Paradores

El gran jardín del archipiélago

La laguna Azul y la laguna Verde del paisaje protegido de Sete Cidades conforman una de las imágenes más buscadas de la isla más grande de este archipiélago luso, con una ciudad, Ponta Delgada, que se ha erigido en la gran capital de las Azores.
La llamada isla verde es considerada por muchos com la más bonita y la más diversa de las Azores.
La llamada "isla verde" es considerada por muchos com la más bonita
y la más diversa de las Azores.
Son las seis y media de la mañana. Una hora intempestiva para la mayor parte de los mortales, salvo para un grupo de gente que ha salido ya de sus casas de piedra basáltica y se dirige, con enormes cazuelas en las manos, hacia las afueras de Furnas. El valle que domina esta localidad está situado en una caldera, con oquedades donde se pueden ver lodos en plena ebullición. Desprenden calor y de ellos sale a borbotones la tierra hirviendo. Como cada mañana, los micaelenses destapan los agujeros situados alrededor de los cráteres y colocan en su interior grandes ollas con carne y verduras. Seis horas después se produce el desentierro: no hay que demorarse, el cocido está listo para comer. La escena se repite todos los días, aunque a veces lo que se cuece bajo la tierra es un trozo de bacalao o un arroz con leche. Las islas Azores son de origen volcánico y eso se hace evidente casi a cada paso, en las escasas playas de arena negra, como la de las Milicias, y en las piscinas naturales de aguas férreas, con temperaturas en torno a los 28º C. La que preside el Parque de Terra Nostra –un vergel tropical de 12 hectáreas con plantas exóticas– es inmensa y siempre está llena. Más pequeña y solitaria es la Caldeira Velha de Coinceção, en Ribeira Grande, en el norte, el lugar preferido por las parejas de enamorados.

En las Azores cada isla tiene su color. São Miguel es verde, algo imposible de discutir. La mitad Este está dominada por amplias extensiones de campos de té. La mitad Oeste, por lagos y montañas. Hacia ella vamos ahora por sinuosas y estrechas carreteras que se retuercen entre paredes de musgo. Los miradores del Pico do Carvão, Vista do Rei y Cerrado das Freiras, con sus espectaculares vistas sobre pequeñas lagunas, constituyen el preludio de lo que nos aguarda a 550 metros de altitud, en Sete Cidades. A la derecha, el lago Verde. A la izquierda, el Azul. Cuenta la leyenda que ambos lagos, formados en las antiguas bocas de un volcán, son producto de las lágrimas derramadas por dos enamorados, una princesa de ojos azules y un pastor de ojos verdes que fueron obligados a renunciar a su amor.

Ambos lagos forman la imagen más repetida en todos los folletos turísticos que proponen las islas Azores como gran destino de naturaleza. Pero existen también otras lagunas menores en los alrededores que también merecen ser mencionadas, como la del Canario, la de Pau Pique, la Rasa y las Empadadas, dos lagunas gemelas con forma de ocho rodeadas de preciosas azaleas. Todas ellas están integradas también en el paisaje protegido del entorno de Sete Cidades, cuya mejor manera de descubrir es a través de varias rutas senderistas que completan el circuito del cráter entre unos increíbles miradouros. Sí, el paisaje de São Miguel, la más grande de todas las islas del archipiélago –también la más poblada-, se hace especialmente abrupto y hermoso en su sector occidental. Ahí es precisamente donde descubrimos Mosteiros, que no hace honor a su nombre, pues no consta que aquí hubiera en ninguna época algún monasterio. Lo que sí que hay son piscinas naturales en sus coladas de lava, protegidas de los vientos que azotan a esta localidad marinera que prolonga sus límites hasta esos islotes que parecen desgajarse de su morro. Para contemplarlos, lo mejor es subir hasta el Pico de Mafra y continuar después hasta la Ponta do Escalvado, desde donde se domina ya la Ponta da Ferraria, con una zona de baños de aguas calientes rodeada de lava negra.

