Especial Paradores

El arte de viajar en el tren más famoso del mundo

De Londres a Venecia, en el Orient Express

En los vagones del Orient Express viajaron artistas, espías, reyes y fortunas inagotables de media Europa. Ahora esos mismos vagones permiten realizar a la vez dos viajes: uno a Venecia y otro al pasado.
TEXTO: Mariano López    FOTOGRAFíAS: César Lucas

De Londres a Venecia, en el Orient Express.
De Londres a Venecia, en el Orient Express.
El viaje comienza en Victoria Station, en el andén número 2, el mayor de la estación londinense. La sala de espera rebosa miradas que se cruzan. ¿Quién será esa mujer rubia, alta, con un bolso de marca y un delicado collar de perlas? ¿Y el hombre de la chaqueta a cuadros, con bigote y pelo rojo ensortijado? ¿Un detective? Quién sabe. Los pasajeros se estudian unos a otros, con poco disimulo. La cinematográfica leyenda del tren sugiere que en la sala de espera es posible que se encuentren algunas de las más poderosas fortunas del viejo continente. También anticipa la posibilidad de un crimen con excesivos autores. Hay que estar atentos. Los pasajeros parecen gente distinguida y los empleados son extremadamente amables. Pero nunca se sabe. Esto es el Orient Express y aquí han pasado muchas cosas desde que arrancó el primer tren, hace ahora 125 años.

A mediados del siglo XIX la idea de crear un ferrocarril de lujo que recorriera Europa de punta a punta resultaba utópica. Un norteamericano, Georges Mortimer Pullman, fue el primero que construyó, en 1864, un prototipo de coche-cama que adelantaba los encantos de tomar el té junto a una lámpara rosada. Pullman quiso llevar sus coches-cama a Europa, pero no pasó de Gran Bretaña. Mientras, en el continente, un millonario belga, Georges Nagelmackers, intentaba crear una línea que conectara San Petersburgo, Berlín, Roma, París, Madrid, Lisboa, Bruselas y Londres. La declaración de una epidemia de cólera en Italia, el sur de Francia y la Península Ibérica apartó a Madrid, Lisboa y Roma de las negociaciones, pero el proyecto siguió adelante. En la primavera de 1883, con a la ayuda del rey Leopoldo II de Bélgica, el gran tren estaba listo. En Inglaterra, los coches eran los de Pullman, pero la línea era única: por primera vez un tren de lujo iba a cruzar Europa, de Londres a Constantinopla. El 5 de junio de 1883 echaba a andar el primer Orient Express.

El tren parte de Victoria Station como hace 125 años.
El tren parte de Victoria Station
como hace 125 años.
A las 10.55 el tren deja Victoria Station con los pasajeros instalados en los coches restaurante que configuran el tren hasta Folkestone, la puerta inglesa del Eurotúnel. Los coches conservan su nombre original: Ibis, Juno, Perseus, Phoenix. Cada uno tiene su propia historia. El más antiguo es Ibis, de 1925. Ibis conoció a Agatha Christie (1890-1976), una viajera entusiasta del Orient Express. La genial escritora británica decía que adoraba su ritmo: “Allegro con fuoco al principio, el rallentando con que reduce su marcha, hacia el Este, y el lento, casi imperceptible, traqueteo final”. El Orient le sirvió para ambientar Asesinato en el Orient Express, la más famosa de las historias situadas en el tren, pero no la única. Hay otras 19 novelas que tratan sobre el Orient Express, que a su vez han inspirado seis películas, un musical, un juego de ordenador y una teoría sobre la extinción de los dinosaurios en la que hay numerosos sospechosos y todos son culpables.

El tren cruza el Támesis, camino de la campiña de Kent. Se sirve champán y un breve aperitivo al que seguirá la comida: sopa francesa, salmón con avellanas, pechuga de pollo con arándanos y chocolate con tamarindo caramelizado. Los camareros se mueven con soltura. Están entrenados para servir un menú de tres platos en 55 minutos. No hay prisa, pero a Folkestone se llega demasiado pronto: poco después de la una de la tarde. Varios autobuses esperan a los viajeros y les llevan hasta el interior de la lanzadera que cruza el canal por el Eurotúnel. El viaje bajo el mar dura 35 minutos. En el autobús hay agua y refrescos. En Calais, Francia, a dos minutos de la salida del Eurotúnel, aguarda, en su vía, el tren más famoso del mundo.

El primer Orient Express arrancó de París el 4 de octubre de 1883. La ruta iba por Viena, Budapest y Bucarest hasta Giurgi, Rumania, donde el tren de París finalizaba su curso. En Giurgi, los pasajeros cruzaban el Danubio en un ferry, y en la otra orilla abordaban un nuevo tren, nada lujoso, que les llevaba a Varna, en Bulgaria, junto al Mar Negro. Allí embarcaban en una nave austrohúngara que les conducía por el Bósforo hasta el Cuerno de Oro. En total, cuatro días de viaje, no exentos de peligro. La compañía recomendaba a los caballeros llevar revólver. En 1891, unos ladrones asaltaron el tren y se hicieron con 40.000 libras esterlinas. Unos años después, el ferrocarril quedó bloqueado por la nieve durante cinco días, con temperaturas de 20 grados bajo cero; los pasajeros agotaron el carbón y la comida, tuvieron que echarse al monte y llegaron a cazar –y a comerse– varios lobos. Con todo, la fama y el éxito del Orient seguían avanzando. Se crearon nuevas rutas y una red de hoteles. El negocio del ferrocarril de lujo caminaba firme, allegro con fuoco. Ni la revolución bolchevique, que nacionalizó el Transiberiano, ni la gran guerra, que suspendió el servicio, acabaron con él. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, la compañía tuvo que deshacerse de los hoteles para renovar el parque móvil, pero consiguió remontar el vuelo y los años 20 fueron los más brillantes y fastuosos en la historia del tren.

El tren actual, que nos recibe en Calais, está formado por once coches-cama, tres restaurantes, un coche-bar y dos coches más usados para alojar el personal, el equipaje y la carga. Cada coche lleva una placa que registra el año y el lugar de su fabricación. No tienen nombre, como los Pullman, sino números. Todos llevan en sus ruedas una larga historia. El coche más antiguo es el 3309, construido en el año 1926. En el 3425 el rey Carol escapó de Rumania con su amante, Magda Lupescu. En el 3583 viajaron el Gran Duque Vladimiro de Rusia y el Príncipe Christian de Dinamarca. El escritor francés Paul Claudel vivió aquella época dorada y describió a los pasajeros que frecuentaban el tren: “Son tan ricos –dijo–, que adornan sus equipajes con diamantes”.

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