Treinta Rincones de España
Hace diez años los lectores de VIAJAR elegían los 100 pueblos más bellos de España, elección que motivó una excelente serie de reportajes firmados por Jesús Torbado. En esta nueva crónica, Torbado rememora aquella selección y recupera 30 rincones singulares que justifican y exigen 30 escapadas urgentes.
TEXTO: Jesús Torbado

Albarracín (Teruel).
En estos breves lapsos de nuestra historia actual, uno, dos lustros, ¿han cambiado tanto los paisajes, se ha modificado la panorámica como para empujarnos a escoger nuevamente un puñado de joyas para el inquieto viajero? Ciertamente, si husmeamos en los lodazales de la tosca política actual, si damos crédito ciego a los augurios sobre el cambio climático, si metemos la mano en los archivos judiciales para sacar a la luz las mil tropelías que el dinero y sus dueños organizan casi cada hora (pongamos ese criminal hotel Algarrobito en un paisaje sagrado como el de Cabo de Gata) descubriremos hasta qué punto y en cuán poco tiempo han cambiado algunas cosas. Mas como no es cuestión de investigarlas y reflejarlas aquí, quede sólo constancia de ello y de que un enjambre de alcaldes y de concejales, por ignorancia, por torpeza o por avaricia, han suprimido pequeñas maravillas colectivas –incluso grandes– y han añadido fealdades por doquier.
Y mientras ciertas reliquias que estaban moribundas y desdeñadas, como la villa turolense de Albarracín, han sido milagrosamente recuperadas con el esfuerzo de unos cuantos, otros lugares gloriosos (emblemáticos, diría el de los tópicos) van arruinándose en lo modernícola pretencioso y cursi.
Por otro lado, brilla la evidencia de que los pueblos no son ya lo que eran. La acumulación de riquezas y de ayudas, el retorno de nativos con posibles, la modernización necesaria o innecesaria les ha mudado la piel, a veces de manera radical. Vive en ellos poca gente y no necesitan ya de elementos antiguos que, si se conservan, son bandera de su belleza. Si apenas quedan vacas en Santillana del Mar, ¿a qué el hermoso pilón frente a la colegiata? En ocasiones, las reformas violentas han alterado por completo el carácter original de muchos lugares; mientras algunos, como Castrillo de los Polvazares, en León, conservan su empaque antiguo y sólido, el voluntarismo abusivo presente en ciertos pueblos andaluces, como Frigiliana, colonizada por nórdicos, se ahoga en el tipismo exagerado y en un romanticismo de tarjeta postal.