Esta punta pasa por ser el Finisterre de São Miguel, así que habrá que cumplir con los tópicos y aguardar mirando al cielo la caída del sol. Sólo así podemos estar preparados para abandonar por unos momentos el magnífico espectáculo que brinda la naturaleza en esta isla y adentrarnos en un lugar mucho más mundano y urbano, Ponta Delgada, la capital, el lugar en el que se concentra la mayor parte de los servicios y oficinas del archipiélago. Es la única ciudad de las Azores que, además, lo parece, gracias al gran desarrollo que experimentó durante los siglos XVII y XVIII debido a la exportación de la naranja.

Joyas de estilo manuelino
Comenzamos la visita en la parte baja de Ponta Delgada, con la Praça de Gonçalo Velho Cabral como arteria principal. Sólo hay que cerrar los ojos y echar a volar la imaginación por un instante: es como si estuviéramos en la Praça do Comerço de la capital portuguesa. Todo el espacio está ordenado de tal manera que la vista se dirige siempre hacia el mismo lugar: las Portas da Cidade, de 1783, levantadas en el punto exacto hasta el que llegaba el mar. Tras ellas se vislumbra la torre de la iglesia Matriz, con una hermosa portada de estilo manuelino en piedra blanca que fue traída ex profeso del continente. La Praça Vasco de Gama nos pone en el camino del forte de São Bras, precedido por una escultura dedicada al emigrante. Si muchos son los que se fueron, no es menos cierto que muchos son los que se quedan. Cada vez son más los extranjeros que deciden instalarse definitivamente en São Miguel, atrapados por el irresistible imán que ejercen las islas. Para todos ellos, la avenida Infante Dom Enrique, conocida como la Marginal, es habitual punto de encuentro. Durante el día, por su agradable paseo marítimo; durante la noche, por sus animados bares que despliegan sus terrazas en cuanto hace buen tiempo.

Palacios y plantas exóticas
El convento da Esperança, la iglesia de São José, la de São Pedro y el Palacio do Canto son otros lugares imprescindibles para ver en esta parte de Ponta Delgada, que dejamos ahora para adentrarnos por las calles que se alejan del mar hasta alcanzar primero el Museo Carlos Machado –con una interesante sección etnográfica– y el Palacio de Congresos y el Mercado después, donde comprar, por ejemplo, una pieza de fruta.

Con ella en la mano podemos caminar hasta el parque de Antero de Quental, poeta que se suicidó en un banco público de la isla marcado con un ancla (una pista para morbosos: está junto al convento da Esperança). El jardín es agradable, como lo es también el parque José do Canto, con plantas exóticas por doquier y un palacio decimonónico en su interior. Más cuidado está el parque António Borges, con ficus, dragos, araucarias... y hasta un laguito con grutas artificiales. Para poder ver de cerca algún invernadero con piñas, lo mejor es acercarse hasta la Fajã de Baixo, donde se cultivan con mucho mimo (tienen su propia denominación de origen). A sólo dos kilómetros aguarda Fajã de Cima, con una reserva natural con azaleas, palmeras y camelias.

La mitad Este de la isla está dominada por los campos de té; la mitad Oeste por lagos y montañas.
La mitad Este de la isla está dominada por los campos de té; la mitad
Oeste por lagos y montañas.
La elegancia y cosmopolitismo que marcan la vida diaria en la capital se deshace enseguida en São Roque, un pueblo que se estira y estira en la costa en torno a sus arenales. Son playas de arena negra –Praia das Milicias, Praia do Pópulo–, donde descansar plácidamente entre ruta y ruta. Plácido también resulta el pueblo de Relva –al otro lado de Ponta Delgada–, con casas que parecen a punto de caerse acantilado abajo. Los miradouros de Caminho Novo y el de Vigía proporcionan panorámicas únicas. Como única también es la experiencia de evadirse de todo en algunas de las casetas de vigía sin agua ni luz que los micaelenses utilizan para olvidarse del mundo. Ponemos rumbo ahora a Lagoa, otra de las grandes ciudades de São Miguel, y a una de las playas de su concelho, Caloura –cien por cien mediterránea–, para proseguir después en dirección a Vila Franca do Campo, situada frente al ilhéu da Vila, caldera de un pequeño volcán que se utiliza como piscina. Es obligado darse una vuelta por su casco histórico, donde encontramos el Núcleo Museológico de Olaria y la iglesia de São Miguel, con una capilla mayor decorada con azulejos. El paseo entre callecitas y templos resultará especialmente agradable, aunque no más que su litoral, con playas de arena negra, castelinhos y fortines. Para ver molinos y batanes hay que desplazarse hasta la Ribeira Grande, localidad que sufrió lo suyo –la erupción de la Lagoa do Fogo y un terremoto– hasta llegar a ser lo que es hoy: una población ordenada y llena de monumentos. Habrá que visitarlos, pero sin olvidar que esta Ribeira también constituye el mejor centro de operaciones posible para realizar una excursión a la Serra de água de Pau, con su Caldeira Velha, piscinas termales y fantásticos miradores, sobre todo el que se eleva sobre la Lagoa do Fogo y el del Pico Barrosa. El pueblecito marinero de Porto Formoso, los bosques que rodean Povoação y Nordeste son esos otros lugares de interés que hay que conocer para dar por terminado un recorrido completo por São Miguel. Por cierto, Nordeste es para muchos la décima isla de las Azores, con jardines colgantes que caen sobre sus sorprendentes acantilados. Como mira a naciente, su punto álgido es el amanecer. Y hay que disfrutarlo.

