Sangre de Reyes
No hay ningún país en el mundo como Etiopía, diferente a todo y a todos, dice Javier Reverte, autor de dos libros sobre Etiopía: “Los caminos perdidos de áfrica” y “Dios, el Diablo y la aventura”. Un país africano que muestra un trozo de su alma en este reportaje de Reverte y del fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto.
TEXTO: Javier Reverte
FOTOS: Juan Manuel Castro Prieto
FOTOS: Juan Manuel Castro Prieto

Yo creo que son tres los elementos que esculpen el perfil más íntimo de este país: su historia de aislacionismo, su lengua y su religión. Porque, al contrario que todas las otras naciones del áfrica negra, sin excepción ninguna, Etiopía cuenta con una lengua escrita, con una religión propia y con una historia que cabalga a lomos de la mitología y que se transmite de generación en generación sin que ningún habitante de este país ponga nunca en cuestión su verosimilitud.
Etiopía vive sobre los mitos. Y sus mitos están contenidos, en su mayor parte, en su códice principal, el Kebra Neguest (“Gloria de Reyes”), un texto del siglo XIV escrito en lengua gue’ez, el precedente de la lengua amárica, único idioma africano escrito en lengua autóctona, con caracteres cirílicos claramente diferenciados del ruso o del griego. El libro relata los orígenes del reino etíope, la genealogía de sus reyes y los elementos que singularizan su religión de signo cotpo-ortodoxo. En el texto se relata el romance acontecido en Israel entre la etíope reina de Saba y el rey judío Salomón, el robo del Arca de la Alianza del templo de Jerusalén por parte de Menelik I, el hijo de la reina de Saba, y la fundación del Estado etíope por parte de la dinastía de los Salomónidas. También se contienen en el libro los fundamentos de las creencias ortodoxas etíopes, de origen bizantino, con influencias musulmanas y judías.

Guerreros surma.
Todos los etíopes, ricos (muy pocos) o pobres (incontables en número), se aferran a sus mitos y creencias con una fuerza singular. Al viajero le será difícil toparse con un etíope que no sea creyente y encontrará muchos que lucen con orgullo cruces ortodoxas sobre el pecho. La fe de este pueblo ha impregnado, al mismo tiempo, todas sus manifestaciones artísticas: los templos de las islas del lago Tana, los monasterios enclavados en la piedra de Lalibela, los castillos de aire medieval de Gondar y los frescos, con representaciones de figuras humanas, que engalanan las paredes de la iglesias etíopes, impregnados de honda influencia bizantina.
Resulta curioso que tanto Cristo como los santos y los ángeles pintados por anónimos etíopes tengan el rostro blanco, mientras que el diablo siempre es un hombre negro. Los principales códices etíopes se guardan en los numerosos monasterios del país, sobre todo en los del lago Tana, mientras que la supuesta Arca de la Alianza robada por Menelik I al rey Salomón se asegura que se mantiene a buen recaudo en el templo de la iglesia de Axum, al norte del país. El libro Gloria de Reyes, en donde se cuenta la peripecia del Arca que contiene las Tablas de la Ley, fue traducido del gue’ez por el jesuita madrileño Pedro Páez en el año 1603. En sus mitos, su lengua y sus creencias reside la fuerza del carácter etíope, su irreductible resistencia a los extranjeros. Etiopía nunca ha sido colonizada, por más que haya sido invadida en algunas ocasiones de su historia. Pero los etíopes supieron siempre librarse de sus invasores. En 1543, con el apoyo de los reyes portugueses, lograron zafarse del yugo impuesto durante catorce años por un caudillo musulmán, Ahmed Gragn, El Zurdo, que invadió a la cabeza de un imponente ejército la mayor parte de Etiopía en 1527, degollando a miles de monjes cristianos y arrasando sus templos.

Grupo de niños en Bahr Dar, a orillas del
lago Tana, donde nace el Nilo Azul.
Cuando los musulmanes se marcharon, llegaron los jesuitas, que si bien no intentaron una conquista física, sí que trataron de arrastrar a los etíopes a la fe católica. Entre 1603 y 1622, año de su muerte, el español Pedro Páez había convertido al catolicismo al emperador y más de cien mil etíopes acataban la fe de Roma. Pero en 1633 un nuevo emperador expulsó a los jesuitas y el catolicismo fue erradicado.
En 1868, una nueva invasión militar británica derrocó y provocó la muerte del emperador Tewodros II, que mantenía como rehenes a varios ciudadanos británicos. Cumplida su misión, el general Napier retiró sus tropas y Yahannes IV se proclamó rey de Etiopía. No es inoportuno señalar que Napier se llevó como trofeo al Museo Británico el manuscrito original de Gloria de Reyes.
En 1896, una fuerza de conquista italiana intentaba anexionarse el país. Pero fue estrepitosamente derrotada en el campo de Adua por el emperador Menelik II. Mussolini quiso vengarse de tal humillación histórica y en 1935 invadió el país (al que llamó Abisinia), lo conquistó y depuso al soberano salomónida Haile Selassie. No obstante, el emperador, respaldado por una pequeña tropa británica, logró expulsar a los italianos en el año 1941 y desde entonces Etiopía no ha sufrido nuevas intentonas de conquista.
Así es Etiopía: irredenta, celosa guardiana de su lengua, sus mitos y su religión singulares, diferente a todo y a todos, y orgullosa en su pobreza. Desde luego, no hay un solo país en el mundo que se le asemeje.
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Arbusto de la familia de los drago.
Miembros de la etnia hamer, que reside en el suroeste del país.
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