En bici por los volcanes de la Araucanía

Esta región chilena que vio crecer a Pablo Neruda es, además de un inexplorado rincón con una naturaleza única, la tierra sagrada de los mapuches.

Noelia Ferreiro
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Foto: tane-mahuta / ISTOCK

Hay algo de jurásico en la Araucanía, la región que marca el inicio del sur húmedo de Chile, a unos 670 kilómetros de Santiago. Empezando por el nombre, que se lo toma prestado a la araucaria, ese árbol con copa en forma de paraguas que es un auténtico fósil viviente: cuentan que los dinosaurios devoraban sus hojas espinosas hace la friolera de doscientos millones de años. El mismo árbol que aún hoy tapiza sus laderas y al que se sigue adorando como un dios en estas tierras de bosques milenarios encajadas en la antesala de la Patagonia.

La araucaria, que sólo crece en este rincón chileno y en una pequeña franja de Argentina, está declarada monumento nacional. Pero no es la única joya del lugar con la que la naturaleza se expresa en su estado más puro. Estos parajes de belleza casi desproporcionada albergan nada menos que cinco parques nacionales y once reservas, unas 300.000 hectáreas protegidas y deslumbrantes extensiones de selva templada.

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Y por encima de este manto, elevando su silueta al cielo como guardianes naturales, están los volcanes, indisociables del paisaje araucano. Volcanes como el Villarrica, que se cuenta entre los más activos de Sudamérica. Un cono perfecto, como el dibujo de un niño, a menudo coronado por una fumarola sobre su cumbre de nieves perpetuas. A sus pies, además del lago del mismo nombre, se extiende Pucón, el más famoso centro vacacional de los Andes. Un idílico pueblo de casitas de madera donde los hoteles, las múltiples agencias de viaje y los restaurantes de la Calle Fresia destilan un ambiente joven y montañero.

Desde aquí será buena idea aventurarse a hacer una ruta en bicicleta por este territorio marcado por la estela que dejó Pablo Neruda. El poeta vio transcurrir su adolescencia en la capital, Temuco, donde él mismo escribió que nació “a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia”.

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Pedaleando al ritmo elegido, y a lo largo de diferentes etapas, los senderos discurren entre verdes colinas, ríos tumultuosos y lagos de origen glacial que en invierno resultan solitarios y melancólicos, como espejos que devuelven el perfil de las montañas blancas, pero que después se convierten en hervideros de bañistas cuando aparecen los calores.

En bici se pueden descubrir también los diferentes colosos de fuego. Porque el Villarrica, al que antaño se denominaba Rukapillán -algo así como ‘la casa de los demonios’- no es el único volcán de la región. Tan majestuosos como él, aunque no siempre con destellos y cenizas, otros como el Llaima, el Quetrupillán, el Tolhuaca, el Lonquimay… se perfilan en el horizonte. Y por encima de todos se erige el Lanín, que con sus 3.747 metros, es el más alto del lugar.

Avanzando entre belleza natural, nada como empaparse por el camino del patrimonio ancestral de la Araucanía: el del pueblo mapuche, la mayor cultura originaria del cono sur americano. Es fácil toparse con estas gentes envueltas en sus ponchos donde, entre cerros, prados y caballos salvajes, desarrollan sus actividades relacionadas con la tierra. Donde viven y trabajan como si nada hubiera acontecido desde el principio de los tiempos.