Belleza impresionante de la Costa Amalfitana

A tiro de piedra de Nápoles, la treintena de kilómetros de la Costa Amalfitana queda salvada por una carreterita montuna con espectaculares vistas. Positano, una de las mecas de "la dolce vita", la antigua república marinera de Amalfi o el romántico nido de águilas de Ravello, tan cotizado entre aristócratas y artistas, van asomando al doblar cada curva entre mansiones, calas y huertos de limones, con siempre alguna terraza encarada al Mediterráneo en la que paladear el epicúreo arte de vivir que se cultiva en la "costiera".

Elena del Amo

Ciertamente no consta que a los señores de la Unesco les plantaran ante un surtido de las gloriosas mozzarellas que da esta tierra y les pusieran en el brete de tener que contestar si acaso no merecía aquello ser Patrimonio de la Humanidad. Ningún indicio apunta a que las negociaciones para incluir hace unos diez años a la Costa Amalfitana en su laureado listado se sirvieran de estas tretas tan a la napolitana. Entre otros motivos, quizá, porque la espectacularidad de los pueblitos de la costiera, descolgados a la vertical entre el mar y las pendientes de vértigo de los montes Lattari, se basta y se sobra para haberse ganado este honorable puesto por méritos propios. Sin embargo, cualquiera que haya tenido la fortuna de probar las mozzarellas de búfala y de vaca, de fior di latte y hasta ahumadas, en forma de trenza o de bocconcino con las aquí que se puede empezar un almuerzo, votaría por unanimidad para que ellas solitas fueran protegidas por las más altas instituciones en beneficio del género humano. Y qué no decir de los sabrosos tomates que suelen acompañarlas. O de sus aceitunas oscuras, de los aromas de albahaca que alegran sus ensaladas, de vinos como el Fior d''uva de Furore o el Episcopio Rosé de Ravello, o de los lustrosos limones que adornan como los jardines y huertos que, escalonados en terrazas, resbalan por sus laderas y resultan imprescindibles para elaborar el licor de limoncello de los aperitivos.

Una preciosa esquina al borde del Mediterráneo
Ahora bien, son pocos los que se acercan hasta esta preciosa esquina del Mediterráneo por el simple placer de entusiasmarse con los productos de la tierra. Pero son menos aún los que marchan sin haberlos probado y sin, desde entonces, dejar un solo día de añorarlos. Y es que, si algo sorprende más que la belleza de este tramo de costa acotado al sur de Nápoles, entre Sorrento y Salerno, es que, a pesar de los vaivenes turísticos -insufribles en verano, con autobuses en peregrinación formando atascos por sus carreteritas al borde del precipicio-, sus sabores de siempre se hayan sabido cuidar tan sabiamente y el arte de vivir se siga cultivando como un valor al alza.

No puede ello garantizar sin embargo que hoy, cuando el turismo de masas campa también por este rincón tan solicitado por ricos y famosos, una pizza en un quiosco no pueda llegar a ser tan triste como una paella en un chiringuito costroso. No, el milagro no llega a tanto ni siquiera estando la costiera tan a tiro de piedra de Nápoles -la cuna de la pizza-, ni con tantas madonnas y tantos santos con mando en plaza en las veneradas iglesias de los pueblecitos amalfitanos. Pero el milagro sí ha permitido que aquí todavía se valoren sobremanera insignificancias como que el tomate sepa a tomate o que no dé pereza ir a buscar las mozzarellas a alguna granja cercana en la que se elaboran a mano, como se ha hecho toda la vida. Y hasta para que en medio de tanto guirigay estival a pie de playa y tanto vaivén de glamour y lujo en sus hoteles exclusivos queden aún pueblos tradicionales como el cautivador Ravello, con viejos de gorra y bastón y mammas que se quitan el delantal para, al caer la tarde, llevar a los niños a jugar al balón a una plaza con siglos de historia superpuestos en sus muros.

Selecto escondite de la flor y nata
Antes incluso de los años locos de la dolce vita , la aristocracia europea se había fijado ya en esta cornisa de una treintena de kilómetros de mar y montaña tan acertadamente ensamblada por los dioses y tan aislada por entonces del resto de los mortales. Porque, de tan abrupta, no hubo forma humana de llegar a ella -salvo en barca- hasta que Fernando II de Borbón decidiera allanarle el paso a mediados del XIX mandando construir el sinuoso camino que hoy, convertido en la estrecha strada statale 163, va hilvanando los pueblos de la costiera ante unas panorámicas y unos barrancos de quitar la respiración.

De la mano del dinero, como suele acontecer, llegó también el arte en busca de inspiración. Si en 1819 Turner atrapaba su luz generosa en los bocetos que hoy lucen las salas de la Tate Gallery de Londres, en la primavera de 1880 Wagner dejaba impregnado en su Parsifal el aroma de los jardines de la bella villa Rufolo de Ravello. Si D.H. Lawrence invocaba a las musas que habitan este delicioso pueblo encaramado a las alturas para pergeñar algunos capítulos de El amante de lady Chatterley -que tanto revuelo causara por su tono subio al publicarse en la Inglaterra posvictoriana-, décadas antes Ibsen había escandalizado también lo suyo al aplaudir la emancipación de una mujer en su Casa de muñecas , que fue escrita en el hotel Luna de Amalfi. Este escondite de pescadores y campesinos se había convertido en un secreto a voces entre nobles e intelectuales. Lord Byron, Goethe, Virginia Woolf, Grieg, André Gide, Graham Green, Miró, Picasso y hasta Boccacio, mucho antes que ellos, figuran entre la legión de incondicionales que a lo largo de los últimos dos siglos se ha atraído la costiera , rivalizando a la hora de ganarse a la flor y nata con la mismísima y próxima isla de Capri. Y por si con ello no bastara, la gran pantalla y las revistas del cuore se encargaron bien entrado el siglo XX de que su fama se hiciera también eco entre el común de los mortales. En esta ocasión fue la no menos espectacular villa Cimbrone de Ravello la que cobijara en los años 30 un amorío nada discreto -muy a su pesar- entre Greta Garbo y el director de orquesta Leopold Stokowski.

