Byron Bay, la meca australiana del buen rollo

Esta población playera, hedonista y desinhibida, es un edén de hippies y surferos donde se da un estilo de vida desenfadado y libre

 

Noelia Ferreiro
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Foto: Camila1111/istock

Los bares lucen adornados con los retratos de Jimmie Hendrix o Janis Joplin; las calles inmortalizan poetas como Keats, Jonson o Shelley; y la música, cadenciosa banda sonora, corre a cargo de los melenudos de barba frondosa, ajados y sonrientes, que pueblan este rincón único de la remota Oceanía.

 

Byron Bay es la tierra prometida de Australia, el lugar donde uno puede quedarse un par de días, una semana o una vida entera. Una pequeña población, emplazada a unos 700 km de Sidney (y a 170 de Brisbane, la tercera ciudad del país), que no sólo es uno de los destinos más célebres del estado de Nueva Gales del Sur, sino también uno de los más visitados.

Su aura, hedonista y desinhibida, ejerce una atracción irresistible. Mochileros, surfistas, hippies un tanto trasnochados, música en directo todas las noches y buenrollismo playero. Poco más (y poco menos) se puede pedir a este refugio del sol y las olas que propicia (quien lo conoce lo sabe) una evasión de la realidad. Muchos bares, mucha gente joven y una estética anclada en el new age que rinde culto a lo orgánico y lo natural, incluidas las hierbas de todo tipo.

A Byron Bay, que se asienta en el punto más oriental del continente rojo, se viene sobre todo a desconectar, a acumular bronceado y a empaparse de esa atmósfera happy forever que tiene también, seamos francos, mucho de postureo. Por ello el resultado de tanto trasiego es una amalgama multicultural, un desfile de razas y de idiomas que tiene también su reflejo en la gastronomía, con restaurantes especializados en –casi- todos los fogones del mundo.

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El principio de todo, sin embargo, estuvo en el surf, que tuvo mucho que ver en el desarrollo de Byron como un destino alternativo. Porque cuentan los expertos que aquí las olas, tubulares y rápidas, proporcionan inmejorables lecciones para la práctica de este deporte que lleva también asociado una idiosincrasia peculiar.

Lo cierto es que las playas, con o sin tabla, son de una belleza soberbia, enmarcadas por un bosque tropical que se acerca hasta la arena dorada. En ellas no sólo se cabalgan las olas (para ello habrá que ir a Pass, Wategos y Little Wategos); también se practica yoga al amanecer, se disfruta de masajes relajantes y se prueban medicinas alternativas tan acordes con este lugar.  Si se trata de ver y ser visto,  Main Beach, la más cercana al pueblo, es el escaparate principal. Y si lo que se quiere es tostarse al sol, la opción será Seven Mile, blanca y deshabitada.

Byron Bay, no lo hemos dicho aún, goza además de un entorno maravilloso más allá de su animado ambiente. En su loca orografía de verdes y redondeadas colinas, los ríos del hinterland se encuentran con la línea costera, proporcionando rincones solitarios donde escapar del bullicio. El más fotogénico es el Cabo de Byron, al que se accede por un sendero desde la playa de Clarkes y bordeando después un promontorio. Las vistas de 360 º desde la cima, junto al faro, en el punto donde tiene lugar el primer amanecer de Australia,  incluyen el paso de delfines y, con suerte, de alguna ballena despistada que suele frecuentar estas aguas.