20 / 10 / 2010 Mariano López

Antártida, viaje al fin del mundo

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No existe ningún territorio más salvaje, ni más extremo, ni más puro. Se trata del desierto más árido, la meseta más alta, el lugar más frío del planeta. Si se fundiera de golpe, se calcula que las aguas de los mares y los océanos se elevarían 70 metros. Una parte mínima puede visitarse. Este es el relato de un viaje excepcional: a la Antártida, al sur del fin del mundo.

Antártida, viaje al fin del mundo
FANS LANTING

La ciudad de Ushuaia presume de su situación en el mapa. “Bienvenidos al fin del mundo”, dice un gran cartel junto al muelle donde anclan los barcos que en el verano austral viajan a la Antártida. El nuestro es el MS Fram, un imponente navío de casco reforzado, rojo y negro, que eleva su figura a escasos metros del paseo marítimo, frente al Museo del Fin del Mundo y el restaurante de la Tía Elvira, especializado en centollas fueguinas. Situada en una bahía, entre el Canal de Beagle y las últimas montañas de los Andes, sometida a un clima áspero, rudo, de gélidos inviernos y ventosos veranos, Ushuaia fue la sede del presidio más remoto de América y el lugar de muchas empresas imposibles, quebradas por la fuerza de los elementos, pero ahora ha revitalizado su economía gracias a su condición de base principal del turismo antártico, el puerto de la mayoría de los turistas que parten en busca de la Antártida.

Cualquier viajero que ame los mapas puede imaginar las emociones que acompañan a quienes se acaban de embarcar con rumbo a la Antártida. No existe un lugar más salvaje, ni más puro, ni más extremo. En invierno, ocupa más de 15 millones de kilómetros cuadrados, 30 veces España. Es el lugar más frío del planeta. El récord se alcanzó en una estación rusa: 89º bajo cero. También encierra la meseta más alta y el desierto más árido del planeta. Es el límite del mundo, la frontera de los hielos perpetuos a los que ahora pone rumbo el crucero.

El “MS Fram” leva el ancla, vira y da la espalda a Ushuaia. En esta expedición el barco viaja al completo, con 310 pasajeros. Casi un centenar de pasajeros son alemanes. A los alemanes les siguen, en importancia numérica, británicos, estadounidenses y chinos. Viajan también dos españoles, Julia y Jacinto, que se revelarían como unos excelentes compañeros de viaje.

El MS Fram se botó en el año 2007, en los astilleros Fincantieri de Trieste (Italia), especializados en la construcción de cruceros de lujo. Nació con la intención de ser el Rolls Royce de la navegación por los territorios del hielo, el Ártico y la Antártida. Mide 114 metros de eslora y arrastra 11.650 toneladas. Su nombre evoca una gran leyenda: el buque Fram, que participó en la búsqueda del Polo Norte, con Fridtjol Nansen, y en la conquista del Polo Sur, con Roald Amundsen.

El barco deja el Canal de Beagle y avanza hacia el sur, hacia el Cabo de Hornos y el Pasaje de Drake. Faltan 35 horas de navegación para que avistemos las costas de la Península Antártica. Todos los marineros del mundo siempre han temido estas aguas, agitadas por intensas corrientes y batidas por vientos fríos y encontrados que levantan olas enormes en todas las direcciones. “Doblar el Cabo de Hornos, donde el viento sopla furioso –dice una antigua canción de los balleneros–; doblar el Cabo de Hornos, con lluvia y nieve; doblar el Cabo de Hornos, con las velas heladas”.

El MS Fram no dobla el Cabo de Hornos, lo deja al oeste, y no hay nieve, pero las olas golpean el casco con fuerza y desde los sillones de la cubierta principal parece que el barco galopa sobre un toro mecánico. A pesar de la furia del viento, varias aves acompañan la navegación. Son petreles damero, más pequeños que una gaviota y muy llamativos por su dorso blanco moteado con pequeñas y numerosas manchas negras. En las costas antárticas anidan 39 especies de aves. La mayor de todas es el albatros errante. Pesa entre unos ocho y diez kilos y puede medir más de tres metros de envergadura. Es el ave voladora más grande del mundo.

