El espejo de la India
El Ganges, el gran espejo de la India, hace posible la vida por donde pasa. Eso se traduce en arroz, en agua de boca y agua litúrgica. No puede ser un agua cualquiera habiendo caído de los cabellos de Shiva.
TEXTO: Luis Pancorbo FOTOGRAFíAS: Álvaro Leiva

Del Himalaya al Golfo de Bengala por el cauce
del Río Ganges.
Aparte del Ganges, y de su afluente, el Yamuna, hay otros cinco ríos sagrados en la India: Cauvery, Narmada, Godaveri, Indus y Saraswati, este último un río invisible. Shiva es el río Ganges en uno de los grandes mitos hindúes. Un día Shiva crea al río y lo hace fluir por el cielo. Al sufrir la Tierra una tremenda sequía, Shiva escucha las plegarias del rey Bhagiratha y hace llover al Ganges. El río bajó con tanta fuerza del cielo, que el mundo corrió peligro de quedar anegado. Shiva tuvo que atrapar las aguas del Ganges y se las puso en sus cabellos. Los primeros mil aņos de existencia del río discurrieron en su cabeza, en un ir y venir fabuloso. Luego del pelo de Shiva brotaron los siete manantiales del Himalaya que dieron origen terrestre al río de ríos.
La ruta del Ganges, 2.507 kilómetros desde el Himalaya hasta el golfo de Bengala, marca todo un país, una cultura, una religión. El Ganges nace en el glaciar Gangotri, en un manantial llamado Gaumukha, Boca de Vaca, a unos 4.000 metros de altitud. No hay nada de cálido y maternal en esa boca vacuna sino un agua helada que corta el resuello, aunque algunos santones van a ese paraje a meditar y trascender. Si sobreviven al frío y a la ausencia de comida, cualquier otra cosa del mundo les parecerá cómoda y lujosa.
La ruta del Ganges discurre a lo lardo de más
de 2.500 kilómetros.
Haridwar, 13 kilómetros más abajo, es una ciudad conocida como La puerta de los dioses. Más modestamente, Haridwar destaca por ser el lugar elegido por Vishnú (Hari) para posar sus pies. Esas divinas plantas se reproducen en toda clase de tamaņos y materiales en un lugar de la orilla del río llamado Hariki Pairi, el pie de Hari (o Vishnú). Pero en Haridwar, una de las siete ciudades sagradas de la India, el dios Brahma también reclama su parte. Tiene una piscina, llamada Brahmakunda, donde se cree que el dios creador oró al contemplar la caída del Ganges de los cielos. Y, por supuesto, Haridwar abunda en templos y evocaciones de Shiva, padre del río, y de Ganga Ma, la Madre Ganges. ésta tiene su templo en Gangadwara, la misma puerta del Ganges, en el centro del muelle más visitado de la urbe. Día y noche los peregrinos van allí a rezar y echar unas monedas, con lo que a lo mejor eso les priva de comer. Es una fe fuerte y fluida, como el mismo río, y no para en Haridwar en ninguna estación, seca o lluviosa. El Ganges baja del Himalaya a gran velocidad y su corriente es muy traidora. Han puesto cadenas de hierro en el cauce para que la gente se agarre y no sea arrastrada. A ciertos mozalbetes eso les trae sin cuidado. No hacen más que bucear en busca de las monedas que los devotos arrojan al río. Los buceadores sacan algunas paisas (céntimos de rupia), y de paso fragmentos de huesos mal quemados de las incineraciones. Y así sirve el río Ganges para los vivos y los muertos, en una cadena continua.
A partir de Haridwar, el Ganges entra en las llanuras y su viaje se hace hasta cierto punto sosegado y agrícola. En este trayecto parte del Ganges es desviado por un canal hasta su afluente Yamuna. Entretanto circula entre majestuoso y menestral por 500 kilómetros hasta Kanpur, una ciudad de Uttar Pradesh plagada de industrias y comercios. Poco después de Kanpur entra victorioso en la gran ciudad de Allahabad, refundada por el emperador mogol Akbar en 1583, aunque a los hinduistas les gusta más llamarla con su antiguo nombre de Prayag. Hay quienes consideran a este sitio como el más santo por confluir ahí el Ganges, el Yamuna y el Saraswati, el río invisible que puede haber existido o no, o seguir fluyendo subterráneamente como se ilusionan los fieles. El caso es que esa confluencia, llamada Triveni, marca el lugar exacto donde baņarse y para muchos es el sitio que mejor produce la liberación del continuo renacer.
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