Bagan, capital del primer imperio birmano

María Eugenia Casquet
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Foto: Francesc Morera

A orillas del río Irrawady -el más importante del país, y ahora llamado Ayeyarwaddy-, pero en un entorno bastante árido, puede sorprender la existencia de Bagan y su influyente papel en la historia birmana. No en vano este céntrico enclave pasó de ser una pequeña capital regional a convertirse en la principal ciudad del primer imperio birmano en 1057 gracias a la unificación del territorio bajo el dominio del rey Anawrahta. Este no solo le dio la capitalidad sino que, tras adoptar el budismo y convertirlo en religión oficial de su nuevo Estado, hizo de Bagan un centro espiritual y de estudio de la nueva fe, atrayendo adeptos desde la India, Sri Lanka y otros países vecinos.

Poco a poco se inició una fiebre constructora de templos y estupas que duraría dos siglos y medio hasta que en 1287, tras negarse a pagar tributo a Kublai Khan, el entonces monarca birmano, Narathihapate, vio a Bagan caer en manos de los mongoles. Hasta esa fecha se levantaron más de 5.000 pagodas, la mayoría de ladrillo, en un área aproximada de 40 kilómetros cuadrados. De ellas quedan aún en pie más de 2.200, y quedarían muchas más si los mongoles no hubieran saqueado el sitio, si los monarcas birmanos no lo hubiesen abandonado y si la caprichosa naturaleza no hubiese provocado, entre otras cosas, un terremoto que en 1975 destruyó buena parte de las estructuras sagradas. Aun así, el enclave arqueológico de Bagan es, sin duda, uno de los más espectaculares de Asia. Y sería un más que digno lugar para estar incluido en la selecta lista de monumentos Patrimonio de la Humanidad de la Unesco si no fuera por el desafortunado proceso de restauración -sin respetar el diseño ni los materiales originales- llevado a cabo por la Junta Militar que ha gobernado Birmania desde 1989.

La visita a este rincón del territorio birmano en carro, bicicleta o automóvil es una auténtica delicia, con multitud de monumentos para todos los gustos. Mahabody y Ananda, por ejemplo, destacan por sus preciosas siluetas; Upali o Nandamannya son imprescindibles por los inesperados frescos que esconden en su interior; Shwesandaw y Shwezigon son estupas de sólidos corazones; Mingalezedi ofrece extraordinarias vistas panorámicas desde su parte alta... Y es que a muchas de estas estructuras se puede subir para contemplar el panorama circundante, especialmente bello al amanecer o al atardecer. Y para las horas de más calor lo mejor es hacer un alto en alguno de los restaurantes asomados al río, o en las fábricas donde se puede conocer a fondo el delicado y largo proceso de elaboración de los artículos de madera lacada.

Muy recomendable, también al atardecer, es un paseo en barca por el río para contemplar desde el agua la silueta de algunos de los monumentos, a la vez que se disfruta de animadas escenas, como un puñado de niños aseándose o jugando en la corriente.

Promotor y traidor
Considerado el gran promotor de Bagan, el rey Anawrahta no fue amable con quien le hizo conocer el budismo theravada, la religión a la que convirtió en culto oficial para unificar Birmania por primera vez en la historia. Anawrahta supo de la nueva fe por un monje enviado por Manuha, monarca de un reino vecino, y le apasionó tanto que exigió al emisario varias copias del Tripitaka y veneradas reliquias, a lo que Manuha se negó. En respuesta, Anawrahta envió al ejército y apresó a su colega, manteniéndolo cautivo en Bagan el resto de su vida. Eso sí, un templo recuerda aún hoy al depuesto rey, escondiendo en su interior una gigantesca figura de Buda encajonada a duras penas entre las paredes y el techo.