Baviera, los castillos del ‘Rey Loco’

Linderhof, Herrenchiemsee y el popular Neuschwanstein fueron mandados construir por el excéntrico Ludwig II en unos bellos parajes de lagos y montañas.

Noelia Ferreiro
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Romántico, soñador, encerrado en sí mismo, Luis II de Baviera pasó a la historia como el Rey Loco. Su compleja personalidad, su rechazo al trono y su incapacidad para adaptarse a la suerte que le tocó vivir le llevaron a crear un mundo para sus fantasías, un refugio para sus obsesiones. Y fue este universo, indisociable de la leyenda, el secreto, la tragedia, el que alumbró algunas de las construcciones más increíbles de Alemania.

En una época en que la defensa del territorio había dejado de ser una meta, en que las fortalezas ya no eran necesarias desde el punto de vista estratégico, el monarca bávaro se dedicó a la creación de castillos imposibles. Castillos que nunca fueron ideados para actos ceremoniales de la monarquía o como residencia de la familia real. Que fueron levantados sin ningún uso público solo para, entre hermosos parajes, poner a prueba su soledad. Como él mismo dijo alguna vez: “Un eterno enigma quiero permanecer para mí y para los demás”. 

Neuschwanstein, Linderhof y Herrenchiemsee son los tres caprichos del Rey Loco desperdigados por Baviera. Conocerlos es descubrir un derroche de imaginación cargada de romanticismo.

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Neuschwanstein

Ningún escenario resultaría más propio para ilustrar un cuento de hadas o tal vez una historia de amor de príncipes y princesas. Porque este castillo –o más bien palacio, puesto que no dispone de elementos defensivos- tiene tal aire de fábula que su visión roza la irrealidad. También su historia es pura fantasía. Neuschwanstein nació en la imaginación de Luis II como la idealización de un castillo medieval en el que las torres y los muros armonizaran con las montañas y los lagos. Sin fin estratégico alguno, sólo como la guarida donde pudiera retirarse en su propio mundo poético.

Por eso lo erigió sobre el desfiladero de Pöllat, en los Alpes Bávaros, bordeado de los lagos Alpsee y Schwan. Y por eso también se lo dedicó a Richard Wagner, de quien era ferviente seguidor, y en cuya música se inspiró para unas pinturas murales cargadas asímismo de poesía: parejas de amantes, relatos de culpa, caballeros… y cisnes, que es el símbolo de la pureza. Hoy este castillo alemán, uno de los más fascinantes de Europa, recibe un millón y medio de personas al año que recorren sus interiores, sus patios y sus jardines.

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Linderhof

Aunque es la más pequeña de sus tres obras, puede que se trate de la más adorada. De hecho, es la única que finalizó y donde pasó, en los estertores de su vida, la mayor parte de su tiempo: unas dos semanas al mes durante unos ocho años. Inspirado en el Palacio de Versalles, aquí convergen las tres pasiones del monarca: la Francia del Rey Sol (exponente del periodo absolutista), el exotismo de Oriente y el solemne campo de las sagas medievales.

Visitar este edificio suntuoso es un auténtico placer, especialmente por su parque de 50 hectáreas, con terrazas al estilo del renacimiento italiano y jardines al estilo inglés. Cuentan que el rey quedó tan satisfecho con este paisajismo que no dudó en conceder a su artífice, el jardinero real Carl von Effner, un título nobiliario.

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Herrenchiemsee

Localizado en una isla del lago Chiemsee, el Palacio de Herrenchiemsee también pretendía ser una réplica exacta de Versalles, fin que no se cumplió al quedarse sin dinero durante su construcción. En cualquier caso, se trata de un edificio monumental con un parecido asombroso.

Bellos jardines con laberintos, enormes fuentes decoradas, setos recortados y hasta un embarcadero privado. Y en el interior, estancias amuebladas a todo lujo (como la gran sala de los espejos, la escalera y el dormitorio) que se alternan con habitaciones vacías que nunca llegaron a ser decoradas.