Especial Paradores

30 años de viajes

En 1978 no había ninguna revista de viajes en España, pero sí la curiosidad por conocer otros mundos. Para saciar esa sed de aventura y de información nació VIAJAR, la primera revista española de viajes, como reza en su cabecera. Muchas cosas han cambiado y ahora los nuevos límites llegan hasta el espacio.
TEXTO: Carlos Pascual
30 años de viajes
Hace 30 años empezamos a viajar de manera diferente. Ya no era aquello de irse al pueblo los veranos o alquilar un apartamento en la playa. Entonces ya había bichos raros que se largaban a Londres, a ver musicales y comprar ropa, y las parejas en luna de miel se iban “Volandooo, volando…” a Palma de Mallorca (la moda del Caribe vendría después). Aunque eran pocos, había incluso afortunados (en sentido pecuniario) que se apuntaban a un tour para conocer Egipto o la India. Así las cosas, hubo que saciar su sed de aventura y publicar una revista de viajes; la primera, ésta: VIAJAR. Hace 30 años todo era muy distinto; sobre todo, nosotros.

Desapareció el autostop
No es que seamos viejos, es que fuimos precoces. De todos modos, algunos de nuestros hábitos parecen tan extinguidos como los dinosaurios. Por ejemplo, el autostop. Daba gloria salir a las cunetas europeas y ver que éramos legión los que hacíamos dedo. Si hoy lo intentáramos, nos tomarían por vagabundos o por alguien que se ha quedado sin gasolina. Pero aquella energía juvenil no se ha destruido, se ha transformado, con nuevos rótulos en inglés (roadsharing, shareling…: ver mochileros del mundo unidos en varios sitios de la red). También creíamos perdidos para siempre aquellos cheques de viaje que nos ahorraban llevar nuestra fortuna en un talego colgado al cuello, o en la bota; pero no, hay bancos americanos y la invencible Thomas Cook que siguen extendiéndolos, en connivencia con media docena de bancos y cajas españoles, a pesar de que ahora existe el dinero de plástico (cuando no había tarjetas de crédito, la única manera de salir de un apuro era el giro telegráfico). Una modalidad moderna de aquellos cheques son los bonos de viaje, sobre todo los talonarios de hotel (Bancotel, Bono Plus, Hotel Color, Weekend Plan…), que gozan de buena salud.

30 años de viajes
Nos han cambiado los mapas
Como el mundo no para de dar vueltas, es normal que se descoloquen los borders, o sea, las fronteras. Antes, por ejemplo, te podías mover a tus anchas por lugares que ahora son un avispero (pongamos por caso Afganistán o Cachemira), o se han vuelto prohibitivos (Mikonos, sin ir más lejos). Y viceversa, en el pasaporte de comienzos de los 60 un tampón advertía de que era “válido para todos los países del mundo excepto Rusia y países satélites” (en otro que guardo de 1966 el tampón ya es más explícito: “todos los del mundo excepto Albania, Bulgaria, etc.”, hasta 13 países, incluidos algunos por los que ahora sentimos una morbosa y lógica atracción, como China o Vietnam). Lo que antes era imperativo de la guerra fría, ahora son recomendaciones piadosas del Ministerio de Asuntos Exteriores, que conviene consultar. Allí facilitan una lista actualizada de países a los que, directamente, recomiendan no viajar, otros que es mejor evitar y otros para los cuales conviene tomar precauciones. Los impedimentos ahora no son sólo la guerra o las vainas políticas, también se tienen muy en cuenta las cuestiones de salud (lo que disuade de viajar a ciertos países africanos) y, sobre todo, de seguridad, un concepto que crece como un tumor, afectando a todas las esquinas del mundo y con varios niveles: no sólo resulta peligroso que te pongan una bomba o te secuestren, tampoco tiene maldita la gracia que te roben por sistema o que te den un navajazo.

La rebelión de los cielos
La primera compañía aérea low cost (de bajo coste o “de descuento”) fue la estadounidense Pacific Southwest Airlines, que inició sus vuelos en el mes de mayo de 1949. Muchos todavía no habíamos nacido. Pero no nos enteramos de la cosa hasta los años 90, cuando la desregulación de la aviación llegó también al continente europeo: la irlandesa Ryanair nació en 1991 y la británica Easyjet, en 1995; las dos aerolíneas siguen siendo de las más fuertes. Pero el éxito de la fórmula pronto hizo que las compañías low cost proliferaran por todo el mundo; en nuestro país, sus vuelos acaparan ya un tercio del mercado. Todo cambió de pronto, desde que ir de Madrid a Londres era más barato que tomar el taxi para ir al aeropuerto. Ha habido que renunciar a ciertos lujos prescindibles, como el catering, los periódicos y los buenos modales. Pero qué duda cabe de que la revolución del bajo coste nos hace mucho más libres. Y desde luego, les ha venido de perlas a esas que llaman regiones y ciudades periféricas, al unir directamente aeropuertos secundarios sin rendir vasallaje a las grandes capitales. La doctrina del low cost resulta tan convincente que ya se va extendiendo a los hoteles (con fórmulas como los Ibis o Formule 1), restaurantes (¿y qué si no es el fast food?) y hasta a los coches de alquiler.

¿Cómo vivíamos sin Internet?
Tenemos que hacer un inmenso esfuerzo para recordar las vueltas y revueltas que había que dar para amarrar un viaje; si nos hubieran dicho entonces que todo se podía arreglar con sólo dar a un par de teclas, hubiéramos puesto la misma cara que si a Colón le dicen el célebre 12 de octubre que para el 14 podía estar de vuelta en casita. La Red ha cogido velocidad de crucero en nuestro país. Hace 12 años, apenas había 50.000 usuarios; según un reciente estudio de la agencia Universal McCann, la penetración de Internet es del 56 por ciento, y el total de usuarios activos en España, 11 millones. Aunque todavía existen reticencias, ya son muchos los que compran su billete de avión o reservan su habitación de hotel por Internet (el año pasado, el comercio turístico en la Red aumentó un 40 por ciento, con una facturación de 5.200 millones de euros; la compañía Iberia, por ejemplo, vende el 20 por ciento de sus billetes a través de Internet). Además, las tarifas de la misma aerolínea resultan más baratas en la Red que en ventanilla. Esto hace pensar que las agencias de viaje, las que siempre nos sacaban las castañas del fuego, tienen sus días contados. Pero la energía no se destruye, recuerden, y lo que ocurre es que aparecen nuevos tipos de agencias y servicios… en la Red (aunque sea dándose codazos con las compañías aéreas). Otro daño colateral: parece que con la Red las guías de toda la vida (algunas marcas eran sagradas: la Baedecker, las Guides Bleues, la Michelin) también están tocadas: preferimos consultar un blog y leer la opinión anónima de alguien que acaba de hacer un viaje o estar en un hotel.

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