En el Faro del Fin del mundo, en el extremo del Cabo de Hornos, hay un poema de Sara Vial, esculpido en mármol, que habla de los gigantescos albatros. Dice: “Soy el albatros que te espera en el final del mundo. Soy el alma olvidada de los marineros muertos que cruzaron el Cabo de Hornos desde todos los mares de la Tierra. Pero ellos no murieron en las furiosas olas. Hoy vuelan en mis alas hacia la Eternidad. En la última grieta de los vientos antárticos”.

A la mañana siguiente avistamos el primer iceberg. Máxima expectación, todo el mundo a cubierta. El gran témpano de hielo anuncia la proximidad de la Antártida y es todo un espectáculo. Agujereado por los caprichos del deshielo, parece nacido del delirio de un brillante arquitecto, como le gustaba decir de los témpanos más bellos a Frank Worsley, el capitán del Endurance. Los témpanos marinos se forman en el mar, en aguas calmadas, sin oleajes, a una temperatura en torno a 2º bajo cero, pero pueden competir en tamaño con los que nacen de la fractura de los hielos continentales.

Se han avistado témpanos marinos de 100 metros de altura, 90 kilómetros de largo y 75 kilómetros de ancho. Montañas de hielo que sólo desvelan una parte de su imponente masa, el resto queda oculto bajo el agua. Para la navegación, los peores témpanos son los que casi no emergen. Formados por hielo duro, comprimido durante siglos, sin apenas aire, poseen un color verde oscuro y suelen crepitar constantemente, emiten un ruido característico. Se les llama “gruñones”.

En el horizonte se adivina el perfil de unas islas. Son las Shetland del Sur. Pertenecen a la Antártida. El 17 de octubre de 1819, el capitán inglés William Smith puso el pie en la isla Livingston, de las Shetland del Sur, y con este acto se convirtió en el descubridor oficial de la Antártida. Sólo hubo una duda. En una playa contigua al lugar del desembarco se encontraban los restos de una embarcación destrozada, que, evidentemente, había llegado a la isla antes que la de William Smith. Hoy se cree que aquellos restos pertenecían al navío español San Telmo, un carguero de línea que había salido de Cádiz en mayo de 1819 rumbo a Lima con un convoy de tres barcos, que le perdieron de vista cuando el San Telmo luchaba contra los vientos y la tormenta, a 61º de latitud sur, con el timón, el tajamar y la verga mayor averiados. Viajaban a bordo 644 marineros. Nada más se sabe. Como apunta Javier Jayme, en su libro Pioneros de lo imposible, “los 644 españoles que acaso tuvieron el infausto privilegio de ser los primeros en vivir y morir en la Antártida continúan envueltos en el espeso velo de su propia leyenda”.

En la isla Livingston ahora se encuentra la base española Juan Carlos I, y, más al sur, en la isla Decepción, la base Gabriel de Castilla, que lleva el nombre del almirante español que a comienzos del siglo XVII patrulló las aguas australes en busca de corsarios y quizás avistó las Shetland del Sur. La isla Decepción es la caldera en parte sumergida de un viejo volcán, dormido pero activo. Su última erupción data de 1970. Las cenizas de aquel vómito de lava destruyeron la base B de Gran Bretaña y la base chilena Pedro de Aguirre. La entrada al interior de la caldera de la isla Decepción, por el único hueco posible, entre los llamados Fuelles de Neptuno, es espectacular. Dos grandes farallones de roca blanca flanquean los costados del MS Fram, que avanza lentamente, con marcada prudencia, hacia el interior del cráter. Luego, el barco vira a estribor, hacia la parte de la isla opuesta al lugar donde se encuentra la base Gabriel de Castilla, y echa el ancla, en aguas muy tranquilas. Los altavoces anuncian el primer desembarco. Vamos a pisar, durante una hora, suelo antártico.

