Bali, vacaciones en la isla de los dioses

La estrella del archipiélago indonesio supera el arquetipo de paraíso tropical para erigirse en un mundo aparte, casi celestial.

Noelia Ferreiro
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Foto: ISTOCK

Suena a folleto turístico, pero así es como se conoce a esta joya del sudeste asiático mística y ceremoniosa, pero también alegre y cordial. Bali es la isla de los dioses no tanto por la magia de sus paisajes que parecen cercanos al cielo como por otra razón acaso más prosaica: la cantidad de templos milenarios que salpican su territorio, casi uno por cada habitante que lo puebla. Bellísimas construcciones sagradas que la mano del hombre colocó con suma delicadeza en los rincones más privilegiados.

Por eso, en esta porción indonesia agraciada con la sonrisa, en este pequeño botón del tamaño de Cantabria, el ritmo lo marca la espiritualidad, los ritos que emanan con naturalidad del día a día. Y es que la religión, la más amable versión del hinduismo, se cuela por todos los aspectos de la vida: en las fastuosas procesiones que detienen a menudo el flujo de las calles, en las cometas que surcan el cielo para pedir buenas cosechas o en los campos que están salpicados de santuarios, siempre con hermosas ofrendas y barras de incienso humeante.

Estatua de Ganesha en un templo de Bali. | ISTOCK

En los templos de Bali, conocidos como puras, se plasma la máxima expresión de la belleza que puede adquirir la fe. Los más espectaculares, diseminados por la costa sur, están dedicados a las deidades del mar y adoptan por ello una posición estratégica. A veces flotan en medio de las aguas como el de Tanah Lot, o se erigen sobre vertiginosas crestas como el de Ulu Watu, o se plantan en medio del bosque como el de Luhur Batukau. Hay templos en cada aldea, monumentales o domésticos, dedicados siempre a una deidad hindú, todos los cuales trascienden la función de mero lugar de culto: son, por encima de todo, el centro de la actividad social.

Pero Bali, claro, es mucho más que su barniz celestial. Bali es una maravillosa sucesión de ondulados paisajes refulgentes como la esmeralda y también una hilera de playas tropicales donde hallar la esencia del paraíso. La primera estampa, la de los sinuosos arrozales que crecen en verdes bancales bajo las montañas, hay que buscarla en las carreteras que serpentean por Sidemen y Jatiluwih, y también en la región de Ubud, la más característica. De día se puede contemplar a los agricultores con sombreros cónicos hundidos hasta las rodillas en el agua. De noche, se puede asistir a una función de danzas balinesas, el más típico espectáculo de la isla que se basa en la gracia de los movimientos del cuerpo en sintonía con la expresividad de los ojos.

Terrazas de arroz en Ubud. | ISTOCK

La segunda imagen, la de los fantásticos arenales, irrumpe en la costa sur. En la playa de Kuta, a la que arribaron los hippies en los años 60 abriendo la veda a un turismo inexistente, el retorcido mar amanece salpicado por las tablas de surf, mientras por la orilla las mujeres masajistas ofrecen sus servicios y los lugareños pasean con sus neveras vendiendo cerveza fresca. Por esto y por la animación nocturna de sus chiringuitos informales, es tal vez la más visitada. Sus vecinas del norte, Legian y Seminyak, resultan más glamurosas, mientras que Echo está menos concurrida y Tamjumg Benoa es más familiar.

Los miles de turistas, especialmente los recién casados (Bali ostenta la mayor concentración de viajeros en luna de miel por kilómetro cuadrado) a menudo permanecen en los exquisitos complejos de Jimbaran o Nusa Dua (también ostenta la mayor concentración de cinco estrellas del Índico) entregados a los refinados servicios que definen el lujo asiático. No es mala opción, pero sería una pena quedarse tan sólo con este aspecto en una isla que, como todo buen cóctel, combina los mejores ingredientes en el más perfecto equilibrio.