Ballenas en la Patagonia argentina

Septiembre y octubre son los meses clave para el avistamiento de la titánica ballena franca austral en Península Valdés. Alrededor de 500 ejemplares se acercan a pocos metros de la costa para protagonizar uno de los espectáculos más bellos de la Naturaleza.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: edurivero / ISTOCK

Nunca el hombre pudo sentirse tan pequeño ante la madre tierra. Contemplar a la ballena franca austral, un cetáceo colosal que puede medir hasta 16 metros y pesar hasta 50 toneladas, es lo más parecido a una experiencia mística, precisamente en este rincón del mundo cercano a los últimos confines del sur.

Península Valdés, un prodigio argentino declarado Patrimonio de la Humanidad, es un apéndice de la estepa patagónica azotado por los embates del Atlántico. Un territorio desnudo y agreste, vertebrado por caminos de ripio que conducen a bahías, golfos, acantilados y playas donde todos los años vienen a reproducirse hermosas especies de mamíferos marinos.

Dicen que es el mejor punto del planeta para toparse con la ballena franca austral que, cada año, entre junio y diciembre, irrumpe en el Golfo Nuevo para aparearse y amamantar a sus retoños. Sin embargo, la época óptima para avistarlo es en los meses de septiembre y octubre, cuando unos 500 ejemplares permanecen en la bahía, muy cerquita de la costa, dispuestos a regalar un espectáculo único.

Puerto Pirámides, Patagonia Argentina. | Samuel Azambuja Kochhan / ISTOCK

Hay que llegar a la encantadora aldea de Puerto Pirámides, el único núcleo urbano del lugar, y acercarse a su playa bordeada de acantilados. Desde aquí zarpan las embarcaciones en busca del gigante del mar. Lo que se encuentra es todo un despliegue acrobático, un alarde de ternura: con saltos, resoplidos y golpes de cola, las ballenas se sumergen con fuertes embestidas al mar, para volver a asomar en actitud juguetona, arqueando su boca como una sonrisa. Y nada puede conmover más que verlas nadar junto a sus crías, tratándoles de enseñar el difícil arte de la supervivencia.

Es, tal vez, el momento más emocionante de Península Valdés, pero no el único. Con un poco de suerte, entre febrero y abril, puede tenerse el privilegio de contemplar una orca apresando a un lobo marino en la misma orilla de Punta Norte, como si se tratara de un documental. Mucho más fácil es presenciar la bella estampa de los elefantes marinos que dormitan, como grandes rocas, en la playa salvaje de Punta Delgada, batida por un viento feroz. Allí se asiste a sus disputas territoriales, sus gruñidos y sus movimientos lentos, todo envuelto en soledad y silencio.

Después, tras cruzar el istmo Ameghino, de apenas siete kilómetros de ancho, y llegar a la ciudad de Puerto Madryn, conviene acercarse a Punta Loma, un apostadero de lobos marinos, y algo más lejos, hacia el sur, a la fascinante pingüinera de Punta Tombo. Son 180 kilómetros de carretera engorrosa, pero merece la pena, sobre todo de septiembre a abril. Porque esta solitaria punta alberga la mayor colonia continental de pingüinos magallánicos que, en el verano austral, llegan a sumar los 800.000 ejemplares.

Pingüinos de Magallanes. | encrier / ISTOCK

En Punta Tombo es fácil contemplar, a menos de un metro, picoteando incluso las propias botas, el afectuoso cortejo de este torpe y simpático ave que no duda en posar para la foto. Y también a las crías con sus primeros chapuzones bajo el ala protectora de los papás. 

Con ellos el hombre se lleva, además, toda una lección de romanticismo animal: el pingüino magallánico, en un alarde de fidelidad extrema, mantiene a la misma pareja durante toda su vida, a pesar de convivir tan sólo seis meses al año. El resto del tiempo, mientras nadan separados en su largo viaje hacia el norte, todo será echarse de menos y pensar en el despliegue de arrumacos y carantoñas que se brindarán cuando vuelvan a encontrarse.