Pampaneira (Granada).
La citada Santillana conduce a otra reflexión: a mayor encanto, a mayor fama, mayor asedio. La empedrada y románica Santillana, la guapa indiscutible, hay días que parece un mercadillo deleznable. El cuenco mágico del Cudillero marino, prototipo de hermosura litoral, es hoy poco más que una plataforma de mesas y sillas apretujadas a la espera de la masa turística. Incluso enclaves de acceso más complicado, como La Alberca (Salamanca), durante los festivos parece un corteinglés monótono y aburrido: casi cada puerta es una vitrina, un tenderete de buhonero. Y de poca imaginación, además. Hace casi medio siglo, el gran viajero Ramón Carnicer, que murió hace tan poco, abominaba de este pueblo por lo sórdido, sucio y sombrío que había sido en la historia y lo excesivo que conservaba de aquel carácter. Su estructura urbana y sus casas, cuando se rehabilitaron, pregonaron sin embargo su indiscutible belleza. Atraídos por ella, miles y miles de turistas domingueros corrieron, corren, como moscas a la miel, al igual que a otros pueblitos semejantes (Candelario, Miranda del Castañar). El resultado de la contemplación de tales rincones en ese estado de multitudes mercantiles no es desde luego grato.
Mas hemos de tropezar en lo ambiguo, en lo discutible. Si en aquella citada votación de Los 100 más destacados se advertía cómo muchos lectores apoyaban primeramente a su propio pueblo (y nadie va a dudar de su razón), ¿qué espíritu generoso, equilibrado e imparcial puede elegir únicamente treinta entre las mil maravillas diseminadas en esta nación, junto a Italia una de las más enriquecidas por la naturaleza y por el hombre? Se trata de un juego, sí, de un pasatiempo. Pero injusto.
Además, habría que saber dónde están las reglas, y si sobre gustos se ha escrito muchísimo, la pendencia sigue en pie. Habrá quien se desmaye ante la torre románica de Taüll y quien pierda el sentido caminando bajo los soportales de la terracampina Ampudia, entre la colegiada y el castillo, o bajo la tremenda roca a cuyo amparo se cobija una parte del Setenil gaditano, o en el laberinto de la oscense Alquézar; pero tal capricho no ofende nunca al viajero culto que en úbeda y en Almagro, por lo grande, o en Alcaraz por lo pequeño, queda maravillado viendo cómo artes constructivas antiguas se transforman en grandiosas nuevas invenciones.
¿Y cómo comparar la Casarabonela malagueña, resplandeciente de blancura y magia, con la dorada Besalú, o el rudimentario Calatañazor soriano, de un medievalismo tan pobre, con el poderoso Elorrio vasco, el Prades tarraconés y el Ezcaray riojano?

Taül (Lleida).
Naturalmente, al hablar de rincones cabe todo o casi todo. La lista de elogios apenas tendría fin. El gusto es caprichoso y organiza sus derechos. Nadie habla jamás de La Viliella, que es una aldea enganchada en una ladera del remoto y fastuoso bosque de Muniellos, en el occidente asturiano. Tiene a la entrada una iglesuca de piedra, muy enjuta y pobre, un puñado de hórreos más allá y al terminar la calle vierte sus lágrimas frías una fuente de teja. No caben tres automóviles en las cuatro calles del pueblo. Si los nuevos colonos, buscadores de sosiego y silencio, consiguen no arruinar ese rincón, alguien alguna vez le prenderá una medalla de oro.
Frente a tanta soledad, el viajero quedará exhausto si se interna en la Covarrubias de Burgos cuando los noruegos y los nativos rinden homenaje, un día al año, a la romántica princesa Cristina, que dejó su fiordo de Bergen para casarse en la Castilla austera con un hermano de Alfonso El Sabio. Y aún con tal delicioso jolgorio parece que seguimos en el siglo XIII, dentro de un paraje urbano tan pulcro como asombroso. La propia plaza del pueblo sería ese rincón inolvidable, como la toledana de Escalona, por donde practicó sus picardías Lazarillo, la de Valverde de la Vera, junto a los caños de la fuente redonda, siempre que no choque uno con los empalaos del Jueves Santo, o aquella de Mondoñedo en donde álvaro Cunqueiro sigue sentado, solo y en efigie, tranquilo, disfrutando de una catedral insólita, de sus secretos y de su precioso entorno.
Y todo tan distinto, tan variado como para no poner nunca fin al viaje. ¿Hay relación estética, histórica, entre Ochagavía, en la Navarra boscosa, y la Pampaneira granadina colgada al sol, de lejos como un pañuelo impoluto, en los cielos de Sierra Nevada? ¿Se parecen algo la sólida Morella castellonense y el brillante Icod de los Vinos canario? En fin, partamos de la base de que cada uno va donde quiere y busca su gusto donde le apetece. En esta España semitroceada ya, en donde cada uno tira de una costura para sacar pecho o tajada, existen centenares de poblaciones maravillosas, miles de rincones de lujo. Cualquiera de ellos merece un viaje. Por ejemplo, los de nuestra selección de los treinta años. Así es si así os parece y que miren para otro lado, con sonrisa de disimulo, los pobladores y los enamorados del resto de las preseas que nuestra patria atesora.
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