Cerámica artesanal
Uno de los mayores reclamos de Lagoa es su Fábrica de Cerámica Vieira, fundada en el año 1862 y auténtico estandarte de la producción manufacturera de la isla. Aún hoy sigue en funcionamiento. Es posible visitarla para comprobar cómo ha evolucionado con el tiempo la técnica de pintar azulejos a mano en azul sobre blanco, dando paso a diseños cada vez más modernos, como se puede apreciar en su pequeño museo y en su tienda, donde es posible comprar algún recuerdo.
Información

Dormir
Hotel do Colégio.
Rua Carvalho Araújo, 39. Ponta Delgada.
Tlf 00 351 296 306 600.
Situado en el centro, este hotel de decoración clásica es el capricho de su primer propietario, que compró el edificio que albergó el colegio donde él estudió cuando era niño y lo reconvirtió en hotel. Cuenta con una colección de fotografías de los tiempos en los que la instalación funcionaba. Además de historia, tiene bastante encanto.

Holiday Inn Azores.
Avda. João III, 29. Ponta Delgada.
Tlf 00 351 296 630 000.
Uno de los hoteles con más prestigio del archipiélago de las Azores. Un cuatro estrellas con amplias habitaciones, business center las 24 horas del día, bar, gimnasio y piscina. En su restaurante sirven una cocina típica azoreña.

Convento de São Francisco.
Carreira São Francisco.
Tlf 00 351 296 583 532.
Convento del siglo XVI sofisticadamente renovado y transformado en elegante hotel de belleza austera, del que sobresale su suelo revestido por maderas exóticas, así como la roca volcánica de los cuartos de baño, los objetos de hierro forjado y el mobiliario de época que lo adorna.

Comer
O Miroma.
Rua Dr. Federico Moniz Pereira. Furnas.
Tlf 00 351 296 584 422.
El cocido más sabroso de la isla, preparado como mandan los cánones: bajo tierra, al calor de un cráter. Es indispensable reservar con mucha antelación.

O Baco.
Rua João Francisco Cabral, 49. Ponta Delgada.
Tlf 00 351 296 209 480.
Este restaurante de la capital del archipiélago apuesta por la cocina tradicional elaborada siguiendo las recetas culinarias de toda la vida. La especialidad de la casa es la cataplana de pescado.

Borda D’água.
Largo do Porto, 52. Rosario. Lagoa.
Tlf 00 351 296 912 114.
Sin duda, uno de los mejores restaurantes de la isla, especializado en pescado y en mariscos. Además de lo exquisito de su menu, presume de buenas vistas.

Compras
Mulher do Capote.
Rua do Berquó, 12. Ribeira Seca.
Tlf 00 351 296 472 831.
Una bodeguita con mucho encanto donde es posible realizar degustaciones gratuitas. Hay brandy, aguardientes, vinos y licores de casi todo –de mora, maracuyá, nata…– procedentes de la fábrica local de Eduardo Ferrerira.


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