El canto de las sirenas que atrajo a Ulises John Steinbeck se deshizo también en elegios para con Positano desde que Alberto Moravia le recomendara en 1956 un garbeo por este pueblecito que se trepa por los riscos con sus casitas de colores frente a un mar deslumbrante; y Humprey Bogart, John Huston y Truman Capote se ganaron un puesto de honor en el bar del hoy deliciosamente remodelado hotel Caruso de Ravello, mientras los paparazzis abrían la temporada de caza cuando el primer VIP se registraba en otros hoteles míticos como Il San Pietro o Le Sirenuse. Muchos, seguramente en busca de mayor intimidad, acabaron haciéndose por estos deliciosos pagos una mansión con espectaculares vistas, como Sofía Loren y Franco Zeffirelli, a cuyas fiestas llegaron a acudir desde Lawrence Olivier hasta Liz Taylor con Richard Burton, Tennessee Williams y Liza Minelli; o Rudolf Nureyev, que se compró nada menos que los tres islotes de Li Galli en los que Homero creyera oír el canto de las sirenas que tentaron a Ulises.

Sí, porque no sólo de farándula vive la costiera. Ingrediente fundamental de la seducción que ejerce es, claro, ese poso de glamour que le sigue chorreando incluso en estos tiempos en los que ha dejado de ser un coto exclusivo de la gente guapa, amén de por supuesto el dramatismo de sus paisajes en pendiente o de su forma de vida, tan mundana y al tiempo tan apegada a la tierra. Pero este pedazo de paraíso se quedaría cojo si todos estos activos no estuvieran entreverados con el empaque que los siglos le dejaron de herencia a sus hermosos pueblos.

Un enclave inaccesible con mucha historia Hace la friolera de unos 1.500 años, un puñado de familias patricias, emigradas de Roma para huir de las invasiones bárbaras, ya se había hecho fuerte en algunos de los enclaves más inaccesibles de esta costa. Aunque fue a partir del siglo IX cuando ésta se coló por la puerta grande a lomos de la historia. Amalfi, convertida en la primera de las cuatro repúblicas marineras de Italia -a la que seguirían Venecia, Génova y Pisa-, fue erigiéndose en un foco de poder y conocimiento respetado en todo el Mediterráneo, mientras Positano crecía al calor de una abadía y Ravello se acicalaba con palacio, jardines, iglesias y piazzas , al ser elegida por el papa Víctor III como sede episcopal. Gracias a sus tratos de favor con Constantinopla, la República de Amalfi funcionó hasta el siglo XII como una de las potencias comerciales y navales más pujantes de estos mares, engalanándose con edificios que estuvieran a su altura. Eso sí, al igual que ocurriera en Ravello, sus vecinos obraron con discreción. Sus fachadas, vueltas como un anfiteatro hacia el mar, lucían inevitablemente expuestas a la vis- ta de sarracenos y otros enemigos de paso, por lo que sus vecinos tuvieron la audacia de camuflar el refinamiento de sus palazzos bajo desnudos y altos muros para que, observados desde la lejanía, no resultaran especialmente golosos a la vista de un saqueador en potencia.

Las calles estrechísimas de Amalfi también hacen gala del ingenio que desarrollaron sus constructores, pues las idearon como un laberinto capaz de hacerse replantear el ataque al más convencido de los invasores. Y hasta sus hechuras empinadas vuelven a hablar de la sagacidaz de sus gentes, empeñadas en multiplicar verticalmente el escaso terreno que la naturaleza les ofrecía para construir y hasta para cultivar.

Arquitectura, naturaleza y arte de vivir
Alrededor de su catedral, dueña y señora del emocionante claustro de aires morunos que antecede a la entrada del templo, discurren las idas y venidas del gentío que invade Amalfi en verano y que apenas logra diluirse por la maraña de callejones y plazas que desde sus alturas va a descollar al puerto. Pero incluso atestada, a la antigua república habrá de rendírsele una visita inexcusable. Y una vez caminada a fondo, habrá de tomarse una decisión: hacer lo propio por los otros grandes nombres que son el santo y seña de la Costa Amalfitana -es decir, poner rumbo hacia Positano, tan turística o más que Amalfi aunque con una ubicación y un encanto que sería pecado perderse; y hacia Ravello, un nido de águilas mucho más íntimo que gravita en lo alto de la montaña como un balcón sobre el azul del mar- o salir a la búsqueda de otros tesoros menos evidentes, y menos trillados.

A lo largo de la carreterita que culebrea entre miradores con vistas de impresión van asomando los desvíos hacia los demás pueblos de la costiera . Hacia Vietri sul Mare, famoso por sus cerámicas, y Cetara, el puerto que destila sabor a pueblo tradicional; hacia el puñado de restaurantes y barquitas de alquiler de la playa de Erchie o hacia la panorámica que regala el saliente de Capo di Orso; hacia los adorables pueblecitos de Minori y Atrani o, al otro lado ya de Amalfi, hacia las antiguas villas de pescadores de Conca dei Marini o Praiano, por las que buscarse un coqueto restaurante volcado al Mediterráneo en el que, ante una pasta casera con mejillones y un atardecer de escándalo, apuntarse a la reflexión de Miterrand al recalar por la costiera: "... un viaje maravilloso a través de la geografía y la historia. Una vez más Italia exhibe su inigualable talento de reunir arquitectura, naturaleza, color y arte de vivir".