En el verano austral de 1958, el carguero argentino Les Eclaireurs transportó por primera vez turistas al continente antártico. Desde entonces se ha debatido sobre las ventajas y los peligros de la actividad turística en el continente blanco. En 1991, el Tratado Antártico añadió a sus acuerdos un protocolo firmado en Madrid, que legitima y regula la existencia de dos actividades comerciales en la Antártida: el turismo y la pesca.

El crecimiento del turismo desde 1991 hasta hoy –se ha pasado de unos 5.000 turistas por año a unos 45.000– ha vuelto a avivar el debate entre quienes creen que no debería haber ninguna actividad comercial en la Antártida y quienes opinan que el turismo es básico para aumentar el interés de la opinión pública por la preservación y el cuidado de la Antártida. A favor de estos últimos está también el hecho de que la mayoría de los operadores turísticos en la Antártida han suscrito los compromisos de la IATO, una organización creada por siete operadores pioneros con el objeto de promover sólo actividades turísticas responsables en la Antártida. El operador del MS Fram, la empresa noruega Hurtigruten, pertenece a esta organización. Antes de descender, es obligatorio que los pasajeros conozcan y asuman las normas de la IATO. Karen Strand, jefa de expediciones, subraya la fundamental: “No deje nada, excepto huellas; no se lleve nada, excepto fotografías”.

Lanchas zodiac transportan a tierra, primero, los equipos de emergencia: tiendas de campaña, sacos de dormir y raciones de comida para la supervivencia de cien personas durante varios días. “Las posibilidades de que un grupo se quede aislado por un temporal de nieve en tierra son escasas, pero no son nulas”, explica Karen Strand. Las primeras zodiac también trasladan conos para marcar las áreas por las que pueden moverse los pasajeros sin peligro para ellos ni para los habituales habitantes de las costas antárticas: los pingüinos.

Hay cerca de 22 millones de pingüinos en las costas antárticas, de cinco especies principales que se diferencian, sobre todo, por el diseño de su cabeza: el pingüino Macaroni luce una cresta amarilla sobre sus ojos; el Barbijo, una línea negra por debajo del maxilar inferior; el Papúa tiene el pico rojo y un collar blanco en torno al cuello; el Adelia, la cabeza totalmente negra, y el Emperador, que no habita en el norte de la Península Antártica, un brillante parche naranja en su zona auricular.

Los pingüinos son las aves mejor adaptadas al agua –explica ya en tierra el biólogo mexicano Miguel Rubio–. Su sistema de aislamiento térmico les permite tener en las patas y aletas entre 6º y 9º de temperatura, al mismo tiempo que en el núcleo de su cuerpo conservan los 38º. Son unos animales increíbles”. Los pingüinos se pasean entre los turistas sin ningún temor. Afanados en ir en busca de alimento y regresar rápidamente al nido, sólo detienen su marcha cuando ven que un humano ha plantado su extraño cuerpo en medio del camino habitual. Entonces se acercan al humano, mueven la cabeza de izquierda a derecha y de arriba abajo para mirarle (los pingüinos, en tierra, son algo miopes) y esperan a que el visitante tenga la gentileza de apartarse de su ruta con una razonable celeridad. Sobra espacio.

Las paredes de la caldera lucen su roca desnuda, sin vegetación. Detrás de las primeras montañas se adivinan otras igualmente vacías y silenciosas, sin plantas ni animales. Sólo la luz aviva el paisaje: cuando pinta de amarillo las paredes de un ventisquero o la lengua de un glaciar, o cuando parece que ha encendido la cresta de una montaña porque la nieve recibe los rayos del sol, se evapora y forma una niebla espesa. Entonces, el pico parece echar humo.

