Colgado de un mito
Calas y acantilados, playas escondidas, rocas que se precipitan sobre el mar. Mucho de bravo tiene el litoral que se extiende por la costa del Empordà y se pierde, salvaje, por caminos de interior. Rincones donde hallar paz. Y arte y alta gastronomía y luz a raudales. El Mediterráneo soñado… bajo la terraza del Parador.
A sólo escasos kilómetros del Parador de Aiguablava aparece, imponente, la localidad de Begur, uno de los centros turísticos por excelencia de la provincia de Girona, en la comarca del Baix Empordà.
El azul casi eléctrico de las aguas que envuelven la localidad, brillantes y cristalinas, rompiendo contra las rocas, es la mejor imagen posible para describir esta zona de la Costa Brava, tan abierta de par en par al mar.
Sólo después de surcar el Mediterráneo o relajarse frente a él se está preparado ya para visitar este encantador pueblo, que se extiende a los pies de un castillo del siglo XI erguido sobre un promontorio.
Para llegar hasta lo que queda de él, lo mejor es iniciar el camino por la carrer de Pi y Ralló y, continuar, después, por la de Sant Ramón. Sólo por las espectaculares vistas que se obtienen desde su mirador –ahí están las islas Medes–, merece la pena.
Para la bajada, se impone seguir el trazado de la calle más antigua del pueblo, la carrer del Castell, con escalones para hacer más fácil el descenso.
Además de su bastión, Begur cuenta con interesantes torres defensivas –todas de planta circular–, casas señoriales con galerías corridas, una iglesia –la de Sant Pere, de estilo gótico tardío– y una calle, la de Concepció Pi, no apta para compradores compulsivos. Para la hora del pica pica (tapeo), ningún otro lugar como las animadas terrazas que se despliegan en la plaza de la Villa.
Los paisajes que rodean al Parador de Aiguablava están
presididos por acantilados abruptos y playas de ensueño.
presididos por acantilados abruptos y playas de ensueño.
Un anfiteatro montañoso. Es ésta la mejor forma de definir ese tramo de costa que rodea al Parador, una de esas zonas de la Costa Brava donde la paz que se respira en las playas más serenas se mezcla con la emoción que provocan siempre los paisajes abruptos, sobre todo, a esa hora bendita en que el sol se hunde en el mar.
El litoral de Begur comienza, hacia el sur, en la cala de Cabres, junto a Palafrugell, con peñascos y cuevas marinas, como la de Gispert, a la que sólo se puede acceder en barca. La punta des Mut cierra, más adelante, la bahía de Fornells que se pierde entre los impresionantes acantilados del cap de Begur.
La bahía se abre para mostrar dos idílicas playas, la de Fornells y la de Aiguablava, una calita donde la arboleda quisiera precipitarse, o reflejarse, sobre los fondos mediterráneos.
Considerada en alguna que otra votación como “la mejor playa de Cataluña”, es un lugar con un encanto especial, que el escritor Josep Plá calificó como “un sueño perdido, un conjunto armónico de formas suaves que dibujan su perfil recortándose en el cielo”.
Fuente de inspiración para poetas y pintores, Aiguablava limita al oeste con la montaña de Ses Felugues, donde han sido descubiertas dos cuevas con más de 2.000 años de antigüedad.
La costa continúa, escarpada, hasta la punta del Plom, dejando a su paso calas donde aguardar el atardecer, como Sa Tuna, Aiguafreda o Sa Riera.
Para quienes busquen algo distinto, una recomendación: platja Fonda, cuya arena luce un profundo color gris. Aunque no hay que olvidar que el mar aún se puede disfrutar de otra manera. Los amantes del submarinismo tienen en esta zona un auténtico paraíso, con puntos para la inmersión como L’illa Negra o Furió Fito, una de las formaciones rocosas submarinas más impresionantes del litoral mediterráneo.
Parador de Aiguablava
No te lo pierdas
Tan sugerente como su nombre, Mar i Vent, es la carta del restaurante del Parador, ubicado en una cala cercana. La tradición se impone en la mesa, donde nunca faltan platos elaborados con productos representativos del Baix Empordà. Fideuà, suquet de peix, mar i montanya… son algunas de las especialidades de la casa, que apuesta por las propuestas sencillas pero sorprendentes, respetando al máximo las propiedades de cada materia prima. Una pizca de sal y brasas de leña de pino bastan para que el salmonete de l’illa Negra sea la mayor de las delicias.
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