Bangkok, la capital que late por un río

El río Chao Phraya atraviesa Bangkok de norte a sur. Es su calle más natural, una de sus autopistas más transitadas y donde nació la ciudad en el siglo XVIII. Hoy sus orillas albergan los monumentos más famosos de la capital, los mejores hoteles y algunos secretos de película. Así es la vida en su arteria más fascinante.

David López Canales
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Foto: Salva Campillo

En el cine es Hong Kong. En la pantalla grande, es un edificio de viviendas en el que se encuentran en los años 60 dos vecinos –él periodista, ella secretaria en una empresa– a quienes no solo une descubrir la infidelidad de sus respectivas parejas. Aquí rodó en el año 2000 el director chino Wong Kar-wai In the mood for love, su película más famosa. Este majestuoso edificio del siglo XIX, hoy decadente, de ventanas rotas o desaparecidas que dejan ver interiores vacíos y desconchados, donde transcurría aquella historia tan intimista, es el Bangrak Fire Station, antiguo cuartel general de los bomberos y ahora inmueble fantasma mientras espera su reconversión en hotel de lujo.

Pero si pensábamos que está en Hong Kong, nos equivocamos, porque estamos en Bangkok, en la orilla de su río Chao Phraya. Como nos equivocamos también con películas como Good morning Vietnam o El cazador, donde el Vietnam que creemos ver es en realidad Tailandia. Porque el Vietnam del cine casi siempre fue Tailandia. “Esta es una de las grandes paradojas de esta ciudad. Muchas películas muy famosas se han rodado aquí, pero no lo sabemos”, nos cuenta el inglés Paul Spurrier, que lleva casi dos décadas viviendo en la capital tailandesa.

Tras haber sido niño prodigio del cine en los años 60, actuando en series de la BBC como Anna Karenina o en películas como The Wild Geese, con Richard Burton, Roger Moore y Richard Harris, se trasladó a Bangkok a finales de los 90 para rodar sus propias películas. Hoy, convertido ya en uno más de los casi nueve millones de habitantes de la urbe, Spurrier atraviesa la ciudad con mirada de cineasta. “Si hay algo que esta ciudad tiene fascinante es cómo se combina lo antiguo y lo moderno, cómo está todo junto, y eso da muchas opciones para el cine”, asegura.

La mayor de las paradojas de Bangkok no está, sin embargo, en ese edificio simbólico que aguarda su reforma merodeado por algunos turistas y por jóvenes locales que acuden a él a hacerse selfies contra sus muros, sino bajo el mismo. En sus cimientos. En esas orillas de Chao Phraya. Porque Bangkok se hunde. Literalmente. Los científicos han medido incluso cuánto: diez milímetros anuales. Y, por supuesto, por qué: por la erosión del suelo. Porque la ciudad se sostiene sobre barro. La urbe moderna se ha levantado desde mediados del siglo pasado sobre un terreno inestable. Tanto que, si no se toman medidas y se previene, podría desaparecer bajo el agua en el futuro.

La autopista de agua

 Esa es la paradoja de la capital del viejo reino de Siam. Porque Bangkok es Bangkok por el agua. Porque este río que hoy la amenaza es el que le dio la vida, cuando en el siglo XVIII nació y creció la ciudad en su orilla. Durante años Bangkok fue una población, además, de canales. Atravesaban la nueva metrópoli que crecía imparable y la vida salía adelante sobre las barcas que los surcaban.

El transporte, el comercio, los vendedores ambulantes de comida... Todo flotaba. Solo hay que remontar el Chao Phraya para sentirlo. Subirse a uno de los cientos de barcos que cada día recorren el río o a los transbordadores que enlazan ambas orillas. Esta es la principal autopista de la ciudad. La más natural. La recorre de norte a sur esquivando el tráfico imposible y los atascos desesperantes, porque aquí todo el día es hora punta, y permite conectar con las estaciones del BTS, el tren ligero, sin necesidad de atravesar esos embotellamientos.

Los barcos se distinguen por sus banderas. Los que la ondean azul son perfectos para los turistas, porque llevan desde ese parque de atracciones de la occidentalidad con mochila que es Khaosan Road hasta los hoteles de lujo de las orillas (Millenium Hilton, The Peninsula, Mandarin Oriental...), pasando, claro, por los templos.

Salva Campillo

Si no lleva bandera significa que va a parar en todas partes y habrá tiempo de sobra para ver desfilar la ciudad al otro lado de la borda, escuchar silbar al muchacho que amarra el barco pegando saltos de fuera a dentro del embarcadero y mezclarse con los oficinistas que se ajustan la corbata antes de desembarcar, con las pandillas de colegialas uniformadas que cuchichean pegadas a sus smartphones, con los monjes que sonríen iluminados y silenciosos o con los cientos de turistas que se asoman por la barandilla tratando de acertar cuál es su parada. Porque en esta zona, en estas orillas del río, es donde Bangkok muestra su rostro más turistico e histórico.