El siguiente día de navegación el barco avanza por el Estrecho de Gerlache. Rumbo al sur, entre las islas del oeste y las costas de la Península Antártica. La Península Antártica cobra en los mapas la forma de una delgada lengua de terreno que sobresale de la parte occidental del continente y parece buscar el encuentro con el extremo sur de América. Frente a la presunta monotonía de la gran meseta desértica que define el corazón de la Antártida, la Península posee un paisaje más variado, con fiordos que conducen hasta los glaciares, playas que sólo existirán este verano, puertos libres de hielo y varios picos montañosos detrás de los cuales se alzan otros, más elevados, y luego otros aún más altos, entre los que se encuentra, en la base de la Península, el Monte Vinson, 4.897 metros de altitud, la cumbre más elevada de la Antártida.

Desembarcamos en la isla Cuverville, en una preciosa bahía dominada por el brazo blanco de una montaña y la lengua de un glaciar, y en Port Lockroy, una antigua base británica reconvertida en museo, sitio histórico. Sólo trabajan mujeres en la base –cuatro jóvenes biólogas– por primera vez en sus más de 60 años de historia. La base es estacional. Cuando llegue la época invernal, cerrará sus puertas y será sepultada completamente por la nieve.

La primera base en la Antártida fue argentina. Se instaló en 1904, en la isla Laurie de las Órcadas de Sur. Fue la única estación científica en el continente hasta 1943. Los actos del Año Geofísico Internacional, celebrado en 1958, dispararon el número de bases científicas, que hoy se estiman en unas 37 bases permanentes y 25 temporales, de 29 países. Ninguna base se puede quejar de falta de motivos de trabajo. La Antártida es un escenario único para la ciencia, con huellas de meteoritos, valles secos, vientos que superan los 300 kilómetros por hora, lagos subglaciales, escasa radiación solar, frío extremo, glaciares, índices bajísimos de humedad y sorprendente vida bajo el hielo. La flora es escasa y rara; la fauna, aún más singular. El animal terrestre más grande es una mosca. Los peces más comunes son los llamados peces del hielo. Poseen una gran cabeza y poderosos dientes. Suelen vivir a unos 400 metros de profundidad. Producen glicoproteínas que actúan como anticongelantes, tienen un alto nivel propio de sodio y cloro y son los únicos vertebrados conocidos sin hemoglobina. Fantástico.

El barco atraviesa el Canal de Lemaire antes de llegar a otra base, la estación Vernadsky, ucraniana. La base fue transferida a Ucrania por Gran Bretaña en 1996. Cuando pertenecía a los británicos, y se llamaba Faraday o, sencillamente, F, fue una de las dos bases de la Antártida que descubrieron, al alimón, la existencia del agujero de ozono. La base es permanente, aguanta todo el año. Su interior apenas conoce la luz solar. Las ventanas son mínimas. Incluso en verano están casi tapadas por la nieve. El mismo edificio, bajo, de hormigón, sirve como estación científica y dormitorio. Los científicos ucranianos, 11 esta temporada, han dedicado uno de los cuartos a montar la barra de un bar: “el pub más austral del mundo”, dicen. Regalan una copa a las turistas que les dejan, de recuerdo, su sujetador.

El Canal de Lemaire, de once kilómetros de longitud y poco más de un kilómetro de anchura, se considera el tramo más espectacular de la navegación por las costas de la Península Antártica. Lo bautizó Adrien de Gerlache con el nombre de Charles Lemaire, un explorador belga del río Congo que quizá nunca supo lo que era el frío. Aquí, en el canal que lleva su nombre, hiela. Las montañas se cierran sobre el barco. El mar parece inmóvil, ahogado por planchas y bloques de hielo, mientras el sol ilumina los picos que brillan en el horizonte con sus cumbres cubiertas por nieve, niebla y humo. Al Canal le llaman el Kodak Crack, el pasaje más especial para las fotografías.

El Canal es el lugar elegido para que algunos pasajeros, voluntarios, vivamos la experiencia quizá más intensa de todas: la navegación, en lanchas neumáticas, entre los hielos. Llevamos el máximo equipo posible: botas especiales, doble calcetín, pastillas térmicas entre los calcetines y las botas, jersey, abrigo, traje especial, chubasquero, gorro, bufanda, gafas, guantes, mantas… y, pese a todo, sentimos una ligera sensación de frío. La lancha se desliza suavemente entre las planchas de hielo que no hace mucho formaron parte de la plataforma helada que abraza en invierno el continente. La escasa luz dibuja sobre el canal, entre las montañas, un paisaje de bloques de hielo que parecen detenidos sobre el agua. No hay olas, sólo el rumor del agua golpeada por el hielo. Una foca cangrejera dormita sobre uno de los témpanos. La temperatura superficial del agua debe estar entre 5º y 7º. Ningún cuerpo humano resistiría este frío durante más de 45 minutos.

