Sevilla
Obra anónima del XVII, la Esperanza Macarena concita una desbordante agitación, en especial en la calle Feria y en el cruce de la Cruz Verde, cuando el paso de misterio de la Sentencia y sus armaos ya han desfilado y el paso de palio camina muy despacio entre el recogimiento general de los asistentes y bajo la música emocionada de marchas como Amarguras, de Font de Anta, o Madrugá, de Abel Moreno. Los poetas sevillanos insisten en que no hay palabras para describir ese momento.
Estos días Sevilla está perfumada por el azahar. Casi sesenta cofradías y hermandades tomarán las calles, plazas y avenidas de una ciudad que durante ocho largos días no vive para otra cosa que no sea la admiración de sus ricos pasos, de sus veneradas imágenes, de la plasticidad, el barroquismo y la prodigalidad que imprimen legiones enteras de nazarenos que adormecen las tardes y las noches con olor a cera e incienso.
La belleza no es una creencia. Es una emoción. Obras cumbres de la historia del arte mundial son imágenes como La Pasión, de Juan Martínez Montañés, que realiza su estación de penitencia desde la iglesia de El Salvador en la noche del Jueves Santo.
No es de extrañar que una celebración tan singular haya trascendido las orillas del Guadalquivir para quedar instalada en los pueblos y ciudades de esta provincia. Las ciudades medias sevillanas enriquecen más si cabe el mito de la Semana Santa más bella del mundo. écija, Osuna, Marchena, Carmona, Cazalla, Lebrija o Utrera guardan en sus iglesias parroquiales tesoros artísticos que quieren compartir con propios y extraños. Durante los ocho días que duren los desfiles penitenciales cientos de imágenes invadirán calles y plazas para proclamar la llegada de la primavera en Andalucía.
Y además...
Sevilla puede desdoblar sus encantos para ofrecer algo más que desfiles procesionales. Así, también es posible escaparse de las celebraciones de Semana Santa visitando las históricas piedras del yacimiento arqueológico romano de Itálica, ciudad que desempeñó un importante papel estratégico tanto en lo político-militar como en lo económico durante el Alto Imperio romano; las marismas de Isla Mayor que ven descender las aguas del Guadalquivir, convertido a estas alturas en una ría; o, sencillamente, hospedándose en las tentadoras haciendas rurales que ofrecen alojamiento de lujo para quien que busque refinamiento, exclusividad y buen trato.
Y para los que decidan quedarse en Sevilla, nada mejor que seguir la tradición e irse de tapas por el centro.
Imprescindible: La visita durante el Jueves Santo a los templos de la capital. Mujeres ataviadas con mantilla participan en los oficios religiosos.
Un paseo por la Campana, inicio de la carrera oficial sevillana, a cualquier hora de la tarde y la noche. Hacerse un hueco merece el esfuerzo.
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