Aquí están templos como Wat Pho, con esa estatua de Buda reclinado de casi 50 metros de longitud que uno no puede dejar de pensar cómo se metió dentro; Wat Arun y sus casi 80 metros de torre, o Wat Saket y su cima dorada.

En Bangkok hay tantos templos que incluso existe el Wat Yannawa, también en la orilla, con forma de barco de 50 metros de eslora y aspecto un tanto surrealista: parece un enorme arca varada en una rotonda cuyo césped riegan cuidadosamente sus monjes de hábito naranja al atardecer, cuando se ilumina y adquiere todo un extraño aire de chill out ibicenco. Y, por supuesto, también en esta ribera están los monumentos más visitado de la ciudad, el Palacio Real y el templo adyacente de Wat Phra Kaew, famoso por su Buda esmeralda. Ambos son sitios fáciles de ubicar: se encuentran donde se agolpan centenares de grupos de turistas desde primera hora de la mañana.

A esa misma hora, Ka-Prao ya ha dado los buenos días una decena de veces a los visitantes –“Good moning, good moning”–, en ese inglés suyo con acento tailandés. Y la anécdota no tendría mayor recorrido si Ka-Prao no fuese un cuclillo negro, un pájaro, y no estuviésemos en la finca de Amita Thai, una escuela de cocina tailandesa.

Un complejo de seis casas de listones de madera blanca con tejados a dos aguas que desde hace una década recibe a una decena de aprendices al día, a los que Ka-Prao saluda efusiva y repetidamente mientras un gallo altivo le hace la competencia posando majestuoso para Instagram sin decir ni pío.

Situada en el barrio de Thon Buri, Amita Thai es un ejemplo vivo del Bangkok del pasado, como cuenta Tam Jantrupom, su dueña, porque su puerta principal no era la frontal por la que hoy se accede, sino la que está por detrás, en el patio, y da al canal que bordea las casas: “Este canal era un eje para la vida en el barrio. Todo el mercado, por ejemplo, era flotante, en barcas, que pasaba vendiendo sus mercancías. Pero hace 40 años empezó a desaparecer y hoy ya solo pasa la barca que vende pollo a la barbacoa y la del reciclaje”.

Mercado flotante

Esos canales, donde también llegó el cine, para rodar, entre otras, El mañana nunca muere, de James Bond, llevaron durante años al Chao Phraya más allá de su curso natural. Aun hoy algunos, aunque el gobierno selló la mayoría, muchos de ellos por cuestiones higiénicas, atraviesan la ciudad hasta Silom, su centro comercial y financiero, con barcos/autobuses para recorrerlos.

Salva Campillo

Mientras que con otros se alcanzan zonas como la del mercado flotante de Taling Chang, el lugar perfecto los fines de semana para comer pescado a la parilla y probar esos peces cabeza de serpiente, como se llaman, y no es necesario tener mucha imaginación para entender por qué. Sin embargo, por ese juego de las paradojas que supone Chao Phraya, entre su pasado y su futuro incierto, y sus orillas que basculan entre lo antiguo y lo moderno, entre la decadencia y el lujo sofisticado, también cuando cae la noche se da otra vuelta de tuerca.

El río, calle de la rutina diaria de los tailandeses, se puebla entonces de barcos de lujo donde, a ritmo lento, se sirven cenas de menús largos y cócteles de colores mientras suena de fondo una música melódica que invita a bailar lento o hacer taichi aunque no se sepa. Es el mismo río, pero, siguiendo la máxima griega de Heráclito, otro diferente.

Porque los barcos que durante la mañana llevaban rutinas y diario, prisas, compras, fotos borrosas por el vaivén y vidas diferentes, ahora solo llevan turistas relajados vestidos de noche que comen o beben y parejas que se hacen carantoñas mecidas entre luces de velas eléctricas mientras pasan por las orillas en un traveling de cámara lenta los mismos templos ahora iluminados.

A esta hora, no obstante, la mejor forma de disfrutar del río, de nuevo la paradoja, es alejarse de él. No tanto por distancia sino, sobre todo, por altura. Buscarlo abajo desde las vistas de 360 grados que ofrecen algunas terrazas de la ciudad. Lo hemos visto también en las películas, como en Resacón 2, en el Skye Bar Lebua, que tuvo suerte porque aquella historia sí transcurría en Bangkok y hoy es uno de los locales más famosos y solicitados del skyline de la ciudad.

