La Alhambra, visita básica para conocer el gran monumento de Granada

Manuel Mateo Pérez
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Granada, una de las ciudades más bellas del mundo, es dueña de uno de los capítulos más importantes de la historia del arte. La Alhambra, el fortín y el palacio construidos por la última dinastía hispanomusulmana en tierra peninsular, es la síntesis de la belleza, la grandeza y el magnificencia de aquella civilización fundada en el primer tercio del siglo XIII por el rey Alhamar de Arjona y concluida por el sultán Boabdil un 2 de enero de 1492 cuando los reyes Isabel y Fernando entraron en Granada y pusieron fin a ocho siglos de presencia árabe en España.

La Alhambra corona la Colina Roja, la Sabika nazarí, rodeada por un denso bosque protegido por toda suerte de árboles de alta copas. Desde la ciudad cristiana, desde lugares emblemáticos como la Antequeruela, el Realejo o el Albayzín, la Alhambra es el centro hacia el que se dirigen todas las miradas. Nuestros ojos enfocan en primer lugar la Torre de la Vela, que es como la gran proa de un barco anclado que pareciera que va a zarpar en cualquier momento rumbo a la Vega. La Vela es la torre que cierra el triángulo isósceles que dibuja la Alcazaba, la ciudad fortificada, cuartel de los ejércitos y primera memoria de la Alhambra.

Patio de los Leones. | alxpin / ISTOCK

Desde el paseo de los Tristes, que escolta el tránsito de las aguas del río Darro en su encuentro hacia el cauce del río Genil, se distinguen todas las grandes torres que enaltecen la Alhambra. La Torre de Comares es junto a la Torre del Homenaje las dos mayores. Ambas fueron morada y solio de los reyes de Granada, lugar de encuentro y recepción, de poma y ceremonia. Comares preside el patio de Arrayanes, construido en el siglo XIV por el sultán Yusuf I. Fue su hijo Muhammad V al que se debe la construcción del palacio contiguo. Se trata del Palacio de los Leones, dispuesto en torno al patio del mismo nombre, la conocida fuente sostenida sobre los lomos de los doce felinos, los dos cenadores a ambos lados y los salones de Abencerrajes y Dos Hermanas, quintaesencia del refinamiento decorativo nazarí. La visita nos conduce después hacia el Jardín de Lindaraja antes de penetrar en los cuartos del emperador Carlos, construidos con motivo de su viaje de novios con la emperatriz Isabel de Portugal. Estos cuartos exhalan el aroma de los viajeros románticos, en especial el Peinador de la Reina, ese delicioso studiolo que conoció durante su estancia en Granada el diplomático y escritor estadounidense Washington Irving.

El Partal representa la sublimación de la jardinería nazarí y las torres de la Cautiva y las Infantas dos residencias palatinas en el corazón de la Alhambra. Antes de abandonar la Alhambra en dirección al Generalife es necesario visitar el palacio de Carlos V, resumen del renacimiento en Granada, obra de Pedro Machuca y espacio que el emperador quiso erigir para ubicar su corte y su residencia. Hoy están ocupado por dos museos: el de la Alhambra y el Bellas Artes de Granada. Próximo a él están la iglesia de Santa María de la Alhambra y el viejo convento de San Francisco, convertido en parador de turismo.

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El Generalife, el denominado ‘jardín del arquitecto’ según la traducción hispanomusulmana era la residencia de verano de los sultanes y su familia, y son sus jardines en torno a los cuartos principales una de las estampas más reconocibles de este espacio situado a los pies de la Silla del Moro, los restos de un primitivo castillo hoy felizmente recuperado y desde donde se advierten una de las vistas más bellas de Granada.