Sabor mediterráneo
Lirios de mar, pinos blancos… La dehesa en la que se extiende la playa de El Saler es una zona rica en vegetación, con uno de los campos de golf más famosos de España junto al Parador. Un lugar alejado de la urbe, aunque no por ello haya que dejar de visitarla. Valencia es la metrópoli del futuro, con una interesante agenda cultural.

Quien elige el Parador de El Saler para pasar unos días seguramente tenga muy claro el motivo de su elección. Quizás jugar al gof, quizás visitar por vez primera Valencia, o, sencillamente, el deseo de huir de las prisas urbanas y cultivar el culto al cuerpo. Eso es algo que se puede conseguir paseando a la mañana por la misma playa de El Saler, de algo más de cinco kilómetros de extensión. Es una de las preferidas por los valencianos, que hasta aquí llegan atraídos por su finísima arena. La jornada de sol al aire libre se puede completar en el fantástico spa que ofrece el Parador, con una carta muy completa de tratamientos. Algunos son clásicos –masajes con piedras volcánicas y aceites aromáticos–, otros modernos –Dulce Sensación, antiestrés– y otros realmente sorprendentes, inspirados en el paraje en el que nos encontramos, con el arroz, el azúcar de caña y los cítricos como principal base. Baños de burbuja, piscina climatizada, terma y sauna completan un magnífico spa que es mediterráneo puro. También mediterráneo es el xaloc, viento del sureste, cálido y húmedo, que da nombre a la habitación más especial del Parador, la 124, con un jacuzzi situado en la terraza desde el que disfrutar de la luz del sol que, cada mañana, aparece por el Levante, su orientación. La suite sorprende, además, por su innovador diseño, con un cubo de ébano de macasar que sirve para separar el salón del dormitorio y que acoge el cuarto de baño.
El Parador de El Saler, a orillas del Mediterráneo, es una
soberbia construcción donde predomina el cristal.
soberbia construcción donde predomina el cristal.
A sólo 11 kilómetros de la ciudad de Valencia, aparece, sorprendente, la Albufera, a la que se accede por la carretera de El Saler que va a Cullera. Declarado Parque Natural en 1986, este humedal es la primera visita que debe hacer todo aquel que se hospede en el cercano Parador. A pesar del paso del tiempo, continúa siendo una experiencia única pasear con los pescadores en los típicos barquets –embarcaciones largas y planas– al amanecer o al caer la tarde, justo cuando los primeros o últimos rayos de sol rebotan en el agua creando un auténtico espectáculo visual. Estamos en una de las zonas húmedas más importantes de la Península, sólo comparable al Parque Nacional de Doñana o al Parque Natural del Delta del Ebro. La palabra Albufera proviene del árabe Al Buhayra, que quiere decir “pequeño mar”. Y eso es lo que es: un lago de unos seis kilómetros de diámetro, entre el Mediterráneo y los arrozales, formado hace mucho tiempo ya al depositarse allí los sedimentos de los ríos Júcar y Turia, que fueron marcando sus límites. En época de los romanos llegó a contar con 30.000 hectáreas, aunque, en la actualidad, sólo se contabilicen 2.837. Es lugar de encuentro y descanso de numerosas aves migratorias, además de refugio de unas 250 especies (garzas, ánades, cigüeñuelas…). La Albufera se comunica con el mar a través de golas (canales), que regulan el paso del agua según las necesidades del arroz. Todo esto y muchas curiosidades más pueden ser escuchadas en boca de los pescadores que acompañan en sus barcas a los viajeros, que observarán cómo se deslizan bajo las aguas esas anguilas que pasarán, después, a los platos convertidas en all i pebre, la especialidad de la zona. Es éste un lugar mágico del que forman parte, como guardianes del tiempo, sus famosas barracas, viviendas construidas con cañas y barro.
