Alentejo, el secreto mejor guardado de Portugal

No es descabellado sospechar que si esta campesina porción de Portugal sigue siendo poco conocida es por puro egoísmo. Porque sus incondicionales parecen poco dados a compartir este diamante en bruto, no vaya el Alentejo a atraerse a demasiados intrusos y sus pueblitos empedrados, sus sierras y ciudades monumentales, o sus playas salvajes corran el riesgo de perder algo de autenticidad.

Elena del Amo

Para algunos, el Alentejo es poco más que un alto en la ruta hacia las playas del mucho más turístico Algarve. Por desgracia para ellos y para mayor gloria de quienes tienen el acierto de dedicarle su tiempo a esta delicia que se ha plantado en el siglo XXI sin perder un gramo de autenticidad. La emigración del campo a la ciudad ha tenido también mucho que ver en ello. Las tostadas planicies alentejanas, aún sembradas de vides, de trigo y de olivos y alcornoques retorcidos por los siglos, han sido de siempre tierras humildes, y todo el que podía hacía el petate y se marchaba a buscar fortuna a las fábricas de Lisboa o a las de Zurich y Stuttgart. Atrás quedaban los abuelos, los niños y la casa del pueblo, que se iba adecentando cuando se podía. Gracias a ello el Alentejo se ha librado del ladrillo visto, los balcones de aluminio y los adosados.

La uniformidad de sus pueblos es la primera de una larga lista de sorpresas. Blancos, de casitas pulcramente encaladas que se alegran con los tonos albero que enmarcan puertas y ventanas; apiñados sobre callejuelas de empedrado portugués que trepan hacia la carcasa de un castillo en las alturas que, en mejor o peor estado, habla de las muchas batallas que libraron por estos pagos incluso después de haber expulsado a los musulmanes. Extremadura queda a tiro de piedra de estas geografías del Além Tejo -es decir, de "más allá del Tajo"-, y la independencia del reino de España fue tantas veces puesta en cuestión que los reyes portugueses se gastaron sus buenos caudales en blindar sus fronteras con tal barbaridad de fortificaciones que al viajero no le quedará otra que resignarse a escoger entre las más imponentes porque recalar por todas ellas podría fácilmente comerse entero todo el viaje.

Los primeros, eso sí, se abordan con ganas, pero a medida que se van haciendo kilómetros, esa postal alentejana de campos de flores con un castillo posado en la coronilla de un caserío armado alrededor de una plaza en la que sus viejos de gorra y bastón echan la mañana arreglando el mundo se vuelve tan familiar que, quien más y quien menos, se irá organizando la ruta para buscar algo que no tengan los demás. Como las rechonchas chimeneas morunas que despuntan sobre las tejas del pueblito de Mourão, que desde el siglo XIV monta guardia sobre el Guadiana, a una decena de kilómetros de la frontera para quienes accedan al Alentejo por la N-256 ó, enseguida, la traza medieval de Monsaraz, un pueblo blanco y serrano con vocación de centinela que, conquistado a los árabes en 1167, vigila la llanura desde su cerro protegido entre unos muros de impresión. Apenas suma un centenar de vecinos y cuatro calles de pizarra vetadas al tráfico, pero Monsaraz no necesita de más para que muchos la consideren una de las aldeas con más encanto de todo el país.

Para la mayoría, sin embargo, el punto de acceso al Alentejo es Elvas, desde la que se avista Badajoz. En ella es mejor no buscar nada porque esta ciudad-fortín que ni siquiera hoy parece haber bajado la guardia sigue siendo una ratonera para el intruso. Por lo que, aunque hoy se viaje en son de paz, lo mejor será dejar que sus tesoros le encuentren a uno.

Aquí los fanáticos de la arquitectura castrense no dejarán de relamerse porque a los restos de su muralla árabe y su muralla fernandina se suma todo un ingenio de fuertes, baluartes, almenas, bastiones y revellines en forma de estrella que, siguiendo las pautas del arquitecto militar francés, el marqués de Vauban, permitieron defender desde todos sus ángulos este puesto fronterizo que, después de seis siglos a vueltas con los castellanos, encierra en su interior un casco viejo con profundo sabor portugués, sembrado de casas blasonadas, iglesias de azulejos y el consabido pelourinho en el que se ajusticiaba a los bandidos.