Apsley Cherry-Garrard, explorador británico que viajó con Scott al Polo y sobrevivió al trágico destino de la expedición Terra Nova, dejó escrito en su diario, publicado con el título de El peor viaje del mundo, que Dante estaba en lo cierto cuando situó los círculos de hielo por debajo de los círculos de fuego. Para Dante y para Apsley Cherry-Garrard, el último extremo del mundo estaba tras el último círculo de hielo. Para nosotros, ahora, también. En el horizonte, donde los hielos casi se unen y las aguas casi se paran, nuestra vista asegura que allí se encuentra, con certeza, el vacío final.

El último día de navegación, antes de emprender el camino de regreso, amanece despejado. Objetivo: cruzar el paralelo 65, el Círculo Polar Antártico, y, si es posible, no terminar el viaje sin avistar ballenas. En estas aguas se encuentra la mayor variedad de ballenas del globo: azules, jorobadas, minke y francas australes… además de cachalotes, orcas, zifios y delfines. El barco atraca en la estación Brown, la primera base continental argentina, y en Neko Harbour, un puerto natural que lleva el nombre de un barco ballenero noruego, el Neko.

En la zona hay una colonia de pingüinos Papúa y ejemplares de un ave que cautiva todas las miradas: el cormorán antártico o de ojos azules. Es la única ave capaz de bucear hasta los 120 metros de profundidad. Su plumaje recuerda al de un pingüino: vientre blanco y dorso negro, pero su singularidad está en el círculo azul claro que rodea sus ojos y que envuelve su mirada en una extraña e inquietante claridad.

De regreso hacia el norte, después de cruzar la línea imaginaria del Círculo Polar Antártico, en el puente de mando del barco han avistado dos ballenas.

El barco modifica su rumbo para contemplar a las ballenas, una pareja de jorobadas que busca comida sin preocuparse por la proximidad del barco. Pronto, las dos ballenas ofrecen a las cámaras sus largas aletas y el baile de su enorme cola. Las jorobadas se alimentan sobre todo de krill, la gamba que da de comer a las ballenas y a la mayor parte de las aves que viven en la Antártida. Las focas cangrejeras también comen krill. Se calcula que la masa total de krill supera los 600 millones de toneladas. Es la mayor biomasa de una sola especie que existe en el planeta.

Las jorobadas son las más juguetonas y desenfadadas de todas las ballenas, según las describió Melville. El autor de Moby Dick dijo también que las jorobadas tienen inclinación a viajar sin rumbo fijo. El rumbo del MS Fram ahora se fija hacia el norte. La travesía por el Pasaje de Drake, de regreso, se hace más cómoda, parece como si nos hubiéramos acostumbrado a las olas, al viento y al balanceo. Los petreles vuelven a dejarse llevar por las corrientes a los costados de la nave y quizá también podamos ver al gran albatros.

En Ushuaia nos espera el cartel de “Bienvenidos al fin del mundo” después de una travesía única, un viaje excepcional, emocionante, fantástico. Somos unos privilegiados y ahora sabemos dónde está el límite de la Tierra. Lo hemos visto. Sabemos que existe, con seguridad, y que se halla en la Antártida. En algún lugar al sur, más allá del fin del mundo. Cuando se cruza el último círculo de hielo.

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COMENTARIOS

  • Por: ANA 11/12/2014 0:06

    es muy interesonte sodre lo que habla sodre la antartida sodre los animales que habitan hay

  • Por: ANA 10/12/2014 23:54

    espero que sigan envestigando sodre la antartida sodre los animales.

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