Es la urbe más viva del planeta, un gran centro cultural y de ocio situado en uno de los extremos del antiguo cauce del Turia, en Valencia. Sus 350.000 metros cuadrados de superficie la convierten en el mayor centro de Europa de sus características. Un espacio abierto donde es posible escuchar ópera, ver las estrellas, desafiar a un tiburón… Concebida, en su mayoría, por el arquitecto Santiago Calatrava, la Ciudad de las Artes y las Ciencias está formada por varios edificios, cuya puerta natural es L’Umbracle, un winter garden de arcos metálicos fijos y volantes que sirven de cubierta a una avenida con un centenar de palmeras, más de 60 naranjos amargos y plantas trepadoras. Frente a él emerge la espectacular silueta del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, un hito de la arquitectura actual construido en acero, hormigón y cristal en cuyo interior se pueden realizar un sinfín de experimentos para ampliar los conocimientos en disciplinas como la Astronomía, la Anatomía o la Física, y contemplar algunas de sus joyas, como son la reproducción de la molécula de ADN o el péndulo de Foucault. El Palau de les Arts tiene otra misión distinta. La construcción más arriesgada de cuantas ha proyectado Calatrava –en forma de barco, con una pluma en voladizo– es todo un coliseo de las artes escénicas, donde tienen lugar conciertos de música y representaciones teatrales, operísticas y de danza. L’Hemisferic, ese ojo que todo lo ve, esconde en su interior un planetario y un cine con sistema IMAX. L’Oceanogràfic tiene más de 45.000 ejemplares de 500 especies distribuidos en acuarios o piscinas en diferentes torres que reproducen todos los ecosistemas del planeta. Hay delfines, ballenas beluga… Es el mayor acuario de Europa, cuya forma –su cubierta representa un nenúfar– compite en miradas con el ágora, un centro de convenciones aún sin inaugurar, que se eleva casi hasta el cielo.
El Parque Natural de la Albufera, que se comunica con el
mar a través de canales, es el refugio de 250 especies
de aves.
mar a través de canales, es el refugio de 250 especies
de aves.
Antes de adentrarse en cada uno de los pequeños mundos que ofrece la ciudad de Valencia, unas palabras: “Veles e vents han mos desigs cumplir / aent camins dubtosos per la mar”. Son los versos del poeta medieval Ausiàs March que inspiraron al inglés David Chipperfield y al español Fermín Vázquez para diseñar el que es hoy el emblema de la nueva Valencia. Hablamos del edificio Veles e vents, construido para la celebración de la America’s Cup en ese canal que sirve de enlace visual entre el mar y la ciudad. De líneas horizontales, blanco y minimalista, es hoy el referente esencial para el público que visita la imponente Marina Real Juan Carlos I –“la más hermosa del Mediterráneo”– que forma parte del mayor puerto deportivo de España, junto a la dársena del antiguo port de la ciudad. De día es el lugar perfecto para pasear y relajarse. Cuando se encienden las luces, punto de reunión de noctámbulos que apuran, en sus restaurantes de diseño, terrazas y lounges, la madrugada. Un buen sitio para dejarse seducir por Valencia, más moderna que nunca, aunque nadie deba marcharse de ella sin visitar su espectacular Lonja, la Catedral o el Mercado Central. Y, por qué no, el Bioparc, un zoológico de última generación en otro de los extremos del antiguo cauce del Turia. lerisque. Donec id tortor.
Parador de El Saler

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Paseos por la playa, golf, tratamientos en el spa… A cualquiera se le abre el apetito tras sucumbir a alguna de las muchas propuestas que el Parador de El Saler ofrece a sus clientes. Estamos en Valencia y eso son palabras mayores, gastronómicamente hablando. Sentado a la mesa de L’Embarcador –decorado completamente en blanco– es posible degustar algunas de las especialidades de la tierra, aunque sólo una es la estrella de la carta. Sí, han acertado: la paella. En las cocinas el arroz es el rey.
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