10 razones para enamorarse de Valencia

Pólvora, música y fuego son, sin duda por lo que casi todo el mundo conoce a Valencia. Las Fallas son las fiestas más esperadas de la capital levantina, pero no es lo único por lo que uno se enamora de la ciudad.

Silvia Roba
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Foto: Gonzalo Azumendi

Vivir la fiesta

Como la dieta mediterránea, el flamenco o el canto de la Sibila en Mallorca, el 30 de noviembre de 2016 las Fallas de Valencia fueron declaradas por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. No solo las esculturas satíricas creadas por los artistas locales. También todos y cada uno de los actos que envuelven la festividad: desfiles de bandas de música, ofrendas florales... Una fiesta ahora más internacional que nunca reconocida por ser expresión de “la creatividad colectiva”, servir para salvaguardar “las artes y oficios tradicionales” y, sobre todo, “propiciar la comunicación y el diálogo entre los ciudadanos”.

Museos de ayer y hoy

Es una visita obligada para todos aquellos que ponen por primera vez un pie en Valencia: el Museo Fallero. En él se pude contemplar fotografías de las mejores Fallas, carteles históricos y una magnífica colección formada por los ninots que cada año, desde 1934, son indultados del fuego por votación popular. Pero, ya que estamos, ¿qué tal una vista al Museo de les Ciències? Es el gran museo del siglo XXI que da a conocer, de forma didáctica, interactiva y amena, todo lo relacionado con la evolución de la vida, la ciencia y la tecnología. Habrá quien prefiera acercarse hasta el Oceanogràfic, perfecto si se viaja con niños, que podrán saludar a la joven beluga que nació el pasado 15 de noviembre. El recinto donde se alzan ambos espacios es una auténtica ciudad temática sobre el conocimiento, aunque no la única de la capital levantina. La primera en fundarse fue la Ciudad del Artista Fallero, en la otra punta de Valencia, con talleres y un museo con grupos escultóricos de tamaño natural, bocetos originales de Fallas, maquetas... ¡Imprescindible!

Plaza de la Virgen de Valencia | Gonzalo Azumendi

El barrio de Ruzafa

En Ruzafa, la zona de moda de Valencia nunca llega la noche. El epicentro de todo es el Mercat de Russafa, con sus más de 600 puestos de venta y su fachada de colores, que ya hace presagiar la alegría y creatividad desbordante que respira el barrio. Sí, es territorio hipster, pero con verdaderos lugares de culto, como los restaurantes La Cooperativa del Mar, que en sus tiempos fue la pescadería Pepe; la Taberna El Rojo, con sus pinchos y tapas, y el Canalla Bistró, de Ricard Camarena, en el que lo mismo puedes saborear un sándwich de pastrami como si estuvieras en el Lower East Side de Nueva York que un nigiri de anguila ahumada como si acabaras de salir de trabajar en Osaka. Para desayunar nos gusta La Más Bonita y, por qué no, su Spanish Breakfast (huevos fritos con jamón ibérico, patatas, tomate asado y pan); para curiosear y comprar, Gnomo, una tienda guay de diseño; para tomar un café (y también para leer), el Ubik, y para tomar una copa, El Abrazo de la China. El barrio de Ruzafa no tiene fin.

La Ciutat Vella

Cualquier momento es bueno para disfrutar de los principales monumentos valencianos de la zona centro. A saber: el Mercado Central, una joya del modernismo y uno de los mayores centros de Europa dedicado a la especialidad de productos frescos; la Lonja de la Seda, obra maestra del gótico civil, y la Catedral, que conserva, ahí es nada, el Santo Grial. Si hablamos de ejercer el noble arte de la contemplación, una sugerencia: visitar la iglesia de San Nicolás. Desde el pasado año lucen en todo su esplendor, tras una profunda rehabilitación, los frescos barrocos del templo, pintados a finales del siglo XVII. Los trabajos de restauración han permitido sacar a la luz su policromía original.

Mercado Central de Valencia | Gonzalo Azumendi

Tradiciones gastronómicas

Parece ser que las primeras bunyoleras fueron, precisamente, las esposas de los carpinteros que quemaban sus trastos y aperos el día 19 de marzo para honrar a su patrón y celebrar la llegada de la primavera. Ataviadas con impolutos delantales blancos, preparaban entonces los hoy imprescindibles bunyols de carabassa, buñuelos de calabaza, que se pueden tomar solos o, mejor aún, acompañados de chocolate caliente. Se pueden degustar en los puestos callejeros o en locales clásicos como la Horchatería Fabián, en el barrio del Ensanche; la churrería Casa Piloto, en el de Torrefiel; El Collado, en pleno centro, y la Buñolería El Contraste, en Ruzafa. Los mejores helados están en Llinares, en la Plaza de la Reina. Y para la horchata con fartóns, la histórica Horchatería Santa Catalina o la mítica Casa Daniel en Alboraia.

