antaño morada de algún rancio noble de menos nombre ha plantado sus reales una escuela de música. Decenas de otros caserones con varios siglos a sus espaldas y tocados en lo más alto por miradores desde los que, en otros tiempos, se espiaba la llegada de los barcos han ido, en los últimos años, abriendo sus puertas convertidos en hotelitos con sabor.

De igual manera, bajo las bóvedas de un viejo cuartel entre los fuertes de Santa Catalina y Santa Clara pueden hoy adquirirse las mejores artesanías, y los almacenes en los que se visaban las mercancías llegadas a puerto albergan el Museo de Arte Moderno. Y donde antaño quedaban las oficinas reales en la Plaza de la Aduana, hoy se ubica la Alcaldía, con el matutino remolino de vecinos sofocados bajo un sol de justicia para saldar alguna cuenta. Justo al lado, en la Plaza de los Coches, los pórticos que presenciaron uno de los mercados de esclavos más atroces del Caribe cobijan hoy a las vendedoras de dulces que, con su acento irresistible, le declaman al que pasa las cocadas de maní o bolitas de ajonjolí. Limpiabotas, panaderos y hasta arreglagafas ofician también por sus inmediaciones, mientras que más de uno, como para hacerle burla a la regia pose de conquistador de la estatua de Pedro de Heredia que preside la plaza, dormita en un resquicio de sombra aunque sin dejar de marcar con el índice el ritmo del vallenato o la champeta que estalla a sólo dos pasos. Plazas que, como la de Bolívar, antaño concentraran el poder de la metrópoli hoy les pertenecen a los jubilados de guayabera y sombrero de paja volteado -o, mejor dicho, voltiaó-, que juegan al ajedrez y arreglan el mundo al frescor de la fuente en la que las palanqueras reposan por unos instantes sus cargamentos de papaya y sandía fresca. En los flancos de esta plaza, tan pródiga en mangos y palmas que apenas deja ver la estatua ecuestre del Libertador, pueden visitarse el Palacio de la Inquisición, una de las mejores muestras de arquitectura civil de la época, y el Museo del Oro, con su colección de legados de culturas precolombinas. A sus espaldas le queda la recién restaurada Catedral, que sobrevevivió al ataque del pirata Drake en 1586, mientras que en otro de sus costados, junto al Portal de los Escribanos en el que Fermina rechazara a Florentino Ariza, aparece el hoy llamado Portal de las Reinas, donde en una especie de Paseo de la Fama de Hollywood lucen adoquines con los nombres de las bellas oficiales de las últimas décadas, que no podían menos que llamarse Edna Margarita, Shirley y otros nombres tropicales, y cuya elección cada noviembre es aquí un evento tan importante como la Feria Taurina lo es en enero.

Esta ciudad, patrimonio de la Humanidad de los merecidos, enamora por lo apabullante de su legado monumental de cúpulas, de balconadas y rejas, de casonas de patio mudéjar y de iglesias del XVI y el XVII como Santo Domingo, San Pedro o Santo Toribio. Basta caminar por su cascarón colonial para comenzar a fantasear con cómo sería el día a día de sus conventos, sus cuarteles y sus mansiones de postín. Pero lo cierto es que Cartagena casi llega más al corazón por el detalle; por lo sutil que empieza a aflorar cuando se intima con ella. Por eso una vez reposados los primeros vaivenes por el rosario de callejuelas que enlazan la Plaza de los Coches y la de la Aduana con las de de San Pedro y Santa Teresa; las de Santo Domingo y Bolívar con las de La Merced, Fernández Madrid y San Diego, a Cartagena se la empieza a querer más aún por todo lo que tiene de andar por casa. Por esos nombres de calles que saben explicar con tanta gracia los conductores de las calesas del casco viejo -la de Tumbamuertos, que se ganó el apodo por el bache que hacía volcar a su paso los ataúdes de los coches de caballos; o La Mantilla, en recuerdo de la joven desfl orada que se ahorcó con su chal al marchársele el novio a Puerto Rico-. Y por ese talento de los cartageneros que se buscan la vida al grito de agüita fresca o, termo en mano, ofreciendo tintos de café en plena calle, sirviendo granizados en sus carretas de raspao o, plantados con su móvil bajo una sombrilla de cualquier esquina, ganándose el pan como centralitas ambulantes.

Cada quien, entonces, verá una ciudad diferente, porque cada uno habrá topado con personajes irrepetibles... Con la viejita que le da a probar alguna de las golosinas que lleva tres décadas despachando en el Portal de los Dulces o con el que se presenta, así sin más, como el mejor bailarín de reguetón de la ciudad; con el librero de más arte o el restaurador que, saltándose la hora del almuerzo, le cuela al taller de lo alto de San Pedro donde devuelve lustre a vírgenes ajadas y lienzos enmohecidos por los años. Con el vendedor ambulante que publicita con sorna su mercancía de esculturas falsifi cadas al grito de "boteritos, boteritos, gordas de Botero", o con el papito que le alegra la mañana a un par de orondas mozas, en este caso de carne y hueso, susurrándoles un zalamero "gorditas, gorditas".