Por este tramo, el más monumental del Alentejo, aflora Vila Viçosa, sede de la casa de Bragança en el siglo XV y dueña y señora del enorme Palacio Ducal que preside la Plaza del Terreiro do Paço. Y muy cerca, entre unas canteras de mármol de las que ya se sirvieron los romanos y que aún siguen en activo, se perfila Estremoz, con su barrio bajo de racionalidad pombalina y, en lo alto, el entresijo de caserones góticos y manuelinos que, apretados entre las murallas, engalanan el barrio del castillo, cuya verticalidad acentúa su Torre del Homenaje.

La mejor tajada de este Alentejo monumental se la reserva Évora. La sucesión de arcos de un acueducto perfectamente en forma y, de nuevo, un corsé de líneas defensivas erigidas por romanos, visigodos, árabes y por un buen puñado de reyes portugueses es lo primero que asoma al arrimarse a la fértil Ébora cerealis de la Lusitania romana. Pero una vez intramuros aguardan nada menos que 40 hectáreas de un casco histórico reconocido con toda justicia como Patrimonio de la Humanidad. El empinado laberinto de su barrio árabe y su antigua judería se abre a plazas inmensas como la de Giraldo, a la que los cafés sacan a la fresca sus terrazas en cuanto la ciudad se gasta uno de esos días luminosos de cielos de un azul que ciega y de nubes gordas y algodonosas, tan alentejanas. Desde este cogollo esencial se desgaja Évora entera por callecitas como la 5 de Outubro, que enfila hacia el templo romano que enfrenta sus columnas corintias a las fachadas del Palacio Arzobispal -hoy museo-, el antiguo Convento dos Lóios -hoy pousada- y la maravillosa iglesia anexa revestida de azulejos con el sello del maestro António d''Oliveira. A dos pasos, la Sé, esa catedral con aires de fortaleza, y las sedes de la universidad que aliña la ciudad de ambiente estudiantil, además de encantadoras placitas como el Largo da Porta da Moura, por la que se va sucediendo un rosario de conventos, altares a pie de calle e iglesias hasta dar con la de São Francisco, famosa por su macabra capilla de calaveras y tibias. Pero Évora, la favorita de reyes y arzobispos, también le deja a uno ser testigo, sin más ceremonias, de los quehaceres cotidianos de sus vecinos por esas calles que huelen a pan recién hecho y a esa cortesía tan a la portuguesa.

Por aquí acaban los territorios alentejanos más reconocidos y también los más trillados. Al norte aguardan pequeños descubrimientos en los que se palpa la tradición taurina, como Portalegre o como Alter do Chão, por cuyos alrededores acercarse a conocer la Coudelaria Real, la caballeriza de raza lusitana más importante de Portugal. Pero por las dehesas y lomas de la Sierra de San Mamede reclaman sobre todo una justísima atención el burgo del castillo y las cuestas inmisericordes de la judería, reventada de geranios, de la noble villa balnearia de Castelo de Vide y, más arriba aún, el nido de águilas de Marvão, una preciosa villa medieval sobre un risco de granito que lleva varios años postulándose como candidata para que la Unesco se avenga a reconocerla Patrimonio de la Humanidad.

Estas serranías, tan verdes, se asemejan más a la vecina Beira Baixa que a los pueblos del llamado Bajo Alentejo, otro secreto, más moruno, de esta vasta región que, a excepción de la tira costera del Algarve, ocupa entero el tercio sur de Portugal. La huella árabe no hay aquí quien la esconda, ya sea por los topónimos -los mejores aceites del Alentejo se elaboran en Mourão-, o por las hechuras de sus castillos y de muchas de sus iglesias que, antes de serlo, fueron mezquita. Como la recién rehabilitada de São Sebastião, en el coqueto pueblo de Alvito, y la que despunta junto al castillo de la muy agrícola Serpa, y por supuesto la Iglesia Matriz de Mértola, la más mora de todas.

Pero ese Alentejo que se identifica con las extensiones de campos dorados también llega hasta el mar. Su litoral se prolonga por más un centenar y medio de kilómetros; adornado de calas y acantilados de belleza agreste al sur de Sines y Vila Nova de Milfontes y, a partir de allí, de infinitos arenales que se prolongan hasta pasado Comporta, donde los ricos portugueses juegan a ser pobres instalándose en antiguas cabañas de pescadores a dos pasos de algunas de las playas más despampanantes y más salvajes que le quedan a Europa.