Desde la altura de bares como ese o el Vertigo and Moon del hotel Banyan Tree, si no se lo estropea alguien repitiendo mil veces el mismo selfie, verá el célebre atardecer de la capital. Esa hora en la que Chao Phraya se convierte en una serpiente oscura silueteada por las luces de sus orillas como una pista de aterrizaje, cuando los bangkoitas se alejan de su cauce y buscan el agua de los lagos de los parques, como en Lumpini o Benchakitti, para trotar o hacer aerobic alrededor de ellos y la ciudad se adentra en la noche, en ese tiempo de claroscuros, neones y sombras. En ese territorio de deseos y sueños en el que aún flota el recuerdo de Chow y Li-zhen, los amantes que querían amar de Wong Kar-wai.

En busca del pad thai perfecto

El plato más famoso de la gastronomía tailandesa se come desde hace siglos en el país. Sin embargo, su historia de éxito es mucho más reciente, desde la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno lo convirtió en el menú oficial del reino para que, en época de escasez, se consumiesen los alimentos locales. Hoy es la comida más internacional y una de las más frecuentes sobre el terreno.Por un par de dólares uno puede comerse un pad thai en un puesto callejero.

De hecho, ni siquiera los tailandeses lo comen en sus casas. Requiere tantos ingredientes para su preparación (fideos de arroz, huevo, tofu, cebollino, pollo, cacahuetes, gambas, verduras…) que prefieren comerlo fuera, en uno de esos restaurantes a pie de calle donde se prepara a la vista de todos salteado en un wok.

Salva Campillo

Thip Shamai es uno de los lugares más famosos para probarlo. A rebosar desde las cinco de la tarde, de sus paredes cuelgan decenas de artículos publicados en el extranjero, desde la CNN a la revista Time, donde elogian su preparación. Aquí, la clave es el fuego de carbón en el que se prepara. El problema hoy de este plato es que con el paso de las décadas y tras haberse exportado al extranjero ha perdido parte de su esencia.

“En Estados Unidos lo hacen muy mal, porque lo endulzan, no le añaden aceite de pescado, que es fundamental, y le ponen incluso ketchup”, se lamenta el chef McDang, el cocinero más famoso y mediático del país. Uno de sus discípulos, el chef Ton, hace en el restaurante Baan uno de los mejores de la ciudad. “Si no tiene gambas secas –cuenta él, en su cocina, mientras lo prepara–, no es un pad thai real”.

Aunque eso no impide que haya otros lugares, como el restaurante Namsaah, donde su colega, el chef Golf, lo prepara incluso con confit de pato y foie grass. Para él, el secreto es “saber jugar entre lo salado, lo dulce y lo amargo, que esas sensaciones estén presentes en cada bocado”. Así lo explica también Tam Jantrupom, profesora y dueña de la escuela de cocina tailandesa Amita Thai.

La cocinera, que enseña a los extranjeros los trucos de su gastronomía, ensalza que “el equilibrio” es fundamental y por eso “no puede hacerse este plato más dulce solo para adaptarlo al gusto de otras personas”. En su enorme patio de plantas, huerto y mesas de hierro forjado, Tam cuenta que el pad thai debe comerse con tenedor y cuchara, porque es necesario ese bocado completo lleno de matices.

Y aconseja no comer pad thai en Khaosan Road, el barrio más turístico, porque tanta influencia extranjera ha afectado a la forma tradicional de prepararlo. Ningún vecino de Bangkok se acerca allí para comer un pad thai. En su lugar recomiendan ir a sitios como Hoi-Tod Chaw-Lae, un pequeño restaurante abierto a la calle Soi Sukhumvit 55, de bancos de madera y con dos cocineras preparándolo en la misma acera.

El curry que salió de El Bulli

Gaggan Anand es hoy el chef revelación de Asia. En 2007 concedió una entrevista al Bangkok Post que aún, dice, conserva en casa. En ella confesaba que quería ser “el mejor cocinero con estrellas Michelin del mundo”. Hoy, diez años después, se ríe. “Los neumáticos que lleva mi coche son Bridgestone… –afirma señalando el BMW rojo aparcado en la puerta de su restaurante en Bangkok–. Ya no me gusta Michelin…”.

Anand, de 39 años, nacido en Calcuta, es el dueño de Gaggan, el que está considerado el mejor restaurante del continente. Una propuesta, como él la ha bautizado, de “cocina india progresiva”, en una distorsión y fusión de conceptos. Hace comida india, sí, porque todo, aunque no lo parezca, sabe a indio. Pero es progresiva porque, cuenta, hay que etiquetar lo que uno hace. En su caso: cocina india pasada por el filtro de El Bulli y dedicada a El Bulli, donde Gaggan fue becario de Ferrán Adriá durante tres meses.