Arroces y algo más

La tradición valenciana también manda comer en algún momento una buena paella valenciana. Los ingredientes que no deben faltar son: pollo, conejo, ferraura (judía verde), garrofó (alubia plana), tomate, aceite de oliva, agua, azafrán, sal y, obviamente, arroz. El origen del plato hay que situarlo en la zona arrocera de las inmediaciones de Valencia unos cuantos siglos atrás. ¡Pues vayamos allí! Tres direcciones: Casa Carmina (riquísimo su arroz con fessols i naps), Duna (su especialidad es el arroz meloso de rojos) y L’Estibador. Los tres restaurantes se ubican en El Saler, en el Parque Natural de la Albufera, donde se impone un paseo en barca a la caída del sol. Otro más: Casa Chiva, en El Perelló, también espectacular.

Embarcadero de la Albufera | Gonzalo Azumendi

¿Un río o un jardín?

Imprescindible se hace una visita al paseo de la Alameda, junto al puente de las Flores. Obra de Santiago Calatrava, este puente es uno de los que atraviesa el jardín del Turia, que se extiende a lo largo de nueve kilómetros por el antiguo cauce del río, entre la Ciudad de las Artes y las Ciencias y el parque de la Cabecera. Es el jardín urbano más largo de España, así que... ¡toca recorrerlo! ¿La mejor forma? En bicicleta. Hay multitud de empresas que proporcionan vehículos a dos ruedas para pasear por la ciudad, como Doyoubike, Aravolo Senatibikes o Valenbisi, cuyas bicis son las que utilizan los valencianos para moverse cada día, aunque también es posible sacarse un bono de corta duración especial para turistas. Vale la pena hacer el trayecto entero, con parada en algún punto intermedio –quizás el Museo de Bellas Artes, que acaba de concluir una larga rehabilitación–, antes de terminar el paseo en el Bioparc, un parque de la Naturaleza con lémures, gorilas, elefantes, jirafas... Ideal para quienes viajen en familia.

Mediterráneo total

La primavera ya está aquí. Y nada mejor que disfrutar de esos rayos de Sol que anuncian el fin de una estación al borde mismo de la playa. Hasta Valencia se viene siempre en busca del mar y, de paso, a descansar de mirar al fuego mirando el agua. A la Malvarrosa, con su gran paseo marítimo, podemos llegar en tranvía. A un lado queda, ya en Alboraya, la playa de la Patacona –cómo nos gusta la terraza La Más Bonita– y, al otro, Las Arenas, la playa de ese barrio de pescadores tan auténtico llamado El Cabanyal, con sus deliciosas bodegas (La Peseta, La Pascuala, Ca la Mar...) y su magnífico TEM (Teatre El Musical), surgido de la rehabilitación del Ateneo Musical del Puerto. Pero aún hay más Mediterráneo en Valencia: el que se disfruta desde, por ejemplo, la terraza del Marina Beach Club de la Marina Real, con un edificio, el Veles e Vents, obra de los arquitectos David Chipperfield y Fermín Vázquez, convertido en pieza central de la reorganización del puerto. La construcción está formada por cuatro plataformas de hormigón que parecen sustentarse en el aire. En su interior hay varios restaurantes, como el Malabar, beer & food en un espacio de lo más cool.

Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia | Gonzalo Azumendi

Arte emergente

La poderosa creatividad de los artistas falleros ha sido uno de los motivos fundamentales por el que las fiestas valencianas han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. Hace ya casi 30 años Valencia revolucionó el panorama creativo nacional con la apertura del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), cuyo objetivo principal continúa siendo la difusión del arte moderno. Después llegaría el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM), otro museo rompedor nacido como lugar de interacción cívica y de reflexión sobre los problemas de la sociedad. Ahora, Valencia vive una revolución de “contenidos y contenedores”, como señaló recientemente Nuria Enguita, directora del nuevo Bombas Gens Centre d’Art, en un edifico art decó del barrio de Marxalenes, que esta misma primavera abrirá sus puertas, algo que también hará el CaixaForum Valencia, que servirá para rellenar el Ágora de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Pero hasta que ambos comiencen su programación, fijémonos en otros sitios donde el arte emergente ha encontrado su propio espacio. Nos gusta La Fábrica de Hielo de El Cabanyal, todo un referente ya para la creación y difusión cultural, en el que tienen cabida las artes escénicas y plásticas, la música y talleres de todo tipo (desde expresión corporal hasta yoga y meditación). El espacio Amstel Art, en el Veles e Vents, también apuesta por un programa multidisciplinar muy actual (escultura, fotografía, new media...), al igual que Las Naves, centro de creación contemporánea ubicado en unos viejos almacenes junto al puerto.

Cualquier tiempo pasado…

Aunque la mayor parte de los viajeros llega a Valencia en avión o en AVE, resulta imposible resistirse al encanto de la Estación del Norte, aún en activo y además de enhorabuena: en este 2017 cumple sus primeros cien años. Es de estilo modernista, igual que el Mercado de Colón, que celebró su centenario el pasado 2016. Como estamos nostálgicos, nos queda ya una última recomendación: pasear, de día –con tiendas de moda muy originales, como Bugalú y Madame Bugalú– y también de noche –¡qué ambiente!–, por el milenario barrio del Carmen, protegido por las torres de Quart y las de Serranos, que nos devuelve al principio de todo, al ser estas últimas el lugar donde se celebra la crida.